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Espiritualidad
La historia de Cáritas
es una historia de compromiso profundo y objetivos claros,
pero también es una historia de adaptación constante
a los tiempos que vivimos. En el camino que se va trazando,
las distintas iniciativas y proyectos realizados nos aportan
numerosos aprendizajes.
Comprometidos cada día
más con la transformación de la realidad, enfrentamos
el desafío de mirar nuestra acción, aprender
de ella y fortalecer todo aquello que nos permita seguir avanzando
hacia la construcción de la civilización del
amor que Jesús nos propone.
Reflexiones de Fernando María Bargalló
Presidente de Cáritas Argentina - Obispo de Merlo-Moreno
Fortalezcamos
el camino del Amor, que incluye a todos y supera divisiones
e inequidades |
Julio de 2010
Hace apenas unos días, acabamos de vivir una nueva
Colecta Anual. La solidaridad expresada en cada rincón
del país ha sido, una vez más, ampliamente generosa.
Por eso, en nombre de Cáritas Argentina, quiero agradecer
profundamente cada uno de los gestos de apoyo, aliento, confianza
y generosidad que recibimos con alegría y gratitud
y que nos confirman que juntos podemos alcanzar la Nación
justa y fraterna que tanto anhelamos.
Con el lema “Construyamos
juntos una Patria sin excluidos”, la Colecta nos invitó
a tomar mayor conciencia de la realidad de exclusión
que aún persiste en nuestra sociedad y a fortalecer
el compromiso de justicia y solidaridad hacia tantos hermanos
y hermanas que aún no pueden sentarse en la mesa de
la Vida Digna. Nos duele y cuestiona que a lo largo y ancho
de nuestra querida Argentina encontremos mundos sumamente
diferentes y distantes entre sí. Algunos llenos de
posibilidades y bienestar. Otros padeciendo marginación
y hacinamiento y fatigados en la dura lucha por la supervivencia
cotidiana. Revertir de manera estructural esta realidad es
una deuda pendiente de toda la sociedad. Todos hemos de preguntarnos
y reflexionar honestamente: ¿porqué no logramos
mayor equidad e inclusión? ¿cuál o cuáles
son las enfermedades que nos atraviesan como sociedad provocando
que tantos hermanos de la gran familia que formamos queden,
sin embargo, “afuera” de ella e imposibilitados
de ejercer el derecho humano fundamental de poder vivir dignamente?
En este sentido, la
Colecta es una ocasión siempre renovada para fortalecer
los vínculos sociales y asumir como propios los sufrimientos
de los demás. Como Cáritas queremos seguir insistiendo,
a tiempo y a destiempo, en este camino de amor que incluye
a todos y supera divisiones e inequidades. No podemos ni debemos
acostumbrarnos a las situ podemos ni debemos acostumbrarnos
a las situaciones de pobreza que hieren la vida de quienes,
por el lugar geográfico de su nacimiento o por haber
crecido en contextos de marginación y carencia impuesta
de oportunidades, están marcados por el doloroso estigma
de la postergación.
Sólo en la medida
que comprendamos qué significa estar excluido y cuáles
son las causas que provocan la exclusión, las respuestas
van a ser más integrales y efectivas. Necesitamos ahondar,
personal y socialmente, dicha comprensión. Quienes
todavía consideran que el problema a solucionar es
el bajo ingreso, y la falta de alimento y de vestido que ello
provoca, caen en un grave error. Ese es sólo un primer
paso elemental en una sociedad que quiera preciarse de saber
cuidar y proteger a todos sus miembros.
Para que sea de verdad
“humana” la vida necesita más que el sólo
sustento. Requiere el acceso a la salud, al trabajo, a la
vivienda digna. Requiere, sobre todo, posibilidades de acceso
a una educación de calidad, que permita a las personas
aprender y desarrollar sus capacidades y participar libre
y concientemente en la construcción del bien común,
aportando para ello lo mejor de sí mismas.
La solidaridad
del pueblo argentino es grande. En Cáritas tenemos
experiencia acumulada que nos permite afirmarlo, tanto con
ocasión de la Colecta como en muchas situaciones de
crisis o de emergencias que surgen dentro o fuera del país.
Nos queda, sin embargo, dar todavía un salto de cualidad
en orden a dar no sólo lo que nos sobra sino a darnos
nosotros mismos generosamente en el compromiso cotidiano por
los demás. Que María de Luján nos ayude
a no tener nunca que arrepentirnos de haber mezquinado lo
que tenemos y lo que somos.
Construyamos
juntos una patria sin excluidos |
Junio de 2010
Quienes integramos la familia de
Cáritas, estamos transitando un momento muy querido
y muy especial: la animación de la Colecta Anual, que
tendrá lugar en todo el país el 12 y 13 de junio.
¿Por qué es especial esta Colecta? Porque es
mucho más que reunir dinero. Es una acción evangelizadora,
hacia dentro y hacia fuera de la Iglesia, que este año
proponemos a través de un lema que se fue elaborando
durante meses con mucha reflexión compartida: “Construyamos
juntos una Patria sin excluidos”.
Los invito a detenernos brevemente en cada término,
para profundizar en el sentido del mensaje que queremos comunicar
a toda la sociedad. ‘Construyamos juntos’…
Habla de un nosotros, en primera persona del plural. No decimos
“construyan ustedes”. Además, el modo subjuntivo
en este caso, expresa algo posible, probable, deseado. Construyamos
unidos, no cada uno aisladamente, con sus solas fuerzas o
a partir de sus propios intereses. Recordemos el dicho aquel
que afirma: ‘El que sueña solo, sólo sueña.
Los que sueñan juntos cambian la historia’.
‘Construyamos juntos una Patria’… Podríamos
haber elegido otros términos: Nación, País,
República, etc. Patria, sin embargo, hace referencia
no sólo a la configuración jurídica de
un Estado, sino también a aspectos que nos tocan entrañablemente:
la tierra en que nacimos, nuestros antepasados, lo que hemos
heredado, el lugar en que crecemos. Ayuda, además,
a querer recuperar la historia de muchos y muchas que a lo
largo de todo este tiempo sumaron su aporte, su esfuerzo,
su dedicación personal, grupal, institucional para
construirla. Contamos con un valioso pasado que hemos de recordar
y valorar. Pero, al mismo tiempo, señalamos que esta
“casa” necesita seguir siendo edificada pues aún
carece de elementos fundamentales para poder decir que es
hogar de todos y para todos.
‘Construyamos juntos una Patria sin excluidos’…
sabemos que en nuestra única Argentina conviven, sin
embargo, muchas “Argentinas” que a veces parecen
no tocarse y que frecuentemente se desconocen. A lo largo
y ancho del país encontramos como mundos sumamente
diferentes y distantes entre sí. Algunos llenos de
posibilidades y bienestar. Otros padeciendo marginación
y hacinamiento y fatigados en la dura lucha por la supervivencia
cotidiana.
No podemos, como cristianos, como Iglesia y como Cáritas,
desentendernos del enorme desafío de construir conjuntamente
la sociedad terrena y el Reino de Dios. Ambos necesitan nuestro
granito de arena para seguir creciendo. El cielo comienza
acá en la tierra cuando nos comprometemos trabajando
por la justicia y la paz, cuando nos abrazamos a la verdad
y procuramos el bien común, cuando, podemos decir hoy,
nos empeñamos en lograr juntos una Patria sin excluidos.
La exclusión es el dramático hecho de no tener
un lugar en la sociedad, es pasar a ser como un sobrante o
“desecho”, alguien invisible y que no cuenta.
Una Patria en la que sigue habiendo excluidos no es, ni puede
ser nunca, una Patria humana y fraterna.
En medio de un clima complejo, en el que las confrontaciones
conviven con la celebración del Bicentenario de la
Patria y al que se le suma la creciente euforia por el inicio
del campeonato mundial de fútbol, la Colecta Anual
se hace presente con un mensaje concreto para toda la sociedad.
No nos quedemos de brazos cruzados ni pretendamos que sean
los demás quienes han de ocuparse de la realidad de
todos. El 12 y 13 de junio los invito a que conjuguemos siempre
el verbo construir en primera persona del plural, y así,
“soñando juntos”, transformaremos la historia
de nuestra querida Patria.
Pequeñas
claves para una Argentina grande e inclusiva |
Abril de 2010
Nos encontramos a las puertas del
período de los Bicentenarios 2010-2016. Es un momento
muy especial en la historia de nuestra querida Patria y nosotros
tenemos el privilegio y la gracia de ser protagonistas de
este tiempo. Un tiempo para dar gracias a Dios por el camino
recorrido, para reflexionar sobre nuestro presente como Nación
y para desafiarnos a construir juntos, con compromiso y responsabilidad,
una Argentina donde a nadie le falte lo necesario para vivir
dignamente.
Queremos celebrar y es bueno y es justo que lo hagamos. Pero
todos sabemos que en nuestros corazones conviven sentimientos
encontrados. Por un lado, nos anima el deseo sincero de alcanzar
una convivencia social pacífica, donde se priorice
el bien común, desde las claves del entendimiento,
el consenso y la reconciliación. Pero, por el otro,
nos duele y desalienta el clima de desconcierto y confrontación
del que no logramos salir y que no hace más que ensanchar
y profundizar las heridas que, como sociedad, aún no
pudimos cerrar.
Una de estas heridas es, sin duda, la realidad de exclusión
que aún persiste. Estar excluido es mucho más
que carecer de lo básico. Es quedar afuera de un sistema
social, de un espacio político, cultural, económico.
Es estar al margen de las decisiones, de la participación,
de las relaciones sociales, de las oportunidades de crecimiento.
Son distintos y variados los factores que ocasionan la exclusión.
El individualismo, por ejemplo, debilita y rompe el tejido
social, porque lleva a que cada uno se concentre y encierre
en sí mismo. Quien cree que puede realizarse sin contar
con los demás, daña su esencia más profunda
pues el ser humano es comunión, es intercambio; se
construye desde el compartir con los otros y nadie puede ser
plenamente feliz si se ocupa sólo de su propia vida.
Existen, además, prácticas sociales que generan
exclusión, por ejemplo el trabajo en negro, y también
palabras, gestos, miradas, prejuicios que ahondan la marginación
de hermanos y hermanas. Por eso, como cristianos e integrantes
de Cáritas, es importante que procuremos permanentemente
convertir nuestros pequeños actos cotidianos, nuestro
modo habitual de hacer las cosas, de comunicarnos y de relacionarnos
con los demás, en signos concretos y visibles del amor
de Dios que se preocupa especialmente por sus hijos más
pequeños y desprotegidos.
Finalmente, y sin disminuir la importancia del compromiso
y responsabilidad de cada uno, queremos reafirmar que la calidad
institucional es el camino más seguro para lograr la
inclusión de todos en la comunidad nacional. Si la
Nación sufre cuando se deteriora el honesto y justo
funcionamiento de sus instituciones, quienes más sufren
a causa de ello son los pobres.
Renovados por la Pascua que acabamos de celebrar, pidamos
a Jesús que guíe nuestros pasos para que podamos
avanzar juntos en la concreción del sueño tan
anhelado de construir una Patria fraterna e inclusiva.
Mons.
Bargalló comparte la experiencia vivida luego del viaje
realizado a la zona del terremoto
Sentir como propio el sufrimiento
de nuestros hermanos y hermanas de Haití |
Marzo de 2010
Retomo hoy este espacio de encuentro
que nos brinda el Boletín “Huellas de Esperanza”
para reflexionar juntos, a la luz del Evangelio, lo que vamos
viviendo como sociedad, como Iglesia y también como
Cáritas. Quiero compartir con ustedes mi experiencia
de la grave situación que está viviendo el pueblo
haitiano a raíz del terremoto ocurrido el pasado 12
de enero. Como suele suceder, los medios de comunicación
social ya casi no se ocupan del tema. No obstante ello, hemos
de tomar clara conciencia que el impacto devastador de este
terremoto sigue y seguirá afectando por muchos años
a nuestro hermano pueblo de Haití, cuya dolorosa realidad
de postergación se ha agigantado trágicamente
en un abrir y cerrar de ojos.
Hace algunas
semanas viajé a Haití con integrantes de Caritas
Internationalis y de la Región Cáritas América
Latina y El Caribe, a fin de expresar nuestra cercanía
y solidaridad y acompañar de cerca la intensa tarea
que Cáritas Haití viene realizando desde el
primer instante en las zonas afectadas (Puerto Príncipe,
Leoganne y Jacmel) y, pasadas las dos primeras semanas, también
en el resto del país afectado por el aluvión
de migrantes internos que buscan refugio y asistencia en otras
ciudades y poblados.
Es difícil
describir lo vivido esos días. La conmoción
interior que me provocó la situación de miles
y miles de refugiados instalados en inmensos campamentos precarios
en cada espacio público y ver el escombro de las incontables
casas y edificios derrumbados, se transformó inmediatamente
en un agudo dolor y profunda compasión en Cristo. Compasión
no entendida como lástima sino como vibración
interna de sentir como propio el dolor de este pueblo…
Misterio del Cuerpo Místico: si un miembro sufre, sufre
todo el cuerpo!
Muchos otros
sentimientos e interrogantes me fueron surgiendo a partir
de lo que iba viendo, escuchando, y prácticamente tocando
con la propia mano y el corazón. ¿Cómo
procesar interiormente tanto dolor de hermanos y hermanas?
¿En qué lugar privilegiado de mi corazón
ubicar su padecimiento de modo que al regresar las tareas
cotidianas no lo taparan ni impidieran recordarlo fraternal
y solidariamente? Y, sobre todo, desde el espíritu
de comunión ¿cómo discernir con audacia
y generosidad el apoyo y ayuda que nuestra Cáritas
Regional ha de aportar al difícil camino que le queda
por delante a Cáritas Haití?
