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“Tenemos la oportunidad de ser los protagonistas del spot, no nosotros, nuestras comunidades. Cuando recibimos la propuesta, tuvimos sentimientos encontrados, temor porque es algo nuevo para nosotros, y al mismo tiempo la posibilidad de que nuestro país conozca parte de nuestra realidad y de que pueda conocer nuestra gente.  El poder compartir nuestras actividades y lo que el santiagueño es, desde la calidez, la sencillez, el calor santiagueño, más que nada, el poder compartir nuestra realidad, eso es lo más importante y por ahí, la felicidad que uno tiene, no de los logros, no de lo que uno puede hacer desde la actividad sino realmente desde las personas, que puedan saber y conocer con nombre y apellido a quienes viven en nuestra diócesis”, expresa Delia Ibáñez, directora de Cáritas Añatuya.


Meriendas con mucho amor

“Soy una mamá de uno de los merenderos que están funcionando en Colonia Osvaldo”, se define Patricia Ponce. “Somos tres mamás, en Colonia Osvaldo también hay tres y en Colonia San Francisco son cinco. Hace años que trabajo en Cáritas. Siempre me gustó trabajar con los niños y esto es algo que hacemos porque nos gusta, lo hacemos ad honorem.”

Hace tres años que surgió esto de las meriendas, les damos distintas meriendas, hay días de yogurt, de mate cocido, de arroz con leche, pastafrola y así vamos intercambiando. De lunes a sábado aunque llueva, porque los nenes vienen igual. A veces, la merienda les sirve también de cena. Y en San Miguel tenemos alrededor de 94 niños”, explica.

Patricia es de Colonia Osvaldo, casada con tres hijas y una nieta y comenta sobre la realidad de Añatuya: “Las necesidades pasan por la alimentación, la vestimenta y para ir a la escuela. Los padres hacen mucho sacrificio para que sus hijos puedan ir bien al colegio. Sería lindo que podamos ver bien a los niños, eso es lo que nos conmueve y nos lleva a que trabajemos por los ellos”, expresa.

“Ojalá sea Pobreza Cero. Vida digna para todos, me conmueve en realidad. En el barrio hay muchas necesidades, muchos niños que necesitan. Ojalá Dios nos ayude y que no exista la pobreza, eso sería lindo para todos”, anhela.

Catalina Almarás, tiene 65 años, es de Salavina, Santiago del Estero pero vive en el Barrio La Merced, desde que falleció su mamá.
“Soy viuda y vivo con mis cinco hijos, cuatro mujeres y un varón, dos van a la escuela, están estudiando profesorado, una, está casada y otros están con hijos”, explica.

Desde hace siete años, Catalina trabaja en el taller de costura de Cáritas, haciendo almohadones, acolchados, frazadas. “Me gusta trabajar en todo tipo de prendas”, expresa.

“En Añatuya no hay trabajo, las madres son muy quedadas, aquí la gente necesita remedios, leche para los chicos porque tienen muchos hijos. Yo, a veces trabajo aquí, a veces en otro lado, lavo, hago limpieza y a mis hijas les enseño y las mando a la escuela”, describe.


Andrea vive con su marido y sus cuatro hijos en el barrio Colonia Osvaldo.
“Vivimos acá hace siete años, en un ranchito prestado y de lo que se puede. Mi marido trabaja en una ladrillería, vivimos, con lo que él trabaja y yo recibo el plan y con eso lo ayudo, porque lo que gana es muy poco. Trabaja de lunes a sábados, ocho o nueve horas. Entra a las cuatro de la mañana o a las seis y trabaja hasta las cuatro de la tarde y, a veces, cuando llueve no puede trabajar. Hacemos economía para que nos alcance la plata.  Los chicos van a la escuela y la chiquita este año va a ingresar al jardín”, describe Andrea Fernández. 

”Desde que estoy viviendo aquí, los vecinos son buenos conmigo, tengo buenas amistades, los chicos juegan, se divierten, salimos a pasear. A través de un proyecto, recibimos ayuda de Cáritas y además ellos vienen a visitarnos, me hacen preguntas, sobre los chicos, cómo andan, qué necesitan.  A veces si preciso algo, voy yo directamente a la señora que vive a tres casas, quien es referente de Cáritas en el barrio”, explica.