Camino difícil
con muchos y diversos desafíos. El primero, junto a
tantísimas otras organizaciones internacionales, sociales
y humanitarias, consiste en seguir respondiendo a la emergencia,
siendo un eslabón más en la cadena de atención
médica a los heridos y procurando contener las necesidades
básicas: el agua, el refugio, el alimento. Luego, la
etapa de reconstrucción, no sólo edilicia sino
también social, económica y psicológica.
Cáritas Nacional Haití, y la red de sus Cáritas
diocesanas, como le pasaría a cualquier Cáritas
en el continente, se siente y se sabe desbordada ante la magnitud
de la tragedia. Pero no baja los brazos ni se desespera. Asume
el desafío de fortalecer su estructura, organización
y la capacitación de sus integrantes para que esta
tremenda experiencia de dolor ahonde el sentido y eficacia
de su servicio evangélico hacia los demás, especialmente
hacia los más pobres. Como Cáritas América
Latina y El Caribe, y en coordinación con Cáritas
Internationalis, hemos ofrecido y ya estamos brindándole
diversas ayudas y formas de acompañamiento para responder
a dichos desafíos.
Compartir la vida cotidiana
con quienes padecieron el terremoto, me tocó y afectó
profundamente por tanto sufrimiento pero, al mismo tiempo,
me ayudó a crecer al percibir cuánta esperanza
y deseos de salir adelante palpita en sus corazones. Me impresionó
mucho la fortaleza interior de todos los agentes pastorales
de Cáritas Haití. Ellos también fueron
afectados por el terremoto con la pérdida de sus propias
viviendas o la muerte de algún familiar, amigo o conocido.
A pesar de ello, lejos de quedarse en la posición de
quienes han de ser auxiliados, están dando todo de
sí en el servicio a los demás. Su enseñanza
para todos es enorme. Nos impulsan a reconstruir la propia
escala de valores, a no sobredimensionar las dificultades
cotidianas de la vida y a no instalarnos en la queja estéril.
Cuando compartimos el sufrimiento de otros aprendemos, además,
a valorar y agradecer tantos dones y situaciones de vida que
nos parecen “normales” pero que, en realidad,
podríamos perder de la noche a la mañana.
Que María de
Guadalupe, patrona del continente, bendiga y proteja al pueblo
de Haití y nos ayude a todos a transitar este tiempo
de Cuaresma con amor y especial solidaridad hacia quienes,
viviendo muy cerca nuestro, esperan nuestra mano tendida y
fraterna. Ese será un signo concreto de nuestra conversión
a Cristo y a su Reino.
En el momento de escribir
la nota editorial no había acontecido el tremendo
terremoto que golpeó a nuestro hermano país
de Chile.
“Nos sentimos unidos
al profundo dolor que están viviendo nuestros
hermanos y hermanas chilenos. Durante estos días
nos comunicamos con Cáritas Chile para brindarles
nuestra cercanía y ponernos a disposición
para colaborar en lo que necesiten, confiando que
Jesús transforme nuestra solidaridad en signo
de esperanza y de presencia amorosa en medio de tanto
sufrimiento”, expresó Mons. Fernando
Bargalló, al referirse al sismo ocurrido en
la madrugada del sábado 27 de febrero.
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¡Navidad!
Jesús hace posible la Esperanza |
Diciembre de 2009
Hace pocos días comenzamos
a transitar el Adviento, tiempo litúrgico en el que
la Iglesia nos propone revisar nuestro interior con sinceridad
y valentía en orden a preparar un corazón bien
dispuesto para recibir al Niño Dios en la próxima
Navidad. Es un tiempo de conversión y de gracia, de
renovación profunda de la mirada y de las actitudes
que hemos de asumir como hijos e hijas de este Padre Dios
que nos sorprende entregándonos a su Hijo hecho hombre
y nacido de María en la pobreza del establo de Belén.
Cada Navidad, siendo la misma por el misterio que celebramos,
es al mismo tiempo diferente por el contexto en que vivimos.
Sería bueno entonces que nos preguntáramos hoy
¿qué nos quiere decir Dios en esta Navidad?
Por un lado,
como sociedad, no deberíamos olvidar que la Navidad
sin Jesús no es Navidad. Procuremos armar en casa un
pesebre y démonos tiempo para contemplar en silencio
a quien celebramos como recién nacido. La fragilidad
del niño en el pesebre nos impulsará a mirar
a nuestro alrededor, con ojos nuevos y con un corazón
abierto, la realidad de tantos otros niños y niñas
que, como Él, nacen en condiciones de extrema pobreza,
olvidados por gran parte de la sociedad, y cuyas familias
luchan por superar el estigma de la exclusión que marca
a fuego su situación de dolor. Al asumir el lugar del
más pobre y pequeño, Jesús quiere conmovernos
al punto tal de erradicar de nuestra vida toda tentación
de indiferencia y pasividad. Y nos empuja a brindarnos solidariamente
para generar oportunidades que ayuden a tantos hermanos y
hermanas a salir adelante, animándose a soñar
un futuro diferente.
Por otro, como
cristianos y miembros de Cáritas, hemos de centrarnos
en el verdadero sentido del nacimiento de Jesús en
Belén. Dios viene a nosotros para regalarnos su amor
y su misericordia. La gratuidad de su iniciativa nos desborda
y nos llena de esperanza. Su cercanía es expresión
de su Alianza definitiva con la humanidad. Jesús jamás
nos defrauda. Está atento a nuestras necesidades, nos
escucha, comprende y perdona, y nos anima cada día
a retomar la senda sin bajar los brazos. Al hacernos hijos
de su mismo Padre, quiere que también nosotros reflejemos
su ternura a través de los gestos, las actitudes y
las palabras. Quiere que siguiendo sus pasos como verdaderos
discípulos, salgamos al encuentro de quienes sufren
para ser en sus vidas bálsamo y alivio de fraternidad
y de amor.
Termino esta
reflexión destacando el trabajo silencioso e incansable
que llevan adelante miles de voluntarios y voluntarias en
todo el país, tanto en Cáritas como en otras
instituciones y organizaciones. Su testimonio de cercanía
y solidaridad es un modo real, visible y palpable, de hacer
presente la amorosa preocupación de Dios por sus hijos
más vulnerables. Que ningún contratiempo o dificultad
haga disminuir el entusiasmo con que llevan adelante su tarea.
Y que en los momentos en que abruma la sensación de
impotencia ante tanta inequidad social, encuentren la fortaleza
en quien nos prometió acompañarnos siempre por
el camino del bien: “Yo estaré con ustedes todos
los días hasta el fin del mundo” (Mt. 28, 20).
Porque Jesús
hace posible la Esperanza, les deseo a todos y a todas una
muy feliz Navidad… y que en el nuevo año que
comienza podamos alcanzar juntos la paz y la unidad que tanto
anhelamos como sociedad.
“Somos
hermanos…” Seamos siempre presencia viva de la
Iglesia entre los pobres
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Noviembre de 2009
Con los obispos argentinos afirmamos
que en nuestro país "existen hondos deseos de
vivir en paz y en una convivencia basada en el entendimiento,
la justicia y la reconciliación". En la declaración
"Somos hermanos, queremos ser Nación", que
elaboramos en el marco de la 98° Asamblea Plenaria del
Episcopado, expresamos con pesar que "sin embargo, percibimos
un clima social alejado de esas sanas aspiraciones de nuestro
pueblo".
Ahora bien, si
coincidimos en el anhelo sincero y profundo de alcanzar una
sociedad justa, en la que podamos convivir en armonía
y la vida digna no sea un privilegio de pocos sino un derecho
para todos y todas, ¿qué nos impide lograrlo?
¿somos acaso víctimas de un embrujo inevitable?
Nada de eso. No cabe duda que, como país, estamos inmersos
en una compleja "crisis cultural, moral y religiosa".
¿Qué podemos hacer, cada uno de nosotros, para
mitigar esta crisis y ayudar a concretar aquel deseo? ¿Cuál
será nuestro aporte en vistas a un Bicentenario "en
Justicia y Solidaridad, sin pobreza ni exclusión, sin
enemistades ni violencias"?
A la luz de nuestra
misión en Cáritas, necesitamos reflexionar para
discernir de qué manera podemos multiplicar los talentos
que el Señor nos confió, en el desafío
de ser presencia viva de la Iglesia en medio de los pobres.
Sabemos que la
vida cristiana no surge de una mera decisión ética
o moral, sino del encuentro con Jesús que conquista
nuestro corazón y le da un nuevo horizonte a nuestra
vida. Estoy seguro que todos vamos descubriendo que cuando
crece la intimidad y amistad con Jesús, no sólo
reconocemos mejor su llamado sino que nos ponemos gozosamente
en camino tras sus huellas. Y en este seguimiento, el Maestro
nos va contagiando sus mismos sentimientos, su amorosa predilección
hacia los hermanos mas pequeños y desamparados. Porque,
lo sabemos también, nuestra fe en Jesús quedaría
renga si no nos llevara a la opción preferencial por
los pobres. El nos empuja a ir a su encuentro con cercanía
fraterna, acrecentando nuestro amor y responsabilidad para
con ellos.
Afirmados en
esta convicción, somos conscientes que nuestra misión
como Cáritas no consiste tanto en "dar",
sino en "darnos" a nosotros mismos como don al hermano
y descubrir junto a él que la fuerza del amor es circular.
Al tiempo que nos damos, recibimos; al tiempo que ayudamos
a crecer, crecemos también porque aprendemos de los
demás; al tiempo que consolamos salimos fortalecidos
por la firme esperanza que nos testimonian los humildes y
sencillos. Y si en algún momento las dificultades cotidianas
nos confunden al punto de sentir que no estamos seguros acerca
del rumbo de nuestro servicio, sería bueno que nos
preguntemos: ¿favorezco el protagonismo de los pobres
con el granito de arena de mi trabajo en Cáritas? ¿promuevo
de algún modo la vida digna y plena de mis hermanos
más excluidos? ¿soy testimonio del amor gratuito
e incondicional de Dios?
Buscar con Jesús
las respuestas a estas preguntas, nos ayudará a reorientar
nuestro compromiso de amor y nos renovará interiormente
para seguir adelante, confiados en que El camina siempre a
nuestro lado y está presente en el rostro de cada hermano
necesitado.
Priorizar
el bien común, clave para erradicar la pobreza
Existe en nuestro país una realidad concreta
y palpable de pobreza y exclusión que reclama todo
nuestro esfuerzo y compromiso para transformarla. No podemos
desentendernos, ni negar su existencia. Tampoco podemos quedarnos
entrampados en la discusión teórica acerca de
índices y porcentajes, mientras está en juego
la vida de millones de niños, jóvenes, adultos
y ancianos, cuya dolorosa situación no se modifica
de la noche a la mañana, por más que crezca
o disminuya un determinado “guarismo”.
Sin duda, el
primer paso para encontrar la solución a un problema
es ver con claridad las causas que lo originan. En este caso,
sería alarmante considerar que se debe sólo
a una cuestión económica, porque todos sabemos
que las razones de fondo son mucho más profundas: el
drama de la pobreza tiene que ver con una crisis de valores
y una crisis moral.
Una crisis signada
por el individualismo, el egoísmo, la escandalosa concentración
de riqueza y poder en unos pocos y el consecuente debilitamiento
de los vínculos personales y sociales, que fueron arrastrando
paulatinamente a una gran mayoría a quedar relegados
al costado del camino, sin posibilidad de revertir su situación
de exclusión. En Cáritas lo constatamos a diario:
personas y grupos humanos que hoy no cuentan con las mínimas
oportunidades que les permitan ejercer su libertad para poder
elegir, para proyectar un mañana diferente, para formarse,
aprender y trabajar, desarrollando sus capacidades y sus dones.
El proyecto de Dios es que todos y todas puedan sentarse como
hermanos en la mesa de la vida, vida digna y vida plena. Para
hacerlo realidad, sin embargo, necesita de nuestro compromiso,
de nuestras manos y nuestro corazón. Quiere que sigamos
las huellas de su Hijo Jesús, quien en fidelidad al
amor, hasta el extremo de dar la vida para que tengamos Vida,
“pasó haciendo el bien” a todos, especialmente
a los pobres y sufrientes, marginados por la sociedad.
Por eso, un enorme
desafío que tenemos hoy como nación es aprender
a renunciar a intereses meramente particulares o sectoriales
y trabajar juntos en la construcción del bien común,
convencidos que las estructuras justas, “condición
sin la cual no es posible un orden justo en la sociedad”,
nacen y funcionan “a partir de un consenso moral en
la sociedad sobre los valores fundamentales y sobre la necesidad
de vivir estos valores con las necesarias renuncias, incluso
contra el interés personal”, como expresa el
Santo Padre (Aparecida, Discurso Inaugural 4). Sin dicho consenso
sobre los valores fundamentales sería ingenuo, de nuestra
parte, pensar que podríamos elaborar estructuras justas
en orden a que nuestros pueblos tengan vida digna y en abundancia.
Consenso, diálogo,
compromiso, opción por los pobres, decisión
política, sumadas a un nuevo estilo de liderazgo que
priorice el bien común, son algunas de las claves necesarias
para erradicar la pobreza. El 17 de este mes conmemoramos
el “Día Internacional para la Erradicación
de la Pobreza”. Pidámosle a Jesús que
fortalezca nuestros pasos e ilumine nuestras decisiones personales
y sociales, para que cada uno, desde su propia vocación,
tarea o responsabilidad, y todos, desde la fraternidad que
nos une, construyamos juntos, cada vez más, un país
con igualdad de oportunidades para todos.