”Yo quisiera una vivienda propia, la dueña de casa nos pregunta si no tenemos algún terreno, si no procuramos hacernos una casa. Pero ahora, en la situación en que estamos, mi nena tiene problemitas de corazón, cada dos meses la llevamos a Santiago a control o a veces nos mandan a Tucumán. Toma tres medicamentos y a veces no nos alcanza para comprarlos. No tenemos para hacernos la vivienda”, expresa.

Mucho más que un servicio de apoyo

Noelia Rojas estudia en el profesorado de Lengua y Literatura de Añatuya, tiene 19 años y todas las mañanas brinda clases de apoyo escolar a unos 20 niños en el Barrio Colonia San Francisco. Ella puede llevar adelante sus estudios gracias a la beca terciaria que Cáritas le ofrece a través del proyecto educativo Emaús, y agradece esta posibilidad con su trabajo, que realiza en un salón de Cáritas que por las tardes funciona como merendero.

“Hace dos años que estoy aquí en Colonia San Francisco –cuenta Noelia- y la primera vez me ha resultado muy duro poder tratar con ellos. Pero como también estoy en el grupo de Mochileros, en el grupo de scouts y soy catequista, es como que ya nos llevamos muy bien.  Es un trato muy bueno que tienen ellos hacia mí”.

La realidad del barrio es muy difícil: sin agua corriente en muchos sectores, caminos que se vuelven intransitables con la lluvia, falta de infraestructura y servicios básicos. Allí viven familias muy pobres y muy numerosas, en las cuales los niños empiezan a trabajar a temprana edad para contribuir al sustento familiar.

 “Aquí es otra realidad en todo sentido –explica Noelia-. En este sector de Colonia San Francisco, los chicos necesitan amor más que nada. Hay que saber tratar con ellos porque son de familias humildes, y quizás porque son muchos hermanos la mamá no puede dedicarse tanto a cada uno de ellos. Es por eso también que mis otros compañeros no se animan a venir aquí; en otros espacios educativos, en otros barrios no se vive esta realidad”.

Noelia describe su preocupación por los niños que acompaña cotidianamente: “Nadie los puede orientar en lo que tienen que hacer para llevar a la escuela. Se ponen tristescuando las maestras les mandan notas y es porque en su casa no tienen el apoyo de sus madres, ya que ellas no han terminado la primaria y no tienen idea de la enseñanza que están dando hoy las escuelas”.

Además, continúa, “las familias generalmente trabajan, tienen sus ladrillerías y sus fábricas de carbón. Muchos de los chicos que están aquí, sobre todo los varones, también trabajan a la par de sus padres, y hay familias en que todos trabajan. Si los chicos no quieren venir al curso de apoyo, a los padres les da lo mismo y no se preocupan tanto. Es una lástima porque el día de mañana, cuando sus padres no estén, no van a tener un título con el que defenderse”.

En medio de estas dificultades, la mayor motivación que alienta su trabajo es el amor a los niños. “Hace dos años que estoy trabajando aquí, he visto cada una de sus caras, la alegría y las ganas de aprender.  Me llevo los más lindos recuerdos de ellos. El día que no esté más en el espacio educativo del Plan Emaús seguiría viniendo porque es una necesidad, porque estoy dispuesta a dar mi servicio y más que nada, amor a los chicos”, concluye Noelia.

“La enseñanza se la tenemos que dar los padres”

Graciela Paz vive con sus esposo y sus hijos en Colonia San Francisco, un barrio con unas setenta familias de condición humilde. Allí, desde hace muchos años, administra un merendero que funciona también como salón de apoyo escolar y otras actividades destinadas a contener y acompañar a niños y adolescentes.

“Esto era un rancho -recuerda Graciela- que he prestado en 1992. Después hicimos el salón. Los niños venían a catecismo aquí porque la capilla queda lejos.  Hoy muchos de ellos ya son grandes y tienen sus familias.  Los chicos que ahora vienen en época escolar son treinta y cinco, y al merendero vienen unos setenta u ochenta”.

La historia del trabajo que lleva adelante Graciela se entrelaza también con su propia historia personal: “Tuve un nieto de diez años, desde hace cinco años fallecido. Iba a quinto grado. Y es por eso que siempre les digo a las mamás que tienen que cuidar a nuestros niños. Justo ha llegado Emaús en ese momento difícil.  El apoyo a los chicos me ha ayudado mucho”, comenta con emoción.