La
pobreza y exclusión amenazan la vida de miles de niños
y adolescentes
Uno de los muchos abordajes posibles
del drama de la pobreza y exclusión consiste en reconocer
la dolorosa situación que atraviesan tantos niños
y adolescentes en su más tierna infancia. Justamente
cuando deberían estar viviendo serenamente la etapa
de la “nutrición” –de alimento, de
juego, de cariño-, absolutamente necesaria en el proceso
de crecimiento hacia la configuración de la propia
identidad, de la pertenencia a una familia y a la sociedad,
del desarrollo de los propios talentos y potencialidades,
miles y miles de niños se ven forzados a padecer situaciones
que no condicen con su edad y que, en definitiva, impiden
su acceso al derecho inalienable de una vida digna. Flagelos
como el trabajo infantil, la alimentación insuficiente,
la escasez de recursos materiales y didácticos, sumados
a la falta de contención y atención pedagógica,
no sólo asfixian su presente sino que, además,
estigmatizan su futuro.
Es claro que el problema a resolver
no es sólo y meramente económico. El debilitamiento
del núcleo familiar y de los vínculos afectivos,
la fragilidad y desconcierto de los adultos en el modo de
acompañar el crecimiento de sus hijos, la pérdida
de valores fundamentales en la convivencia social, no ayudan,
precisamente, a proteger el brote inocente y maravilloso de
la vida de los pequeños. La ausencia de pautas claras
y horizontes sanos y válidos hacia dónde orientar
los pasos de quienes van creciendo son realidades que atraviesan
a todos los sectores sociales. La droga, el alcohol y la violencia
han pasado a ser “compañeros” de camino
de muchos y muchas que, en tanta confusión ética
y cultural, no encuentran un sentido concreto a sus vidas
ni sueños por los cuales esforzarse y luchar.
Sin embargo, es claro también
que la situación se agrava sobremanera cuando, en este
contexto general, se padece la escasez de ingresos y abunda
el carecer de todo. Cabe preguntarnos, como sociedad, ¿qué
podemos hacer? Es más. Deberíamos todos interrogarnos,
honesta y sinceramente, si hemos tomado conciencia del hecho
que, a nuestro alrededor, la vida de tantos niños y
adolescentes transcurre en la lucha cotidiana por la supervivencia
y lejos de toda posibilidad de despegue y crecimiento personal.
Desde nuestra mirada creyente y cristiana, nos vemos interpelados
a reafirmar el camino de Jesús, Maestro y Amigo, y
su amor preferencial por los hermanos más vulnerables
y desprotegidos. Sabemos muy bien, y eso nos alegra y anima
a todos, que cada uno, en su servicio perseverante en Cáritas,
está brindando lo mejor de sí para revertir
esta situación y procurar que nadie quede excluido
de la mesa de la vida, del amor y de la fraternidad.
En orden a aportar un granito
de arena en la inclusión de todos, los obispos de la
Comisión Permanente del Episcopado, en su última
reunión de agosto, nos encomendaron, a Cáritas
y a la Comisión Nacional Justicia y Paz, la tarea de
estudiar conjuntamente una propuesta que, presentada a la
sociedad, ayude en la búsqueda de un camino posible
a recorrer y que garantice, a todos los niños y adolescentes
en Argentina, su derecho a la vida digna.
Que a ejemplo
de Jesucristo, y siguiendo sus huellas como discípulos-misioneros,
avancemos juntos en la construcción de una sociedad
con igualdad de oportunidades para todos y todas, donde nadie
llegue al mundo condenado a nacer, vivir y morir en la exclusión.
7
de agosto, Día de San Cayetano
El trabajo plenifica al ser humano
y es clave para la inclusión
Desde hace un tiempo venimos planteando
con preocupación y dolor la creciente pobreza y exclusión
que se advierten en nuestro país. Más allá
de los porcentajes y análisis que las confirman, esta
realidad se hace cada vez más evidente y, no cabe duda,
la falta de trabajo es una de las principales causas que hoy
deja a miles de familias y a comunidades enteras relegadas
al costado del camino, imposibilitadas de acceder a una vida
digna.
Cuántas
veces, en la escucha atenta y cercana que vamos haciendo desde
la misión que llevamos adelante en Cáritas junto
a los hermanos más pobres, constatamos que no tener
oportunidades de trabajo desgarra la vida de las personas,
de las familias y de la sociedad toda. Porque quienes no cuentan
con un ingreso estable, conviven con la incertidumbre de manera
permanente y están imposibilitados de encarar con serenidad
la vida cotidiana y desarrollar sus propias potencialidades
y capacidades, en orden a sentirse protagonistas, no sólo
de su crecimiento personal y familiar, sino también
de aportar activamente en la construcción de una sociedad
que los reconozca como tal, los valore, los proteja y los
contenga.
Indudablemente,
el trabajo plenifica al ser humano, restituye su dignidad
dañada y es clave fundamental para que pueda reinsertarse
en la comunidad de la que forma parte. Por eso, reconociendo
los esfuerzos realizados para paliar el escándalo de
la pobreza y la exclusión, pero frente a una realidad
que persiste y aumenta, cabe preguntarnos qué necesitamos
volver a proponernos como país, a fin de encontrar
soluciones en el corto plazo que favorezcan la inclusión
de todos y de todas. Trabajar mancomunadamente entre todos
los sectores involucrados para generar nuevas y mayores oportunidades
laborales, valorar el esfuerzo del trabajador a través
de una remuneración justa y condiciones dignas, favorecer
el acceso a la educación y a la formación, son
algunas de las certezas que compartimos y deseamos como sociedad,
pero que aún no logramos afianzar establemente.
Para ello, es
indispensable acercarnos aún más a la realidad
de quienes padecen la exclusión, sentir como propio
el dolor y la impotencia del hermano que, por sus propios
medios, difícilmente podrá revertir su situación.
Acortar distancias y aprender a escucharnos nos permitirá
superar prejuicios y desconfianzas mutuas que sólo
sirven para dilatar y profundizar aún más la
dolorosa realidad de los pobres. Necesitamos, entonces, recuperar
el valor del diálogo en la búsqueda del bien
común como camino para alcanzar consensos válidos
y duraderos. Un diálogo fecundo, responsable y libre
de intereses particulares, para sellar acuerdos que nos permitan
construir un país con igualdad y dignidad.
Que San Cayetano, nuestro entrañable
Patrono del Pan y del Trabajo, nos ilumine en esta urgente
responsabilidad de reencontrarnos para trabajar juntos por
el bien de todos y de todas.
Liderar
en el servicio al prójimo y al bien común
|
Julio de 2009
Acabamos de vivir un momento cívico
importante en la vida de nuestra patria. Las recientes elecciones
legislativas nos permitieron, una vez más, hacer ejercicio
de un derecho ciudadano que, sin duda, fortalece la democracia.
Sin embargo, una de las sensaciones que nos dejan estos comicios
es que quedó pendiente una discusión seria sobre
los principales temas que aquejan al país. Ante la
escandalosa realidad de pobreza y todas sus evidentes consecuencias,
¿qué políticas de largo plazo queremos
llevar adelante para favorecer una vida digna para todos y
todas en temas prioritarios como la salud, la educación,
el déficit habitacional, el trabajo informal? ¿Qué
actitudes esenciales necesitamos de cada uno de nosotros y
de los legisladores a quienes confiamos nuestro voto?
En el último
documento “Hacia un bicentenario en justicia y solidaridad”,
los obispos argentinos intentamos recuperar algunos valores
fundamentales que, entendemos, definen un “estilo de
liderazgo centrado en el servicio al prójimo y al bien
común”. Nos referimos a “la integridad
moral, la amplitud de miras, el compromiso concreto por el
bien de todos, la capacidad de escucha, el interés
por proyectar más allá de lo inmediato, el respeto
de la ley, el discernimiento atento de los nuevos signos de
los tiempos y, sobre todo, la coherencia de vida”, como
un decálogo que se desprende de una verdadera “mística
del servicio”. Cualidades que anhelamos encontrar en
nuestros legisladores, pero que también deben orientar
nuestro propio caminar como integrantes activos de la sociedad
en que vivimos.
Desde nuestra tarea cotidiana, viviendo honestamente la propia
profesión, la vocación a la que nos sentimos
llamados, realizando el trabajo de cada día con la
mayor excelencia y dedicación posibles, porque la transformación
requiere del esfuerzo mancomunado de todos.
En Cáritas lo
vivimos a diario, en la tarea junto a las comunidades más
excluidas: no existe posibilidad de crecimiento si no es con
otros, viviendo la vida como servicio a los demás,
porque el corazón crece y se ensancha en la medida
en que lo abrimos a los hermanos. Es necesario que como sociedad
tomemos mayor conciencia de la realidad de postergación
de millones de hermanos y hermanas cuyo esfuerzo por ponerse
de pie es enorme y, muy frecuentemente, vivido en silencio
y soledad.
Necesitamos también
comprender que, aunque importante y necesaria, la discusión
acerca de “cuántos pobres” hay en el país,
si hay más o menos que en tal o cual año, no
sirve para combatir eficazmente la pobreza. Tantísima
gente ha nacido y crecido en situaciones de marginación
y, si no tiene una mano ni un corazón solidario que
los acompañe e impulse, potenciando juntos las capacidades
que cada uno de nosotros tenemos, difícilmente saldrá
de la exclusión o logrará transformar su realidad.
El desafío es
grande pero no imposible. Que Nuestra Madre nos guíe
y nos dé la audacia, la alegría y el coraje
necesarios para fortalecer este amor de misericordia, justicia
y verdad y contagiarlo a muchos otros para que lo vivan también.
14
de junio - Colecta Anual de Cáritas |
Edición especial - Mayo y Junio de 2009
La Colecta que realizaremos próximamente
en todo el país, es un momento privilegiado en el que
salimos al encuentro de toda la sociedad para redescubrir
nuestra misión evangelizadora y reflexionar en comunidad.
Más que un simple evento, la Colecta es un doble acontecimiento
de gracia. Un evento o actividad es algo puntual, tiene su
comienzo y su fin y, por decirlo de alguna manera, se agota
en sí mismo. Un acontecimiento de gracia, en cambio,
se va construyendo en el tiempo, tiene una historia que lo
precede y una reflexión que lo sustenta, se potencia
en un momento fuerte y su sentido sigue vivo y fuerte transformando
la vida de las personas. En el fondo, es Dios quien lo inspira
y anima.
¿Por qué
decimos “doble” acontecimiento de gracia? Porque
lo es para la Iglesia y para toda la sociedad. Para la Iglesia,
porque nos invita a obrar y vivir como comunidad eclesial
según nuestra esencia más íntima: amor
de Dios hecho carne en nosotros en el amor afectivo y efectivo
hacia los más pobres y sufrientes. Cuando abrimos el
corazón y, desde los sentimientos de Jesús,
nos metemos en el barrio y en el barro de las comunidades
y familias más postergadas y excluidas, la pobreza,
el hambre, la falta de vestido y, sobre todo, la marginación
que impide a muchos tener un horizonte de vida y posibilidades
mayores para desarrollarla, nos conmueven como a El y nos
hacen prójimos de quienes esperan y necesitan nuestra
mano tendida y fraterna.
Para la sociedad toda,
porque el mensaje y gesto mismo de la colecta son una invitación
a superar la pasiva indiferencia, evitando así desentenderse
de la realidad del sufrimiento y reactivando interiormente
esa capacidad que tenemos los hombres de hacernos cargo unos
de otros en solidaria y generosa corresponsabilidad por la
suerte de cada uno.
Es posible. Tu solidaridad
transforma
Seguramente coincidirán
conmigo en que se percibe una sensación fuerte de descontento
y de desánimo a causa de varios males que nos aquejan
como sociedad; situaciones difíciles de impotencia,
de divisiones y enemistades, de crítica amarga, de
aislamientos y encierros que amenazan no sólo nuestro
estado de ánimo sino también la misma convivencia
social. Frente a esta constatación, el lema de este
año: “Es posible. Tu solidaridad transforma”,
nos propone reconocer que hay caminos reales por los que avanzar
en el logro del bien común.
“Es posible”
apunta a romper la barrera de la impotencia ante la cual corremos
el riesgo de quedar paralizados. Es posible algún cambio.
Es posible que las personas cambiemos, que las instituciones
y la sociedad cambien y mejoren. Ese “Es posible”
es como una semilla de esperanza que despierta y afianza algo
que siempre está en la entraña de nuestra naturaleza
humana, y que el lema refleja en las palabras que siguen:
“tu solidaridad transforma”. La tuya. La mía.
La de cada uno. La de todos. Siendo una apelación directa
y personal, cada uno puede recibir este mensaje como dirigido
a sí mismo. Y de la respuesta alegre y contagiosa de
cada uno dependerá la transformación que anhelamos.
Pues al asumir y realizar actos de interdependencia, vinculación
y fraternidad, la solidaridad se va afianzando siempre más
hasta llegar al grado de verdadera virtud moral y principio
social ordenador.
Compartir nos hace
bien
En el remate del lema: “compartir
nos hace bien”, ese “nos” es clave. Nos
hace bien a todos. Es un “nos” incluyente, un
“nos” de caminar juntos. Es bueno recordarlo:
los dones espirituales o materiales compartidos, no sólo
le hacen bien al que los recibe sino también a quien
los comparte. La corriente que se genera es positiva y preciosa
pues todos crecemos como personas y como hermanos.
Experiencias dolorosas
vividas en el pasado nos han enseñado qué importante
es salir del encierro de la propia soledad y juntarnos con
los demás para superar la angustia de haber perdido
el trabajo o el sufrimiento provocado por situaciones adversas.
Compartir con otros, en las buenas y en las malas, permite
encender siempre alguna nueva luz y abrir caminos de crecimiento,
consuelo, fiesta y creatividad.