El barrio donde vive Graciela cuenta con una infraestructura muy limitada. “Principalmente –explica-, la gente sufre por falta de agua. No nos llega, los caños llegan hasta la mitad del barrio, pero al fondo no hay agua. Por otro lado, cuando llueve, los chiquitos no pueden venir al apoyo ni van al colegio porque la escuela queda a treinta o cuarenta cuadras, y cuando hay temporal tampoco se trabaja y la gente va al sur”.

Al referirse a esta realidad, Graciela afirma con claridad: “Hay familias que tienen muchos chicos, y quisiera que tengan educación.  Les digo a las mamás que sigan el buen camino, la educación, la religión, que aprovechen la oportunidad del apoyo escolar.  La enseñanza se la tenemos que dar los padres”, concluye.

Artesano de la vida

José Luis Campos vive en Taruy, una localidad rural ubicada a unos 70 kilómetros de la ciudad de Añatuya. Además de dedicarse a las tareas propias del campo, es un artesano que confecciona artículos en cuero tales como cinturones, bolsos, billeteras o llaveros, que luego comercializa para obtener ingresos complementarios.

José  trabaja el cuero de oveja, cabra o cabrito, y también de animales como el gato montés, la boa, o el chancho salvaje que suelen merodear por los campos. El proceso incluye el curtido, la costura de las piezas, y el pulido final, dando lugar a piezas de excelente terminación y calidad.

“Aquí, en la comunidad –relata José- somos doce familias.  Es una comunidad que está organizada desde hace varios años, allá en la época de los ochenta, y gracias a eso se consiguen muchas cosas. Hay un plan del gobierno que es “Pro-Agua”, por ejemplo, y hemos conseguido para hacer unos aljibes. También logramos, a través de otro programa del gobierno, un proyecto para hacer los cerramientos de las parcelas del campo de lo que es nuestra tierra”.

Al hablar de la historia de su comunidad, José rememora: “Hace bastantes años éramos muchísimas más familias, treinta o cuarenta. Lamentablemente, muchas han tenido que emigrar en busca de trabajo porque en la zona había poco que hacer y  tenían que irse a otra provincia o a Buenos Aires para conseguir trabajo y ahí empezar a hacer su vida. En el caso mío, yo he tenido la posibilidad de quedar en este lugar porque aquí vivieron mis abuelos, pero en aquellas épocas no existía esto de organizarnos y ver qué podemos hacer para conseguir cosas. A lo mejor esa era un poco la falla de nuestra comunidad, de nuestros antepasados. Por eso ahora pienso que tenemos que empezar a trabajar, a hacer cosas para que a nuestros hijos no les pase lo que les pasó en aquella época a esas familias que han tenido que irse”.

José habla por experiencia, porque él también salió a buscar nuevos horizontes. “Yo he sido de aquellos que emigraron, pero Buenos Aires es rápido, veloz, es muy traqueteado, para decirlo a lo criollo. En mi caso, yo trabajaba en una obra: a las tres o cuatro de la mañana tomaba unos mates y salía de casa, para volver a las doce de la noche. Yo lo que veía es que tenés que andar a las disparadas. He vivido allí varios años pero extrañaba el pago, eso no era para mí. Aquí no tenés que vivir corriendo, te levantás y andás libre. Aquí me he hecho, aquí he nacido y aquí tengo que morir”, afirma con convicción. 

Como padre, las preocupaciones de José, son las mismas que viven cotidianamente los añatuyentes. “Mi hija tiene 13 años, explica. Nosotros tenemos aquí en la comunidad la escuela primaria, hasta sexto. Y si quiere seguir la escuela tiene que ir al pueblo de Matará a catorce kilómetros. Y lamentablemente, tiene que ir y venir todos los días. Hoy lo está haciendo en una motito porque he tenido la posibilidad de juntar unos pesos y comprarla para que vaya a la escuela. Como todo padre, uno siempre quiere que el hijo sea un poco mejor, darle la posibilidad de ir a la escuela, estudiar y tener algún título. Pero también es un problema porque aquí no va a conseguir trabajo y por eso los hijos se nos van”.