Por todo lo dicho,
el próximo 14 de junio, solemnidad de Corpus Christi,
los invito especialmente a vivir la gracia de la Colecta de
Cáritas, sabiéndonos protagonistas de una misión
que no puede esperar: dar testimonio de nuestra comunión
eclesial y construir una sociedad con mayor justicia y equidad.
Hacia
la XVI Asamblea y Encuentro nacional de Cáritas Argentina
|
Abril de 2009
Nos encontramos próximos
a vivir, como familia de Cáritas, un momento muy especial:
la XVI Asamblea y Encuentro nacional que tendrá lugar
en la ciudad de Mar del Plata entre el 1° y el 3 de mayo.
Un espacio de encuentro que compartimos cada tres años,
para celebrar la fe y la Vida, reconociendo la acción
de Dios en la historia, y en Cáritas como parte de
esa misma historia. Un momento clave, además, porque
verán la luz las nuevas líneas pastorales que
marcarán nuestro rumbo en los próximos tres
años. Líneas que, en el marco de la Caminata
institucional, se fueron amasando en cada capilla, parroquia
y diócesis del país y hoy son el fruto maduro
del servicio, la reflexión y el compromiso cotidiano
de miles de voluntarios.
El desafío no
es menor: imprimirle novedad a nuestra labor junto a las comunidades
más pobres, con la mirada puesta en la realidad, pero
siempre desde la mística de Jesús, la del amor
profundo por el ser humano y por todo el ser humano. Como
señala el Papa Benedicto XVI, “las formas han
cambiado pero el fondo no” y así lo sintetiza:
“en la comunidad de los creyentes no debe haber una
forma de pobreza en la que se niegue a alguien los bienes
necesarios para una vida decorosa” (Deus Caritas Est,
n. 20). Ahora bien, ¿cuáles serían esos
“bienes necesarios” para alcanzar una vida decorosa,
es decir, una Vida Digna? Para acercarnos a una respuesta,
quiero compartirles parte de una reflexión que el R.P.
Jorge Arturo Chavez o.p. realizó en un encuentro latinoamericano,
donde afirmó que hay vida digna para las personas cuando
en la comunidad en que viven se respetan tres valores fundamentales:
el sustento de la vida, la estima y la libertad.
En primer término,
el sustento de la vida como tal y la posibilidad de enriquecerla,
desarrollando las propias potencialidades. El subdesarrollo,
por tanto, será aquella situación en la que
no hay o escasean los bienes necesarios para “sustentar
la vida”: alimentos, medicinas, vestido, vivienda, educación,
protección adecuada -física, ecológica,
previsión para la ancianidad, etc.
E n segundo lugar, la
estima, que está asociada a la identidad, al honor,
al reconocimiento, a ser tratado como persona, nunca como
cosa o como un simple número. Es una necesidad, no
sólo de los individuos sino también de los “colectivos
sociales”. Por eso, las sociedades pobres suelen sufrir
mucho el contacto con las sociedades avanzadas económica
y tecnológicamente porque para éstas, lamentablemente,
la valía humana está asociada con la prosperidad
material alcanzada.
Por último,
la libertad, definiéndola en este caso como la posibilidad
de contar con una serie amplia de alternativas de vida, para
poder escoger entre ellas la que más plenifica y despliega
la propia vocación y talentos. Una libertad que supone
asumir la responsabilidad de la marcha de la historia personal
y comunitaria y ser protagonistas y artífices del propio
destino.
Nuestro querido
Juan Pablo II afirmaba que “es hora de la nueva imaginación
de la caridad”. Necesitamos, para ello, ejercitar la
escucha atenta de la voz de Dios en las situaciones de pobreza,
en orden a no imponer a los hermanos/as un determinado servicio
sino discernir, en sus vidas y en sus gritos, cómo
Jesús sufriente quiere y necesita ser servido hoy.
Que Nuestra Madre de Luján nos acompañe durante
la realización de la Asamblea para hacernos “cercanos
y solidarios con quien sufre para que el gesto de ayuda sea
sentido, no como una limosna humillante, sino como un compartir
fraterno” (Novo Millennio Ineunte, n. 50).
La
Vida plena se concreta en el encuentro con el hermano |
Marzo de 2009
Es una gran alegría
reencontrarme con todos ustedes para fortalecer nuestra comunicación
a través de este espacio que nos brinda el Boletín
Huellas de Esperanza. Como compartimos en números anteriores,
en Cáritas estamos transitando un tiempo muy especial:
la Caminata institucional. Un tiempo de reflexión profunda
que desde hace algunos meses viene guiando nuestros pasos
hacia el XII Encuentro Nacional y XVI Asamblea Federal, a
celebrarse en Mar del Plata en mayo próximo.
El lema que elegimos
para la Caminata nos trae las palabras de Jesús: “Yo
he venido para dar vida a los hombres y para que la tengan
en plenitud” (cf. Juan 10, 10 y Aparecida 33), y nos
propone ahondar en el verdadero sentido de esta Vida plena
que Cristo desea para cada hombre y para cada mujer. Comenzando
ahora la Cuaresma, los invito a todos a continuar la reflexión
acerca de esta Vida plena.
Creados a imagen y
semejanza de Dios, Jesús plenifica nuestra existencia
reconciliándonos con su Padre y haciéndonos,
en verdad, hijos e hijas suyos. Con nuestra libertad sanada
y transformada por su gracia, El quiere que cada uno desarrolle
todo su potencial de amor y las capacidades recibidas, en
orden a acrecentar en el hoy de nuestra historia el Reino
de Dios. Para esta realización integral de cada persona,
cuyo fundamento es el amor inquebrantable de Dios que nunca
falta, no han de faltar las condiciones elementales que sostienen
la vida. El anhelo de Jesús de que todos tengamos Vida
plena incluye, como camino insoslayable, el que estas necesidades,
tanto individuales (afecto, alimento, cobijo, respeto, estima
de los demás) como sociales (trabajo, educación,
salud, vivienda, etc.) no queden insatisfechas.
Asimismo, la plenitud
de la Vida que Jesús nos da apunta también a
la transformación de la convivencia humana. Los demás
no son simples conciudadanos o vecinos... son hermanos! Esto
nos lleva a abrir el corazón a todos y a todas. Y,
a ejemplo de Jesús, sentirnos conmovidos hasta lo más
profundo de nuestras entrañas ante las situaciones
injustas, de dolor, abandono o explotación que padecen
a diario tantos hermanos y hermanas. Es esa conmoción
fraterna la que nos impide ser indiferentes, y nos impulsa
a “tomar cartas en el asunto”, asumiendo actitudes
nuevas pues nos descubrimos corresponsables de quienes padecen
alguna necesidad y queremos, por tanto, obrar en modo de aliviar
ese sufrimiento.
A partir de estas claves: la reconciliación con Dios
y la experiencia de su amor, la lucha por la satisfacción
de las necesidades vitales de cada persona y la renovación
de la convivencia humana, hemos de preguntarnos qué
lugar hemos de ocupar en la sociedad y qué podemos
aportar juntos para aunar esfuerzos en la transformación
de la realidad de exclusión y sufrimiento de tantos
que, con frecuencia, no pueden modificar su situación
por sus propios medios.
Todos tenemos
derecho a vivir en plenitud el don de nuestra existencia.
Del esfuerzo de todos dependerá que este deseo y proyecto
de Dios se haga realidad. Pidámosle a Nuestra Madre,
ejemplo de fortaleza y de compromiso con los demás,
que nos siga iluminando con su gracia y, especialmente en
este tiempo de Cuaresma, renueve el vigor de nuestros pasos
en el nuevo año que estamos recorriendo.
Navidad:
tiempo de agradecimiento, renovación de compromisos
y paz |
Diciembre de 2008
Nos acercamos al inicio de otro
año. Antes de comenzarlo, sería bueno que aprovecháramos
este tiempo para hacer una revisión y balance de lo
vivido en el año que termina. Recuperar la memoria
de los dones que Dios nos regaló, las alegrías
y los logros obtenidos, y agradecerle que nos haya sostenido
y protegido siempre. También reconocer los yerros,
para corregirnos, y los pecados para pedir perdón y
recibir con gratitud su misericordia y reconciliación.
En este sentido, quienes
integramos la gran familia de Cáritas, comenzamos juntos,
meses atrás, y sin detener la marcha, un precioso tiempo
de revisión y balance: “la Caminata”. El
arranque consistió en aceptar la invitación
a contemplar la Vida desde una mirada renovada, desde la fuerza
del amor y la solidaridad que se abren paso ante los nuevos
escenarios de pobreza. Ahora, en la segunda etapa, nos proponemos
redescubrir la nueva Vida en Cristo, dejándonos transformar
por su presencia amiga, y encontrando en Él el sentido
de nuestra identidad y misión, sobre todo ante tantas
privaciones injustas que advertimos a diario en el compartir
tristezas y esperanzas junto a las comunidades más
excluidas. Queremos, y no dejemos de rezar por ello, que todo
este recorrido institucional de reflexión, diálogo
y evaluación sea un sincero proceso de conversión
pastoral que nos ayude a elaborar, en mayo de 2009, las nuevas
líneas de acción para el próximo trienio.
Por todo ello, el tiempo
de Adviento y la nueva llegada de Jesús en la Navidad,
son para Cáritas ocasiones privilegiadas para ahondar
en dicha conversión pastoral. El Niño Dios,
nacido en la sencillez y pobreza de Belén, nos invita
a seguir reconociéndolo siempre en los rostros de tantos
hermanos y hermanas que hoy también padecen rechazo
y exclusión, y a comprometernos con ellos y su realidad
acrecentando nuestra capacidad de compartir.
Al hablar de compromiso
con quienes más sufren, quiero mencionar especialmente
a los voluntarios y voluntarias, cuyo día especial
recordamos el pasado 5 de diciembre. Hombres y mujeres que
ofrecen y comparten su tiempo, sus capacidades, sus “talentos”;
y que desde su testimonio personal, contagiando a otros a
trabajar juntos por el bien común, son verdaderos signos
de esperanza para el crecimiento del Reino de Dios.
Quiero aprovechar también
este espacio para presentarles a la nueva Comisión
Episcopal de Cáritas, designada recientemente en el
marco de la 96° Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal
Argentina. A través de la decisión de nuestros
hermanos obispos, el Señor me llama a continuar el
servicio como presidente de Cáritas Argentina. Integran
también la Comisión Episcopal: Mons. Aurelio
Kühn, obispo de la prelatura de Deán Funes, ya
conocido por todos, y Mons. Juan Alberto Puíggari,
obispo de Mar del Plata, a quien recibimos con mucha alegría.
A Mons. Joaquín Sucunza, miembro de la Comisión
por dos períodos, y que ahora presidirá el Consejo
de Asuntos Económicos de la CEA, en nombre de Cáritas
le hago llegar un GRACIAS! enorme por su cercanía pastoral
y permanente compromiso con la labor institucional.
Finalizo recordando
unas palabras del documento de Aparecida: “la paz es
un bien preciado pero precario que debemos cuidar, educar
y promover todos en nuestro continente”, ya que “la
paz no se reduce a la ausencia de guerras ni a la exclusión
de armas nucleares en nuestro espacio común, logros
ya significativos, sino a la generación de una “cultura
de paz” que sea fruto de un desarrollo sustentable,
equitativo y respetuoso de la creación” (542).
¡Muy feliz y
santa Navidad para todos y todas. Nos reencontramos –Dios
mediante- en 2009!
Una
crisis para analizar... y ocasión para reforzar nuestra
responsabilidad personal y social |
Noviembre de 2008
Desde hace algunos días,
la palabra “crisis” volvió a invadir los
medios de comunicación social para instalarse poco
a poco en todas partes: en la charla familiar, en el trabajo,
en la compartida con un vecino del barrio, en el almacén...
No es que su irrupción nos asombre tanto, pues algo
de experiencia acumulada tenemos ya en materia de crisis.
Lo curioso esta vuelta es que su origen no lleva el sello
de “made in Argentina”. Arrancó lejos,
muy al norte, en Estados Unidos, y desde allí ha ido
provocando tal descalabro en países y continentes que
ya nadie en el planeta puede sentirse ajeno a sus consecuencias.
Quienes no tenemos mayores conocimientos en Economía,
es decir la gran mayoría de la población, escuchamos
atónitos las explicaciones y análisis que brindan
técnicos y especialistas sobre “la burbuja hipotecaria”
y las “deudas tóxicas”. Parecida perplejidad
nos provocan las expresiones “baja la bolsa” o
“cae nuevamente el Merval, el Dow Jones, o Wall Street”.
Sabemos que no es auspicioso el “bajar” o el “caer”
pero... ¿debería preocuparnos si no tenemos,
ni siquiera entendemos, ese asunto de las acciones? Aparentemente
no. Y sin embargo sí. ¿Porqué? Porque
todo está tan interconectado que una crisis allá
repercute “misteriosamente” aquí y al grito
de “sube el dólar!” reaparecen fantasmas
conocidos como “recesión”, “inflación”,
“especulación”, “desconfianza”...
Y lo que es peor, reaparece el temor de perder el empleo,
de no llegar a fin de mes, de no poder pagar cuotas pendientes,
o de ver que se evaporan ahorros logrados con enorme sacrificio
y trabajo. Nadie ignora, además, que en las situaciones
de crisis económica, las comunidades pobres y desprotegidas
son las más afectadas pues carecen de los medios más
elementales para afrontar la tormenta.