A pesar de las dificultades, la comunidad de Taruy, mira hacia el futuro: “con Cáritas de Añatuya hemos tenido un proyecto y varias capacitaciones, y hoy tenemos la posibilidad fabricar los ladrillos ecológicos, para construir nuestras casas. Con ellos ya hemos levantado nuestra propia capillita. Para la comunidad es muy importante porque como cristianos, siempre tenemos que tener un lugar donde nos encontramos con Dios. Y hace muchísimos años, cuando era joven, hemos hecho una comisión de jóvenes para trabajar, pensando en hacer ese lugarcito para Dios. Y después tanto tiempo ese proyecto se ha concretado”, concluye José.

 
“Somos una comunidad muy unida”

Víctor Romualdo Santos tiene 62 años y vive en Taruy, localidad añatuyense que también fue cuna de sus padres y sus abuelos. Junto a su familia se dedica a la agricultura en pequeña escala, la cría de ganado y la fabrica carbón vegetal.

Está orgulloso de la comunidad en la que vive, conformada por 12 familias que trabajan juntas compartiendo sus proyectos y sus historias de vida. “La gente de aquí es muy buena –explica-, no hay grandes problemas y somos una comunidad muy unida: cuando pasa algo en una familia estamos juntos, todos nos apoyamos, para mí es muy lindo. La capilla, por ejemplo, es un logro muy grande porque la hemos levantado entre todos nosotros. Hemos aprendido la unidad, el sentido de estar cada vez más unidos por medio de Dios”.

La comunidad de rural Taruy de lleva adelante sus proyectos con mucho entusiasmo, a pesar de importantes carencias como la falta de corriente eléctrica o la escasez de agua. “Para mí –afirma Víctor- una imagen de pobreza podría ser la vivienda: usted ve nuestra casa rancho.  Desde el gobierno provincial nos llega una ayuda para que se erradiquen las viviendas rancho.  Se podría vivir mucho mejor porque una vivienda digna nos cambiaría la vida”.

“Vida digna –reflexiona Víctor- podría ser tener la luz eléctrica porque no tendríamos que manejarnos con mecheros o un motorcito (que genera corriente eléctrica). También que llegue el agua potable. Muchas veces estamos esperando que nos traigan el agua, o no tenemos para la nafta del motor. Pienso, y estoy seguro, de que con esto cambiaría la vida. Me gustaría que escucharan todo esto, que los gobiernos vean la pobreza del campo y de las ciudades de los alrededores.  No perdemos la esperanza, hace muchos años que nos han prometido la luz. Y seguimos esperando”.

No obstante, Víctor manifiesta su agradecimiento por la ayuda que reciben. “Cáritas es muy importante porque por su intermedio se han hecho varios proyectos y han apoyado mucho a la comunidad, por medio del obispo y del padre Luis, al que valoro mucho”, concluye. 

Soñando un futuro mejor

“Tengo 20 años, soy de Quimilí pero me vine a Taruy porque conocí a mi novia que vive aquí. Conocimos muchas cosas juntos y estamos pensando entre los dos es seguir adelante, formar una familia, hacer cosas acá, en el campo porque me gusta la vida en el campo, en el campo, sos libre y podés hacer tus cosas tranquilo. No quiero cambiar el campo con otro lugar.  Mientras que no falte nada en el campo, está todo bien para mí”, se presenta Alcides Adrián Hoyos.

Alcides es trabajador golondrina, trabaja el campo, hace carbón y también se dedica a alambrar. “Somos 50 personas más o menos en doce casas. Trabajamos, nos reunimos, estamos en comunicación siempre porque somos una comunidad chica. Hace un año que estoy aquí y me siento cómodo. Nunca pensé en irme a una ciudad más grande por el peligro, por la droga, el alcohol, los ladrones, así que por eso me gusta la vida del campo, porque si uno va a la ciudad, si a uno no le roban, lo matan”, sostiene. 

Para mi, Vida digna significa que uno pueda tener lo de uno, poder trabajar con sus cosas y no andar robando. Ser digno con uno mismo.  Para mí es así”, afirma.

Tejiendo historias

“Tejo yo sola, ya no me reúno más.  Mi mamá me enseñaba. Hace un tiempo no podía tejer y no podía caminar bien porque tenía artrosis. La vista ahora la tengo bien, me han cambiado el vidrio de los anteojos. Y ya no me duelen tanto los huesos porque me han dado medicamentos”, comparte Concepción Iñiguez quien realiza diversos trabajos con lana, en su casa, en Taruy.