Me parece importante preguntarnos porqué sucedió
esta crisis que amenaza arrastrar consigo a tantas instituciones
y países, crucificando todavía más a
los más pobres del mundo. La respuesta que busco no
es obviamente técnica. Tal vez falló un mecanismo
del sistema... pero aquí hay algo mucho más
serio que un mecanismo fallido. Podría mencionar como
raíz la perversidad del modelo neoliberal capitalista
de acumulación individual. Pero estaría asumiendo
una perspectiva que no es la que quiero ahora. Sin desmerecer
ese abordaje teórico, en esta crisis, como prácticamente
en todas, el problema de fondo es humano, y es moral. Detrás
de lo acontecido no hay meros mecanismos. Hay instituciones
guiadas por personas concretas que, en forma aislada o colegial,
con no poca inescrupulosidad, movidas por el orgullo de no
querer reconocer errores, por la ambición de lucrar
y amontonar, o por la adrenalina que provoca el riesgo de
apostar en grande para obtener más grandes ganancias,
amparadas a veces por leyes favorables y parciales, no tuvieron
la honestidad y solidaridad de frenar a tiempo un derrumbe
incipiente que, una vez convertido en avalancha, era imposible
detener.
Nuestra misión en Cáritas nos interpela con
fuerza a seguir trabajando siempre por los más pobres.
Hay muchas maneras de hacerlo. Hoy quiero insistir en la importancia
de aportar a la construcción de una sociedad fraterna
y responsable, en la que cada uno asuma con espíritu
de grandeza el cuidado del bien común, en la justicia
y en el amor. Hemos de esforzarnos por erradicar de la sociedad
civil las prácticas inescrupulosas, sean económicas
o políticas, que apuntan al bienestar de unos pocos
dejando en el desamparo a un tendal de excluidos. Nuestro
modelo de crecimiento no puede basarse en el afán de
lucro sino en un desarrollo integral y sustentable que favorezca
la inclusión de todas las personas y el desarrollo
de sus potencialidades.
Hemos de suplicar a Dios los dones de la sabiduría
y fortaleza para alentar y sostener la esperanza de los más
pobres. Como expresan los obispos en el Documento de Aparecida
“sentimos un fuerte llamado para promover una globalización
diferente, que esté marcada por la solidaridad, por
la justicia y por el respeto a los derechos humanos, haciendo
de América Latina y de El Caribe no sólo el
Continente de la esperanza, sino también el Continente
del amor” (64).
Las
personas: ¡siempre antes y por encima de los números!
|
Octubre de 2008
Cuando se aborda
el tema de la pobreza suelen utilizarse indicadores, cifras,
porcentajes que, elaborados estadísticamente desde
estudios macroeconómicos, pretenden dar cuenta fehaciente
de las variaciones positivas o negativas en la vida de un
pueblo o nación. Es frecuente que dichos “guarismos”
susciten intensos debates, discusiones y análisis de
todo tipo, en orden a determinar si efectivamente aumentó
o disminuyó la cantidad de pobres... como si allí
estuviera el nudo del problema!
Sin restar importancia
a dichas discusiones y análisis, es imprescindible
que, individual y socialmente, superemos la perspectiva de
las mediciones numéricas. Pues aunque sea lícito
disentir en cuanto a la cantidad de personas que viven en
la pobreza, no sería ético quedarnos en la discusión
y, mucho menos, permanecer indiferentes.
En consecuencia, para
comprender el drama de la pobreza y trabajar en su superación
es prioritario acercarnos a los pobres, reconocerlos. Urge
recordar y asumir que detrás de los porcentajes hay
siempre personas que sufren, historias de vida, de lucha cotidiana
y también de esperanza.
Nuestra misión
en Cáritas, como discípulos de Jesús,
nos lleva a ubicar a los pobres en el centro de nuestra vida
y, desde sus propias necesidades y capacidades, descubrir
juntos los pasos que debemos dar para transformar las situaciones
de inequidad que aún se viven en nuestro país.
Este desafío nos convoca diariamente.
En este sentido, las
palabras del Cardenal Oscar Rodríguez Maradiaga, presidente
de Caritas Internationalis fueron más que elocuentes,
cuando expresó recientemente en la sede de la Organización
de las Naciones Unidas que “es necesario que nos veamos
nosotros mismos no en un “Tercer Mundo" y en un
“Primer Mundo”, sino en un mundo en el que nuestra
obligación para con los pobres sea compartida”.
En el documento de la
Va. Conferencia General (“Aparecida”) los obispos
latinoamericanos recordamos que los dones que Dios nos regala
“requieren una disposición adecuada para que
puedan producir frutos de cambio. Especialmente nos exigen
un espíritu comunitario, abrir los ojos para reconocerlo
y servirlo en los más pobres” (354). Jesús
“no nos exige que renunciemos a nuestros anhelos de
plenitud vital, porque Él ama nuestra felicidad también
en esta tierra” (355), pero “también nos
previene sobre la obsesión por acumular: No amontonen
tesoros en esta tierra (Mt 6,19)” (357), ya que “las
condiciones de vida de muchos abandonados, excluidos e ignorados
en su miseria y su dolor, contradicen este proyecto del Padre
e interpelan a los creyentes a un mayor compromiso a favor
de la cultura de la vida”. Y así, reconociendo
“la inseparable relación entre amor a Dios y
al prójimo” todos quedamos invitados “a
suprimir las graves desigualdades sociales y las enormes diferencias
en el acceso a los bienes” (358).
El próximo 17
de octubre se conmemora el Día Internacional de la
Erradicación de la Pobreza. Que esta fecha nos ayude
a tomar mayor conciencia del dolor de los pobres y, haciéndolo
propio, como Cristo hizo propias suyas nuestra fragilidad
y pequeñez, se transforme en nuestro corazón
en un firme compromiso de trabajo y servicio por el bien común
de todos y de todas.
Educación
para la Inclusión Social |
Septiembre de 2008
La cercanía cotidiana
con las personas y comunidades más postergadas nos
permite constatar permanentemente el esfuerzo y la convicción
de tantos papás y mamás quienes, a pesar de
las dificultades económicas que deben afrontar, apuestan
firmemente a la educación de sus niños. Y aunque
muchos de ellos no tuvieron la posibilidad de estudiar, y
otros se vieron obligados a trabajar desde muy pequeños,
la experiencia de vida les fue afirmando en la plena conciencia
de que la educación es uno de los factores clave para
la inclusión social.
Dicha conciencia llega a ser hoy una “certeza social”.
Pues, si bien la exclusión se evidencia en todos los
aspectos que hacen al desarrollo integral de una persona,
la educación, lo sabemos bien, condiciona el presente
y muy especialmente el futuro. Sin ella, o quedando al margen
de ella, se esfuman las posibilidades reales para lograr un
mañana mejor.
Nadie puede desconocer
la dolorosa realidad de tantos niños y adolescentes
que, como consecuencia de la situación de pobreza en
que viven, van quedando cada año fuera del sistema
escolar formal, generándose paulatinamente un “círculo
vicioso” que los aleja del derecho a ser y a sentirse
parte integrante y vital de la sociedad a la que pertenecen.
Esta exclusión les impide, muy a menudo, ser concientes
de sus verdaderas aptitudes y capacidades, justamente por
no contar con un espacio adecuado para poder descubrirlas
y desarrollarlas. Incluso pueden llegar a sentirse en inferioridad
de condiciones respecto a los demás chicos de su edad.
Y cuando crezcan y busquen un trabajo, las posibilidades serán
muy acotadas y seguramente ya no podrán trabajar “en
lo que les guste o hubiera gustado” sino “en lo
que encuentren o generosamente les ofrezcan”.
Debemos, pues, dejarnos interpelar por esta pregunta: ¿es
justo que en nuestro país un alto porcentaje de niños
y jóvenes estén privados de acceder a una educación
integral que les permita crecer armónicamente, desarrollar
sus potencialidades y satisfacer el deseo innato de aprender?
Definitivamente: NO!. Tampoco es justo que como sociedad nos
desentendamos del problema, sea porque descargamos en el Estado
toda la responsabilidad, sea porque esperamos pasivamente
mejoras en la macroeconomía nacional para que, cuando
ello suceda, se modifique esta situación. Todos hemos
de aportar, desde lo que somos y sabemos, por una plena y
perseverante escolaridad en todos los niños y adolescentes
del país.
En esta línea, desde Cáritas queremos aportar
también nuestro granito de arena. ¿Cómo?
Hemos organizado, para el próximo 19 de septiembre,
en la Universidad Católica Argentina, un Foro de Inclusión
Social cuyo lema convocante es: “Educación +
Ciudadanía: sumar para restar desigualdad”. Nos
proponemos favorecer la reflexión conjunta y el análisis
para seguir encontrando caminos que ayuden a revertir tanta
situación de inequidad y marginación que aún
padecen hermanos y hermanas en nuestro país.
Con la esperanza siempre renovada, y en el marco de nuestra
Caminata institucional hacia la Asamblea del año próximo,
pidámosle a Nuestra Madre que el Foro de Inclusión
Social dé abundantes frutos en el trabajo de quienes
vivimos a diario el compromiso de construir una sociedad con
igualdad de oportunidades para todos.
Cáritas,
con San Cayetano, ¡por pan y trabajo para todos!
| Agosto de 2008
A lo largo
del año hay muchos días en los que nuestro pueblo
peregrina para venerar a los santos, tanto para agradecer
los favores recibidos como para pedir que intercedan ante
el Padre por alguna necesidad concreta. Entre todas las fechas
hay una muy especial y que la mayoría de nosotros conocemos:
el 7 de agosto, fiesta de San Cayetano, patrono del pan y
del trabajo.
En los últimos tiempos, en muchos hogares, gracias
a Dios, alguno de sus miembros ha encontrado trabajo. En otros,
sin embargo, el empleo sigue siendo una asignatura pendiente
pues, aunque no son pocos los esfuerzos realizados para paliar
la desocupación, muchas familias aún no cuentan
con ese ingreso estable, propio del asalariado, que les permita
encarar con más alivio y serenidad la vida cotidiana,
desarrollar las potencialidades personales y soñar
con un futuro mejor.
En este sentido, desde hace varios años fueron surgiendo
diversas alternativas que, aunque no solucionan el problema
de fondo, suponen, sí, un principio de respuesta a
esta necesidad. Me refiero al Comercio Justo y a la Economía
Social y Solidaria. La implementación de ambas permite
a las familias recuperar capacidades y habilidades para generar
emprendimientos productivos que con el tiempo lleguen a ser
sustentables, desde la vivencia de valores como la cooperación,
la organización comunitaria y, fundamentalmente, la
solidaridad.
Sabemos, por experiencia, que la solidaridad siempre es fuente
de esperanza. Como recordarán, la crisis profunda que
nos afectó hace algunos años nos impactó
a todos. Los sectores más perjudicados fueron, sin
duda alguna, aquellos que ya padecían situaciones de
pobreza y que se veían imposibilitados de generar alternativas
de trabajo para superar la exclusión en que se encontraban.
Por entonces, desde Cáritas comenzamos a acompañar
a estas comunidades procurando brindar medios para la producción
de alimentos, inicialmente para autoconsumo. Así fueron
surgiendo huertas familiares y comunitarias, en las que cada
familia recogía los frutos que la tierra sembrada por
ella les proporcionaba. La solidaridad y el esfuerzo compartido
fueron fortaleciéndose, a la par que crecía
la conciencia de lo colectivo y la constatación de
que se puede salir adelante con mayor facilidad si nos unimos
entre todos.
Hoy, habiéndose superado lo más dramático
de aquella grave situación social y económica,
la inequidad que perdura sigue siendo enorme y son todavía
muchas las personas y familias que continúan luchando
por salir de la exclusión. Animados siempre por el
compromiso social que implica el seguir a Jesús viviendo
el mandamiento del amor, como Cáritas queremos seguir
favoreciendo esa “otra economía”, inclusiva
e integradora, promoviendo siempre el que las familias compartan
historias de vida, proyectos, logros y dificultades que las
enriquecen y las alientan a seguir gestando un futuro diferente.
Siguiendo la inspiración de las primeras comunidades
cristianas, que vivían en armonía porque tenían
“un solo corazón y una sola alma” y donde
“nadie consideraba sus bienes como propios, sino que
todo era común entre ellos” (Hechos 4, 32), los
invito a que pongamos bajo la intercesión de San Cayetano
el deseo y el compromiso de construir juntos un país
en el que haya Pan y Trabajo para todos y todas.
Vivienda
propia... camino para el Hogar de familia y el barrio comunitario|
Julio de 2008
Como cada
mes, es una alegría reencontrarnos en este espacio
que nos brinda el boletín. En esta ocasión quiero
comenzar subrayando el valor precioso que tienen para nosotros
los logros obtenidos a lo largo de la vida gracias al esfuerzo
perseverante y a la esperanza sostenida no obstante las dificultades.
Alcanzar metas muy deseadas, que por momentos nos han parecido
muy difíciles e incluso imposibles, genera una felicidad
tan grande que no la podemos transmitir con simples palabras.
Esta situación es la que están viviendo tantas
familias que, a través del Programa de Autoconstrucción
de viviendas impulsado por Cáritas en varias diócesis
del país hace algunos años, hicieron realidad
el sueño tan esperado de “tener casa propia”
La
caridad entendida como promoción integral de los pobres
Todas las iniciativas y
programas que impulsamos en Cáritas llevan la impronta
de nuestra identidad eclesial y misión evangelizadora.
Cualquiera sea el tema que se aborde, queremos vivir la caridad
tal como lo haría Jesús: haciendo camino fraterno
con los pobres para que al crecer en la conciencia de su dignidad
y de sus capacidades sean cada vez más protagonistas
de su propio desarrollo integral. Nos parece fundamental,
entonces, que toda persona pueda participar en instancias
sociales y religiosas que le ayuden a desarrollar procesos
de crecimiento para que su vida individual, familiar y comunitaria
alcance mayor sentido y plenitud.