“La gente de la comunidad trabaja como artesanos, las mujeres les ayudan.  Trabajan con cueros, de oveja, de cabrito, de gato, de chancho montés.  Todos los vecinos nos juntamos. A veces vienen a verme, de día, de noche. Gracias a Dios los vecinos no me abandonan. Yo creo que vivo bien, Quiero una vida digna para todos mis vecinos”, anhela.

“Me costó bastante levantar mi casa. Solía venir solita a juntar agua para que hagan el barro, las paredes son de barro y el techo también. Me faltan ladrillos, me dieron en la municipalidad para una piecita para mí. Tenemos luz porque me lo compró mi hijo, se carga con el sol. Y después tiene la reserva, entonces con eso tenemos luz”, describe.

“Hay vinchucas también. Gracias a Dios, no tengo el mal de chagas.  Hace poco me hice revisar en Buenos Aires. Fui  a pasear y me han hecho revisar. Yo quería ir a pasear, porque allí están mis hijos. No me fui a vivir con ellos porque no me gusta Buenos Aires, ahí uno vive encerrado”, afirma.

“Aquí, a la hora que quiero ir para algún lado, voy. Voy a pasear a lo de los vecinos.  Mis hijos me quieren llevar a toda costa para Buenos Aires pero yo no quiero ir.  Ellos ya no van a volver, cada uno tiene su casita.  Se han ido porque aquí no había trabajo.  Tengo un nieto, a quien lo he criado con mamadera, ahora tiene 26 años y también está allá.  Pero yo no me quiero ir de acá, lo lindo de Taruy es criar animales, a mí me gusta criar de todo: patos, gallinas, chanchos, chivas, ovejas, vaquitas. No me voy por eso”, valora.

Desde hace quince años, Ester Azucena Palavecino trabaja en Cáritas, animando en tiempo de Colecta, acompañando a quienes más lo necesitan y organizando diversas actividades.

Ester es referente de Cáritas en su barrio, Colonia Osvaldo. “Estamos organizadas por sectores, tenemos siete sectores y ahora con un barrio nuevo serían ocho.  Cada referente tiene su sector y así conocemos las necesidades del barrio. Después en las reuniones hablamos”, explica.

“La mayoría de las personas buscan ir a trabajar al sur, cuando no pueden conseguir en el sur, van a trabajar en el monte con el hacha. Las mujeres quedan mucho tiempo solas con sus hijos y es cuando más necesitan ayuda. Los niños van a la escuela y necesitan calzado. A veces no tienen más que cuarto grado porque los padres no tienen y entonces no terminan de estudiar”, describe Ester.

La sequía golpea fuertemente a la población durante el verano y las intensas lluvias de invierno son otra de las muchas problemáticas que afectan a Añatuya. “Cuando llueve es muy difícil para ellos, la dificultad más notoria es que no tienen casa y tienen muchos niños; no tienen trabajo, el ranchito se les llueve; en algunas partes no hay por donde salir del barrio, porque queda lejos o porque hay calles ripiadas o de tierra y cuando llueve no se puede salir”, describe Ester.

Ante esta situación, Cáritas acompaña a las comunidades afectadas acompañando y asistiendo a las familias. “Cuando necesitan para un boleto, personas enfermas o que necesitan algún tipo de ayuda, entre todas las mujeres de Cáritas ponemos la mercadería, hacemos las rifas, tratamos de alcanzarle mercadería, leche o lo que uno consiga”, explica.

Pobreza cero y vida digna para todos, me gustaría que así fuera para la gente que más necesita y viviríamos todos mejor.  Una vida digna sería que haya menos personas pobres y que todos pudieran tener su casita”, anhela.

Tallando Taruy

Taruy es una pequeña comunidad de Añatuya conformada por doce familias.  La falta de energía eléctrica y el difícil acceso al agua potable son las principales causas que tienen a esta comunidad postergada. Allí vive Antonio Campos con su esposa y sus siete hijos.

Cuando el intenso calor no permite trabajar el campo, Antonio se dirige cada mañana a la casa de su madre, donde dedica largas horas al trabajo artesanal. “Cuando empiece a bajar la temperatura nos dedicaremos más al campo que a la artesanía, hacemos un poco de agricultura y tenemos un proyecto para hacer el cerramiento del campo”, afirma mientras talla una cruz en madera de mistol, “la cruz catequística de Matará, que es una reliquia que viene de varios siglos”, explica.