En esta línea,
el acompañamiento de Cáritas a las familias
en el “programa de viviendas” resulta sumamente
importante. Por un lado, es hacer de puente para que dichas
familias puedan contar con ese espacio vital indispensable
para vivir que es la casa: el cobijo del techo propio bajo
el cual se distribuyen lugares diferentes para diferentes
necesidades: alimentarse, asearse y descansar como corresponde.
Y que habitada por la familia se convierte en hogar cuando
la llena el calor del cariño; cuando se aprende a compartir
generosamente el pan cotidiano, las alegrías y las
tristezas, la oración confiada y la esperanza; cuando
el amor reina en la convivencia generando aliento, respeto,
comprensión y perdón.
Por otro lado, la familia que participa activamente en la
planificación de su futura vivienda, se capacita también
para la etapa de construcción. Y al construir su propia
casa, asumiendo esa tarea como un proyecto comunitario, se
afianza internamente como comunidad familiar, mejorando su
convivencia en clave de cooperación y renovando juntos
la esperanza de un futuro mejor.
Construir una comunidad de vínculos
solidarios
Por último,
a medida que los cimientos iniciales se ven superados por
más y más hileras de ladrillos, hay otra construcción
que también crece con este trabajo compartido: el fortalecimiento
de los vínculos entre las familias, las cuales se sienten
cada vez más partes integrantes de ese nuevo barrio
que nace como fruto del esfuerzo de todos.
Todo este proceso integral (casa-hogar, familia-convivencia,
comunidad-barrio) está sostenido por diversos talleres
de capacitación en los que se apuesta fuertemente a
trabajar las relaciones humanas y cristianas, a encontrar
el mejor modo de tratar y resolver los conflictos, a reflexionar
sobre la propia historia de vida -personal, familiar y social-
reconociendo la acción de Dios y las invitaciones de
Jesús a seguirlo, a elevar la autoestima y acrecentar
la calidad de la comunicación interpersonal y grupal.
En una muestra concreta de la solidaridad que nos propone
el Evangelio, cada uno va aportando sus propios conocimientos
y, a su vez, aprende de los demás, porque todos tenemos
algo para dar y todos necesitamos de lo que los demás
pueden darnos.
Destacamos al principio que lo que se alcanza con esfuerzo
se valora más. Podemos afirmar, también, que
cuando un sueño es compartido por muchos es más
fácil hacerlo realidad porque lo concretamos entre
todos. Sigamos trabajando y soñando juntos por una
sociedad justa y fraterna, en la que cada uno pueda acceder
a condiciones de vida digna.
Una vez más...
¡GRACIAS!! |
Junio de 2008
En nombre de todos
quienes integramos Cáritas Argentina, quiero aprovechar
este espacio que compartimos cada mes para agradecer profundamente
la solidaridad y la participación expresadas a lo largo
de todo el país el pasado domingo 8 de junio, con motivo
de realizarse nuestra ya tradicional Colecta Anual.
Puesto que en muchas diócesis la Colecta se extiende
durante todo junio en lo que llamamos el Mes de la Caridad,
aún no contamos con los resultados definitivos. Podemos
afirmar, sin embargo, que como viene sucediendo desde hace
ya varios años, la sociedad se sumó activamente
a la propuesta de Cáritas. Y, más allá
del aporte concreto en dinero, muchas personas se acercaron
para ofrecer la disponibilidad de su tiempo y capacidades
como voluntarios, y también para tomar conocimiento
con mayor profundidad de la tarea que Cáritas realiza
acompañando el esfuerzo de las comunidades más
postergadas del país.
Un
mensaje diferente en medio de un contexto difícil...
Meses atrás, prácticamente
en febrero, cuando comenzamos a reflexionar como institución
qué forma darle al mensaje de la Colecta 2008, era
imposible imaginar que la misma se desarrollaría en
medio de un contexto nacional tan conflictivo como el que
hemos vivido en todo el país desde mediados de marzo.
Sin embargo, a medida que nos acercábamos al 8 de junio,
fuimos descubriendo que la Colecta podía convertirse
en una ocasión privilegiada para que todos, aunque
fuera por un momento, hiciéramos un alto en medio de
tantas discusiones y desencuentros, y orientáramos
la mirada y el corazón hacia aquellas hermanas y hermanos
nuestros que padecen situaciones de mucha vulnerabilidad y
marginación. La propuesta bien concreta de Cáritas
fue la de animarnos a mirar por encima del conflicto para
reconocer y tratar de comprender, más que medir, la
dolorosa situación de pobreza que aún persiste
en millones de argentinos, no obstante los índices
auspiciosos del crecimiento macroeconómico. Estoy cierto
que quienes se animaron a hacerlo lograron tomar conciencia
de esa preocupación, más grande que el complejo
conflicto, y que nos atañe a todos y no sólo
a algunos sectores.
... para que no
olvidemos a quienes luchan por su cotidiana supervivencia.
Gracias a Dios, un valor
que nos caracteriza como pueblo, y del que tenemos experiencia
concreta en Cáritas, es que somos una sociedad sensible
y solidaria. El dolor ajeno, la vulnerabilidad de tantos y
tantas, la injusticia siguen conmoviéndonos. Pero también
es verdad que no estamos exentos de dejarnos seducir por mensajes
y actitudes individualistas, o egoístas, que tienden
a encerrarnos en nosotros mismos y en nuestro grupo de pertenencia
más inmediato. Cuando esto acontece, aquella sensibilidad
se acalla y queda como anestesiada, al punto de olvidarnos
que muy cerca nuestro hay quienes luchan cotidianamente por
su supervivencia.
¿Cómo superar este “olvido”? El
lema de este año, “La desigualdad nos duele.
Recuperemos la capacidad de compartir”, nos ayuda y
mucho. Procuremos que la desigualdad nos siga doliendo, para
que ese dolor, no buscado por sí mismo como lo haría
el masoquista, sino surgido por la fraterna cercanía
con quien padece, obre como permanente resorte de compromiso
amoroso por los más pobres. Y renovemos cada día,
en lo pequeño y cotidiano de nuestro vivir, ese gozo
y vocación a compartir que crecen siempre más
y más en nosotros cuanto más experimentamos
el compartir de Jesús con todos del don de su amor
y de su vida.
La desigualdad nos duele.
Recuperemos la capacidad de compartir |
Mayo de 2008
En cada rincón
del país hemos comenzado ya a preparar con gozo y esperanza
la próxima Colecta Anual que tendrá lugar el
domingo 8 de junio. En cada capilla, parroquia y comunidad
se multiplica el desafío de salir al encuentro de toda
la sociedad para llevar la Buena Noticia del amor de Dios
que nos invita a todos, siempre, a seguir creciendo juntos
en solidaridad y en compromiso con quienes aún padecen
a causa de la pobreza o de situaciones de exclusión.
Al afirmar “La desigualdad nos duele”, estamos
queriendo aunar, en ese “nos” que abarca a todos,
el dolor que experimentamos al constatar la inequidad social
y la desigualdad de oportunidades que golpean duro la vida
de tantos hermanos y hermanas. Pero, al mismo tiempo, queremos
también proponer, desde Jesús, el camino fraterno
de superación: “Recuperemos la capacidad de compartir”.
No podemos acostumbrarnos a la desigualdad
En el mismo hecho de recibir
la vida y la naturaleza humana, los hombres recibimos, impreso
en nuestra conciencia, el principio moral fundamental que
guiará nuestro obrar: “hacer el bien y evitar
el mal”. Me animo a decir que junto con dicho principio
recibimos también, innato, un sentido interior de la
justicia que, desde muy pequeños, nos ayuda a comprender
la importancia de la equidad y, por ello mismo, nos hace reaccionar
con dolor ante las desigualdades padecidas en carne propia
o por otros cercanos a quienes queremos o valoramos. Ya adultos,
si todos nos animáramos a examinar con honestidad el
uso hecho de nuestra libertad, descubriríamos que las
desigualdades en el mundo no se deben a una “mano negra”
anónima, sino al pecado de haber “atropellado”,
por acción u omisión, con mayor o menor conciencia
y responsabilidad, esa fundamental equidad entre los hombres
querida por Dios.
La propuesta es, entonces, preguntarnos ahora, individual
y socialmente: ¿nos duele verdaderamente la desigualdad
entre hermanos o, sin darnos demasiada cuenta, nos fuimos
acostumbrando a ella?
El dolor que brota de la toma de conciencia de la desigualdad
es, para mí, un dolor sano, fecundo. Es signo de que
tenemos los ojos y el corazón bien abiertos. Lo contrario
sería aquello de “ojos que no ven, corazón
que no siente”. Es, sobre todo, expresión de
amor y comunión con el que sufre, fuerza interior que
nos desinstala, interpela y cuestiona, y que nos motiva a
trabajar por la justicia, cuya “hambre y sed”
son señaladas por Jesús como fuente de bienaventuranza
(Mt 5, 6).
Transformar la realidad
en clave de compartir
Diariamente encontramos
situaciones de vida muy dispares. Bienestar y miseria, oportunidades
y exclusión, saciedad e indigencia. La desigualdad
existe y es real. No la podemos negar ni ocultar. Personalmente
suelo decir: “en la Argentina hay muchas ‘argentinas’
que conviven yuxtapuestas y que prácticamente no se
conocen entre sí”. Por eso, la propuesta que
planteamos desde la Colecta Anual de Cáritas, es muy
sencilla pero bien superadora. Consiste en arrimar realidades
y estrechar puentes de cercanía y comunión.
¿Cómo? Ahondando y recuperando la capacidad
de compartir! Esto abarca un amplio abanico de “compartires”.
Supone, obviamente, acrecentar la generosidad de compartir
los bienes que poseemos. Y también el dinero que entregamos
como ofrenda de amor. Pero no se detiene ni limita a ello.
Compartir es también transmitir a los demás
los aprendizajes realizados, poner en común lo que
sabemos, darnos a nosotros mismos! Como dice el papa Benedicto
en “Deus Caritas est”: “para que el don
no humille al otro, no solamente debo darle algo mío,
sino a mí mismo; he de ser parte del don como persona”
(34).
Termino con un saludo especial a todos los trabajadores y
trabajadoras de nuestro país. Ruego a Dios, por intercesión
de San José obrero, que sigan creciendo las posibilidades
laborales en nuestra patria pues, lo sabemos bien, el trabajo
tiene un lugar irremplazable en la dignidad y realización
de cada ser humano.
Caminata
institucional: tiempo para revisar lo andado y redescubrir
horizontes |
Abril de 2008
Quiero aprovechar
este espacio de encuentro y comunicación en Huellas
para compartirles que estamos comenzando a transitar una etapa
bien importante en la vida de Cáritas. Me refiero a
la Caminata, un tiempo de reflexión y discernimiento,
en el que profundizamos sobre el sentido de nuestra misión
y, junto a Jesús, renovamos nuestras prácticas
como Pastoral Caritativa de la Iglesia.
La realidad social en la que estamos inmersos es dinámica
y cambiante. Por ello mismo necesitamos siempre generar espacios
para discernir cuáles son los temas a priorizar en
nuestra tarea institucional. Cada tres años definimos
las Líneas de Acción que marcarán el
rumbo del siguiente trienio. Dichas Líneas surgen como
fruto del análisis y reflexión participativa
que, a la luz del Evangelio y con la mirada puesta en la realidad
de nuestros barrios y comunidades, realiza Cáritas
en todos sus niveles: parroquial, diocesano y nacional. A
este tiempo de discernimiento institucional que se extiende
durante aproximadamente un año, lo llamamos Caminata.
Las conclusiones a las que lleguemos serán la base
y el fundamento de las próximas Líneas de Acción
del trienio 2009-2011, y que serán proclamadas en el
Encuentro Nacional que tendrá lugar en mayo de 2009.
¿En qué consiste
la Caminata?
Ampliando un poco más lo
dicho, podemos definir la Caminata desde tres aspectos. En
primer lugar, es un proceso eclesial de movilización,
de participación, de reflexión y de celebración
que nos ayuda a crecer personal y comunitariamente. En segundo
lugar, es un recorrido institucional que realizamos desde
la ¨memoria¨ - que nos permite actualizar nuestra
acción de gracias al Señor por los dones recibidos
y por el camino transitado hasta ahora – pero descubriendo
también lo ¨nuevo¨, en un esfuerzo de discernimiento
de lo que el Espíritu está queriendo decirnos
a través de los escenarios y desafíos actuales
– verdaderos “signos de los tiempos” - y
generar entonces propuestas pastorales adecuadas y líneas
de acción comunes. Por último, la Caminata es
un “kairos”, es decir, un tiempo de gracia y de
salvación, un tiempo oportuno para volver a encontrarnos
con Cristo y redescubrir que su Reino “está entre
nosotros”. Es, indudablemente, un tiempo pastoral extraordinario
para dinamizar nuestra pastoral ordinaria, y una ocasión
privilegiada de renovación institucional.
Nos ponemos en marcha
Vivir la Caminata en Cáritas
es empaparnos mejor de la realidad que vivimos, y comprometernos
aún más con el dolor de los hermanos y hermanas
que padecen todo tipo de dolencias, pobreza y exclusión.
El Evangelio y la Enseñanza Social de la Iglesia serán
la luz preciosa para alimentar cotidianamente el sentido de
dicho compromiso y orientarlo siempre, desde el amor, hacia
la construcción de una sociedad más justa y
fraterna. La pedagogía de Jesús será
el modo irrenunciable de vivir y caminar junto a las comunidades
más pobres.
Confiando en
el don del Espíritu Santo, que acompaña nuestro
peregrinar como Iglesia servidora, los invito de corazón
a emprender juntos, cada uno desde su lugar, esta Caminata
de todos. Ese mismo Espíritu nos guiará para
que el Reino de Dios siga creciendo en nuestra realidad cotidiana.
La Cuaresma:
¡llamado de Dios a una permanente conversión!
|
Marzo de 2008
La alegría del reencuentro
a través de “Huellas de Esperanza” acontece
este año con la Cuaresma ya muy avanzada. ¿Cómo
estamos viviendo este tiempo de gracia y especial cercanía
con el Señor? Si no lo hemos hecho hasta ahora, estamos
todavía a tiempo de revisar nuestros pasos con humildad
y confianza para discernir qué llamado a la conversión
nos está haciendo Jesús en esta Pascua suya
que pronto celebraremos. Para el examen interior de nuestra
vida y misión en Cáritas puede ayudarnos reflexionar
en los tres grandes llamados a la conversión que El
nos hace siempre: a) el más obvio, y frecuentemente
el que acapara más la atención de todos, es
el llamado a la conversión moral: dejar el pecado,
pedir perdón, retomar el camino del bien y la verdad;
b) está también el llamado a la conversión
pastoral: nuestro modo o estilo pastoral ¿es acorde
con el estilo de Jesús? ¿Qué actitudes
o prácticas hemos de corregir o simplemente abandonar
porque no brotan de su amor ni reflejan sus opciones? ¿conocemos
y asumimos los desafíos evangelizadores de hoy (Ecclesia
in America, Navega Mar Adentro, Aparecida, etc.)?; c) el tercer
llamado, y que fundamenta los dos anteriores, es a la conversión
teológica. Consiste en purificar la imagen distorsionada
de Dios que tal vez llevamos todavía dentro, liberándonos
de todo “dios inventado” o “imaginado”.
¿Como? Renovando por el Espíritu nuestra fe
en Jesús, el Hijo eterno del Padre, nacido de María,
y que con sus gestos y palabras humanas nos revela cómo
es en verdad Dios, en su misterio íntimo y en su plan
de salvación para con nosotros.
Ante la mirada amorosa
del Padre, todos somos igualmente valiosos
Este camino de conversión fecunda nos ayudará,
sin duda, a transformar nuestro corazón y a ver y comprender
mejor la realidad desde la mirada amorosa del Padre. Cercanos
al día Internacional de la Mujer, es importante recordar
que Dios, al crearnos varones y mujeres, nos creó a
su imagen y semejanza, igualmente amados y valorados por Él,
con la misma dignidad de hijos e hijas suyos. Factores sociales,
culturales, económicos y políticos, sin embargo,
inciden para que la realidad vital de muchas mujeres transcurra,
tristemente, por caminos muy diferentes a este proyecto de
Dios. Cotidianamente descubrimos situaciones dolorosas de
desigualdad, de discriminación, y hasta de violencia
y opresión. En Cáritas procuramos generar procesos
de mayor conciencia y sensibilización que favorezcan
y defiendan la dignidad de todas y de todos. Ello nos lleva
a abordar también el tema de género, pero no
desde cualquier perspectiva sino desde el mismo Evangelio
y, más precisamente, desde la bienaventuranza prometida
a quienes “tienen hambre y sed de justicia” (Mt
5,6). Esta hambre y sed de justicia evangélicas nos
ayudarán, no sólo a reconocer las dolorosas
injusticias que padecen tantas y tantas mujeres, sino también
a investigar cuáles son las causas que las provocan,
y a trabajar procurando revertirlas en pos de una más
sólida y necesaria equidad.
Que María,
modelo de mujer y de madre, ilumine nuestros pasos para favorecer
la construcción de una sociedad en la que todos podamos
crecer y vivir como hermanos y hermanas.
Tiempo de
renovar desafíos por una sociedad inclusiva y solidaria
| Diciembre de 2007
Esta época del año
nos invita especialmente a hacer un balance de lo vivido y
plantearnos nuevos desafíos. Para hacer aún
más fructífera nuestra reflexión, creo
que sería valioso que intentemos recuperar, no sólo
la vivencia personal o individual, sino también pensar
en nuestro compromiso por el bien común, es decir,
el bien de todos.
En lo personal,
este año me conmovió profundamente conocer de
cerca las condiciones de pobreza extrema y marginación
de nuestros hermanos y hermanas haitianas, donde compartí
junto a miembros de todas las Cáritas del continente,
el III Encuentro Continental de Pastoral Social-Cáritas
y XVI Congreso Latinoamericano y del Caribe de Cáritas.
En ese espacio, además, el Señor me llamó
a cumplir una nueva misión en su Iglesia, como presidente
de Cáritas Región América Latina y el
Caribe. Una misión que asumí con alegría
y con el deseo ferviente de aportar, en comunión con
ustedes, a la integración y a la unidad de la Región.
Indudablemente,
a quienes tuvimos la gracia de palpar una realidad tan dolorosa
e injusta nos invadió el estupor y la impotencia pero,
a la luz de nuestra misión, también nos sentimos
interpelados a redoblar nuestros esfuerzos para fortalecer
acciones que favorezcan que todos y todas podamos alcanzar
una vida digna. En ese sentido, la Colecta Anual también
fue una interpelación e invitación para reflexionar
sobre la realidad de pobreza y exclusión que todavía
persiste en nuestro país, ante la evidencia de saber
que el crecimiento todavía no es para todos, porque
muchos hermanos aún no pueden acceder a la educación,
a la salud, al trabajo, a la vivienda y, especialmente, a
la posibilidad de desplegar las propias potencialidades.
Por eso, el lema
"Si JUNTOS nos comprometemos, crecemos todos", nos
propuso revertir progresivamente esta situación, convencidos
que tenemos que acercarnos al dolor del hermano, haciéndonos
prójimos, potenciando nuestra solidaridad hasta convertirla
en una verdadera virtud social.
Desde esta convicción,
que impulsa cada una de las acciones que llevamos adelante
en Cáritas, nos planteamos el desafío de aportar,
cimentados en una profunda fe en Jesús que convierte
a "los otros" en hermanos y hermanas, formas comunitarias
de pensar y de vivir que nos hagan perder el individualismo
y nos permitan, gozosamente, hacernos cargo responsablemente
de los demás. Y en este desafío cotidiano, quiero
resaltar y agradecer el esfuerzo silencioso y permanente de
los voluntarios de Cáritas, quienes a lo largo y ancho
del país, siguen tejiendo con sus manos incansables,
un testimonio encarnado, una red de amor que fortalece vínculos,
que hace visible el amor preferencial de Jesús por
los pequeños y sencillos. Hoy son más de treinta
y dos mil los voluntarios de Cáritas, hombres y mujeres,
jóvenes y adultos que ofrecen su tiempo y talentos
personales por el bien común, por el desarrollo y el
crecimiento de las comunidades más postergadas. Aprovechando
la reciente celebración del Día Internacional
del Voluntariado el pasado 5 de diciembre, los bendigo, aliento
y animo a seguir trazando huellas de esperanza en el apasionante
desafío por construir una sociedad con oportunidades
para todos.
Que el Niño
Jesús transforme y fortalezca nuestros corazones para
que juntos transitemos caminos de fraternidad, solidaridad
y liberación. ¡Muy feliz y fructífera
Navidad para todos!
Cáritas:
amor transformador y vivencia del profetismo eclesial
|
Noviembre de 2007
Días
atrás, tuvimos la oportunidad de ejercitar nuestra
participación política y ciudadana a través
del voto en una nueva elección democrática.
Creo que todos hubiéramos deseado que los candidatos
presentaran sus propuestas con mayor claridad. Prácticamente
no hubo en el país discusiones de fondo acerca de ideas
y rumbos a seguir. Por ello mismo, estimo que no debe haber
sido fácil encontrar criterios objetivos que nos ayudaran
a discernir a quién votar. Quiero expresar, al menos
como esperanza, el deseo de que en los próximos años
siga creciendo la conciencia y responsabilidad ciudadana de
todos y todas, de modo que no sólo podamos mejorar
el necesario diálogo y análisis político
de las diversas líneas y partidos, sino también
que puedan surgir más vocaciones para la política
y, por tanto, para el servicio desinteresado por el bien común.
Recemos para que ello suceda. Y, además, no dejemos
de orar por las nuevas autoridades elegidas en los distintos
niveles de la vida nacional, provincial y municipal, pidiéndole
a Dios que les ayude a ejercer fielmente el mandato que se
les ha confiado, rechazando toda corrupción y esforzándose
por afianzar una mayor justicia y equidad.
Nosotros mismos,
desde nuestra misión en Cáritas, queremos seguir
aportando lo propio, en esta nueva etapa institucional de
la Patria, para construir un mundo más justo y solidario.
¿Cómo? Volvemos siempre a lo mismo pero nunca
está de más insistir: renovando nuestro empeño
y fidelidad por vivir apasionadamente el mandamiento del amor
fraterno.
Este amor, lo
sabemos bien, tiene muchas dimensiones y formas de expresarse,
pero todas beben en la misma fuente: el Amor de Dios por todos
y todas, especialmente los más pequeños. De
a ratos, por tanto, será un amor que no deja de atender
las necesidades más urgentes de quienes, por diversos
motivos, siguen sin tener acceso a lo más elemental
de la vida: el alimento, el vestido, el cobijo, los medicamentos.
Pero, sobre todo, buscará ser cada vez más un
amor transformador, comprometido y valiente que, sin desanimarse
ni medir esfuerzos, persevera en la lucha contra las causas
que provocan tanta deshumanización y pobreza y que
estrecha, para ello, lazos de unión con todos los hombres
y mujeres de buena voluntad que sueñan también
con un mundo de mayor justicia y fraternidad. Hacer visible
este amor en obras concretas, nos desafía cotidianamente
a impulsar aquellas iniciativas que favorezcan la promoción
humana de las comunidades más postergadas, colocando
el acento en su fortalecimiento personal, familiar y comunitario.
Seguir aportando
lo propio significa también asumir con humildad y coraje
nuestro profetismo eclesial. ¿En qué consiste?
El Espíritu Santo que nos habita como Iglesia de Jesús,
nos impulsa al permanente anuncio de la novedad de la vida
en Cristo, novedad que no se limita a la sola interioridad
del hombre sino que abarca toda la realidad humana y social.
Anuncio con la palabra acerca del sentido del mundo. Anuncio
con el testimonio que manifiesta la presencia transformadora
de Dios. Anuncio comunitario a favor de la vida en todos sus
momentos y circunstancias. Anuncio que sana, reconcilia y
hermana. Pero que también denuncia todo cuanto hiere
la dignidad de los hermanos y que, por tanto, atenta contra
el proyecto amoroso de Dios.
Desde el amor
transformador que anuncia y denuncia es que seguiremos aportando
lo propio de Cáritas en el hoy de nuestra historia
eclesial y social.
El
compromiso social y político, aspecto integrante de
nuestra vida cristiana |
Octubre de 2007
Como cristianos, estamos llamados
a vivir nuestro compromiso de fe desde un seguimiento concreto
a las enseñanzas de Jesús. Este seguimiento,
huelga decirlo, no es algo meramente individual, tampoco intimista.
Mucho menos desconectado del tiempo y lugar en que vivimos.
Vivir en Cristo, siendo sus discípulos, implica que
el Evangelio llegue a ser regla de pensamiento y acción
para toda la actividad humana. Y así, al mismo tiempo
que la fe y la gracia cambian nuestra mirada interior sobre
toda la realidad, crece nuestra disconformidad con todo lo
que se opone al proyecto de Dios en la convivencia humana
y descubrimos que somos corresponsables en la construcción
de un mundo más justo, más solidario y más
fraterno.
Nadie puede nacer, crecer o vivir aislado de los demás.
Estamos inmersos en la sociedad, como hombres y como cristianos.
Aunque sin ser del "mundo", entendiendo con esa
expresión todo lo que conlleva de pecado, violencia,
injusticia y enemistades, vivimos en el mundo, creado, amado
y redimido por Dios: "tanto amó Dios al mundo
que le envió a su Hijo unigénito...". Es
esa "Caritas"- Amor, que de El recibimos, la que
nos impulsa a trabajar incansablemente, desde nuestra vocación
y situación particular, para que, por encima de intereses
particulares y sectoriales, privilegiemos siempre y se afiance
cada vez más el bien de todos. En la entraña
de nuestra vida cristiana está, por tanto, y no como
gesto especial de supererogación, sino como camino
ordinario de fe, esperanza y amor, la necesidad de crecer
en un verdadero compromiso social y político.
Y puesto
que este compromiso no madura de la noche a la mañana,
necesitamos reflexionar acerca de cómo ir alimentándolo.
Mi hermano Obispo, Carmelo Giaquinta, suele decir que nos
ayudaría al respecto agregar la dimensión "social"
a lo que nos ocupa y preocupa cotidianamente. Intentémoslo
con algunos ejemplos. Cuidamos y valoramos la amistad... ¿qué
hacemos por fortalecer la amistad social? Necesitamos la paz...
¿construimos la paz social? Nos duelen y rebelan las
injusticias... ¿nos golpean igual las injusticias sociales?
En toda situación que nos atañe anhelamos participar...
¿cómo promovemos la participación social?
No permitiríamos que nos coharten la libertad... ¿defendemos
con ahínco la libertad social?
Respecto del compromiso político, algunos descubrirán
un llamado a empeñarse en un partido político
en orden a la lícita obtención del poder público
para ejercer desde él una transformación de
la realidad. Pero, más allá de estas vocaciones
particulares, todos hemos de empeñarnos siempre por
la consecución del bien común, interesándonos
por lo que es de todos, por lo que hace a la felicidad, a
la dignidad, a la vida plena de cada uno. El talante "político",
tesón por el bien común, se puede y se debe
ir amasando desde niños ya en la propia familia, en
la escuela, en el barrio, en el potrero al que vamos a jugar...
y así marcará nuestro actuar de adultos en el
club, en el tren en que viajamos, en la sociedad de fomento,
en la cooperativa, en las acciones pastorales, dentro de la
misma comunidad eclesial, etc.