Al menos una vez por mes, las doce familias de la comunidad se reúnen  para organizarse, Antonio como referente destaca la organización que, desde hace ya varios años, lograron. “Creo que el estar relacionado con una familia y otra es muy bueno para nosotros porque nos ayuda mucho a crecer. Como organización hemos crecido y vamos aprendiendo tanto en capacitaciones de trabajo, de técnicas y de lo que hace falta aquí en el campo”.

Con la ayuda de Cáritas se logró realizar depósitos de agua y aljibes; el agua se consigue a través de tanques cisternas de la municipalidad de Matará. Algún tiempo atrás, sus habitantes consumían agua del río, ahora sólo la utilizan para los animales y el campo.


La realidad de Cáritas Añatuya

“En nuestra diócesis, Cáritas Añatuya es la única institución organizada que tiene el obispado y somos presencia visible en las veintitrés parroquias y la cuasi parroquia de la diócesis”, afirma Delia Ibáñez, directora diocesana.

Delia está en su segundo período como directora y explica: “No estamos organizados por áreas, en total somos 16 personas. Somos 12 los que trabajamos full time y nos dividimos por programas o proyectos.”

Las comunidades más lejanas de la diócesis de Añatuya están a 550 kilómetros. “Para nosotros son distancias muy grandes, contamos con un vehículo para poder acompañar a la gente pero muchas veces es muy sacrificado porque los caminos no soy muy buenos. A veces tenemos que barríar cuando llueve o, cuando hay sequía poder llegar con los pozos del camino o llenos de tierra”, comparte Delia.

“En muchos casos es difícil pero cuando llegas y te encontrás con la calidad de la gente que te está esperando y que te recibe con una sonrisa apenas ve la camioneta. Entonces el sacrificio no es nada”, expresa y agrega “generalmente, cuando son comunidades muy grandes nos quedamos varios días para poder acompañar y capacitar a la Cáritas parroquial y para conocer y acompañar la realidad y la de los parajes vecinos”.

“Los añatuyenses son muy hospitalarios, cuando estás llegando a la comunidad, te ven en el camino y ya te ofrecen mate, una silla, agua.  No importa quién sos, de dónde venis, qué vas a hacer”, destaca Lucrecia Herrera, integrante de Cáritas Añatuya.

“Todo lo que uno hace es por ellos y si ellos viven en esas situaciones por problemas de recursos, por ahí no pueden salir cuando tienen un familiar enfermo o cuando hay mucha lluvia para buscar los alimentos o los víveres para algunas comunidades. Nosotros consideramos que lo nuestro es un granito de arena en relación a la actividad que hacen las comunidades diocesanas parroquiales”, reflexiona Delia.

Actualmente, Cáritas Añatuya está desarrollando el Programa de Animación y Coordinación Diocesana (PACD) y, el plan educativo Emaús, que con el acompañamiento del equipo de desarrollo institucional de Cáritas Argentina, se trabaja en dos comunidades de la ciudad de Añatuya (Colonia Osvaldo y Colonia San Francisco) y en Las Malvinas.

“El fin último del plan educativo Emaús es que la comunidad pueda hacerse cargo de la educación de los niños. La capacitación a las mamás, se viene realizando hace ya algunos años, y tiene como objetivo lograr que ellas mismas puedan llevar adelante las tareas para la educación de sus hijos, había mamás analfabetas que no podían ayudar a sus niños. Entonces, además del apoyo escolar realizamos estas capacitaciónes”, explica Lucrecia Herrera.

Al mismo tiempo, con la colaboración y compromiso de donantes particulares, Cáritas lleva adelante el proyecto “Pequeños Artistas”, en el que niños, adolescentes y jóvenes del barrio La Leñera aprenden música, favorecen la sociabilización y fortalecen sus capacidades artísticas.

Por otra parte, Caritas lleva adelante un programa de organización comunitaria. “Lo trabajamos con las parroquias del interior acompañados por el programa del PACD y también en algunos barrios de la ciudad de Añatuya”, explica Delia.

“Siempre esperamos hacer más o siempre pensamos como grupo que somos pocos.  Confiamos en la providencia, siempre a mano, siempre la oración.  Por ahí a veces con poca ayuda pero siempre poniendo todo en manos de Dios”, anhela Lucrecia. 

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“Yo creo que no tengo una vida digna por la situación y por cómo vivo”.



























































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