Destaco,
además, que, aún cuando el ahondar desde la
fe nuestra actitud social y política es la base de
un sano y perseverante compromiso, necesitamos también
capacitarnos para poder incidir eficazmente en el devenir
de la sociedad. Sabemos bien que la buena voluntad no alcanza.
Esto supone un esfuerzo de estudio, análisis, comprensión
de la realidad. Nuestra formación cívica es,
en general, muy limitada. Frente a determinadas situaciones
que superan el ámbito de lo personal y familiar, no
sabemos bien cómo obrar porque desconocemos cuáles
son nuestros derechos y los caminos para lograr su satisfacción,
o cuáles son nuestros deberes y el cumplimiento que
hemos de asumir.
Como
Cáritas creemos necesario acompañar nuestras
acciones con una profunda formación en ciudadanía,
que fortalezca el protagonismo de cada uno, en especial de
los hermanos y hermanas más desprotegidos. La formación
para el ejercicio de los deberes y derechos ciudadanos son
también una forma de promover esa inclusión
social que anhelamos y que renueva nuestro compromiso generoso
por un país mejor.
La Educación,
camino fundamental de promoción e inclusión
|
Septiembre de 2007
En septiembre conmemoramos
diversas fechas relacionadas con el tema educativo: el 8,
el día internacional de la alfabetización; el
11, el día del maestro; el 21, el día del estudiante.
Quiero, por eso, invitarlos a reflexionar juntos acerca de
la educación como camino fundamental para la promoción
integral de la persona y, por tanto, para alcanzar la inclusión
social de todos y de todas.
Habitualmente se identifica "educación" con
la escuela y, por tanto, con maestros, presupuestos, leyes
de educación, conflictos gremiales, federalismo, etc.
Sin desconocer estos aspectos, recordemos que "educar"
es desarrollar todas las potencialidades que un hombre o una
mujer tienen en orden a alcanzar su plenitud como personas.
Este desarrollo supone la transmisión de valores y
conocimientos, verdadera transferencia de cultura entre las
distintas generaciones, que posibilita adquirir las competencias
básicas que se necesitan para desenvolverse en una
sociedad compleja e interdependiente. La primer educadora
es la familia. Pero también lo es la comunidad de fe.
Y, por supuesto, la escuela. Ningún niño, por
ningún motivo, debería quedar sin escolaridad.
Desde nuestra experiencia en Cáritas, conocemos de
cerca la realidad de muchos niños y jóvenes
que, por diversos motivos, pero muy especialmente a causa
de las carencias de todo tipo que provoca la pobreza (alimenticias,
afectivas, de salud, de estabilidad familiar y social) han
quedado excluidos del sistema formal escolar. A menudo, con
dolor e impotencia, somos testigos de cómo esta exclusión
va hipotecando irremediablemente su futuro. No sólo
tendrán menores posibilidades de acceso a un empleo.
También sus talentos y cualidades permanecerán
sin desarrollar, perderán su libertad más honda
dependiendo permanentemente de otros y quedarán con
limitadas posibilidades de ejercer sus derechos y de participar
como ciudadanos en la construcción del bien común.
Ante esta realidad, necesitamos renovar incansablemente nuestro
compromiso por la defensa y cuidado de la vida de todos, pero
muy especialmente de la que está más amenazada.
No acceder a la educación, tanto en el sentido amplio
de desarrollo de las propias potencialidades, como en el sentido
común y elemental de escolaridad, es una amenaza tan
grande en la vida de los niños y jóvenes que
todo cuanto hagamos por superarla será, para ellos
y ellas verdadera bendición de Dios y, para nosotros,
verificación constante de la autenticidad de nuestro
amor fraterno.
Y nunca nos olvidemos que aunque no nos dediquemos estrictamente
a la docencia, la educación es un tema, es más,
una acción que nos involucra a todos. Pidámosle
a Jesús, el Maestro, que nos ayude e inspire con su
pedagogía de apertura, diálogo, valoración
y aprecio del hermano, para que cualesquiera sean las acciones
que emprendamos en Cáritas, sean, por el modo en que
las hagamos, verdaderas acciones educativas. Que cada palabra,
cada gesto, a través del maravilloso acontecimiento
pedagógico que brota del amor, sean palabras y gestos
"co-creadores" con Dios de personas nuevas, para
que el mundo sea nuevo. Fortaleciendo así la dignidad
de cada persona, para que el andar por la vida se transforme
en confiado seguimiento del que es Camino, Verdad y Vida.
Antes de finalizar, quiero agradecer especialmente la enorme
solidaridad expresada a partir del terremoto que afectó
a nuestros hermanos y hermanas de Perú y que es necesario
que sigamos sosteniendo en el tiempo, desde un compromiso
concreto hacia quienes más sufren. Los invito a rezar
por todas las víctimas del terremoto en Perú
y del paso del huracán Dean, pidiendo a nuestra Madre
de Guadalupe, que los cobije y fortalezca, en medio de situaciones
de tanto dolor.
Que
nuestra solidaridad llegue a ser auténtica virtud moral
| Agosto
de 2007
Hace ya algunos
años que, en nuestro país celebramos, el 26
de agosto, el Día de la Solidaridad. ¿Por qué
esa fecha? Es importante señalarlo: porque fue justamente
un 26 de agosto el día que nació la Madre Teresa
de Calcuta quien, más allá de su fe y consagración
particular a Dios, es reconocida por todos como modelo indiscutible
de servicio y amor solidario al prójimo. Recoger su
testimonio nos interpela siempre. De ella aprendemos que "para
que el amor sea verdadero, nos debe costar; nos debe doler,
nos debe vaciar de nosotros mismos".
En Cáritas no queremos que este día pase como
un día más. Pues queremos vivir el amor, asumimos
el camino de la solidaridad como un modo bien concreto de
hacer carne en nosotros esa responsabilidad amorosa por los
demás a la que Jesús nos invita siempre. Es
verdad que la fe, como a la Madre Teresa, nos regala una mirada
tal sobre los "otros" que nos permite reconocer
en cada pobre y enfermo, en cada herido al borde del camino,
a un hermano o hermana en Cristo Jesús. Pero también
es verdad que esa fe asume y plenifica el hecho bien humano
de sabernos todos y todas "entreverados" en la misma
humanidad. Y por lo tanto, corresponsables en construir un
modelo de convivencia que, cimentado en el profundo respeto
y compromiso por la vida de cada uno, incluya a todos.
Por partida doble, entonces, por la fe que nos anima y por
pertenecer a la misma y única humanidad, la sufriente
realidad de muchísimos hermanos nos interpela y compromete
cada vez más a ser testimonio de una solidaridad concreta.
Una solidaridad que se expresará de maneras diversas.
A veces, asociándonos circunstancial e individualmente
con alguna ayuda particular a quienes les toca vivir situaciones
puntuales de padecimiento, tales como la enfermedad, el abandono
de la familia, o emergencias y desastres naturales. Otras,
organizando cuidadosa e institucionalmente los mejores canales
para que la generosidad de la comunidad llegue a quienes esperan
y necesitan su gesto fraterno de cercanía y aliento.
Pero el modo más hondo de la solidaridad lo alcanzaremos
cuando ella llegue a ser en cada uno de nosotros, tal como
decía Juan Pablo II en "Sollicitudo rei socialis",
una auténtica virtud moral: "la determinación
firme y perseverante de empeñarse por el bien común,
es decir, por el bien de todos y cada uno, para que todos
seamos verdaderamente responsables de todos". En este
sentido nos llevará a estudiar, analizar y denunciar
las causas que provocan tanta pobreza y exclusión,
y generar mayor conciencia social de lo que acontece en nuestra
realidad. Pero no solamente al modo de quien hace "causa"
con los pobres y excluidos sino en virtud de esa relación
personal, fraterna y solidaria, que ha de brotar siempre por
el simple hecho de ser miembros de la misma familia humana.
La virtud de la solidaridad nos fortalecerá, sobre
todo, en la capacidad de reconocer y valorar la dignidad compartida,
alentando ese "estar con" el otro, el prójimo,
el hermano, compartiendo el mismo destino y llegando a vivir
como propias sus dolencias y necesidades.
En el mundo de hoy, el individualismo es cada vez más
fuerte. Su tesis de fondo es que el individuo se puede realizar,
puede ser feliz (tener cosas, gozar de la vida…) sin
los demás. No sólo persigue una quimera sino
que es profundamente inhumano. Por eso es tan importante que
tomemos conciencia de que nuestra acción personal,
incluso la más humilde y discreta, en la medida en
que reafirma el modo fraternal y comunitario de convivencia,
es un aporte precioso al crecimiento de los vínculos
y solidaridad en toda la comunidad.
Que la Virgen María, que vivió, y vive hoy en
la bienaventuranza, con un corazón abierto al servicio
de los demás sea la luz que guíe e ilumine nuestro
caminar.
La
realidad del continente nos desafía a trabajar por
la unidad, la justicia y la equidad
|
Julio de 2007
A medida que transcurre
nuestra vida de fe y de misión como miembros de la
Iglesia, el Señor nos va revelando su voluntad y nos
sorprende, invitándonos a recorrer senderos nuevos,
a transitar caminos ciertamente impensados para nosotros.
Y espera que no nos detengamos en la respuesta a ese llamado,
que avancemos con la confianza de sabernos guiados y acompañados
por su infinita misericordia.
Una
vivencia que me conmovió profundamente en este último
tiempo, fue conocer de cerca la dura realidad del pueblo haitiano.
Un pueblo sumido en la marginación y en la pobreza
que, sin embargo, procura sobrevivir cada día, apoyándose
en su dignidad y en su esperanza. Agradezco al Señor
por haberme concedido esta gracia junto a hermanos de toda
la Región, en el marco del III Encuentro Continental
de Pastoral Social-Cáritas y XVI Congreso Latinoamericano
y del Caribe. Y fue en el marco de este encuentro que descubrí
que El me reservaba un nuevo desafío: suceder a mi
querido hermano Mons. Gregorio Rosa Chávez, obispo
auxiliar de San Salvador, en la presidencia de Cáritas
Región América Latina y el Caribe.
El primer pensamiento que me surgió ante esta nueva
misión fue responderle con un renovado Sí a
Él y a su Iglesia. La acepto desde la confianza en
Él, pero también desde el reconocerme como un
eslabón más en una extensa cadena de compromisos,
integrada por tantos hermanos y hermanas a lo largo y ancho
de nuestro continente.
Llego a este espacio con el corazón abierto y disponible,
con el deseo ferviente de trabajar por la integración,
la unidad y la comunión en la Región, aportando
también lo que pueda para ahondar en lo que significan
la identidad y la misión de Cáritas.
Por otra parte, siento que se trata de un tiempo de gracia
para toda Cáritas Argentina, más allá
de mi persona. Por eso, quiero invitarlos a transitar juntos
esta nueva etapa. Y les pido que se sumen por "partida
doble". En primer lugar, a través de la oración.
En segundo lugar, renovando ese sabernos parte integrante
de este maravilloso "continente de la esperanza",
para acrecentar nuestra sensibilidad interior, para fortalecer
nuestra solidaridad con otras situaciones de pobreza, similares
o mayores que las que afrontamos en nuestro país, y
que siguen condicionando el derecho a una vida digna de tantos
pueblos de la Región.
Creo profundamente que el Señor nos está invitando
a vivir de manera muy intensa y comprometida este tiempo,
extendiendo la mirada para ver más allá de nuestras
propias fronteras. Uno de nuestros objetivos comunes en Cáritas
es alcanzar una mayor equidad y, para lograrla, es necesario
reconocer, visualizar e indagar acerca de las causas que provocan
la pobreza y la exclusión. Esto nos lleva a abordar
un desafío permanente: observar los signos de los tiempos
desde una mirada evangélica, porque es a través
de esos signos que Dios nos va hablando y nos va reclamando
nuestra respuesta de discípulos.
Con la confianza puesta en Nuestra Señora de Guadalupe,
patrona de América, pidámosle que siga acompañando
nuestros pasos, para que junto a las demás Cáritas
de la Región sigamos trazando huellas, llevando la
Buena Noticia del Amor a todos los pueblos del continente.
Que
la vida digna de todos y para todos
sea nuestro compromiso |
Junio de 2007
Queridos
amigos y amigas, va un cariñoso saludo en el Espíritu
de Pentecostés, unido a la oración para que
el "Dulce huésped del alma" renueve en todos
la alegría de ser discípulos de Jesús,
y nos fortalezca en el testimonio de su Evangelio de verdad
y de amor. En este mes de junio, con motivo de nuestra Colecta
Anual, salimos al encuentro de toda la sociedad con un mensaje
que es fruto de una serena reflexión institucional,
a partir de la realidad que vivimos.
Gracias a Dios, los pasos dados en nuestro país en
estos últimos años han sido de una progresiva
recuperación que se manifiesta, de manera especial,
en la mejoría económica general. Hoy parece
lejano el drama y virulencia de la crisis vivida a fines de
2001. Sin embargo, necesitamos preguntarnos todos: la recuperación
económica en la Argentina, ¿ha significado un
crecimiento de todos y para todos? Sin pretender criticar
a nadie, con mucha honestidad tenemos que responder que no.
Porque en nuestra realidad de país es aún enorme
la población que día a día sigue luchando
por su supervivencia. En consecuencia, es importante que no
nos instalemos en la complacencia de una mejoría general.
Alegrémonos por ella, por supuesto, pero que sea trampolín
para seguir luchando por una mayor justicia y equidad.
"Si JUNTOS nos comprometemos", podremos revertir
progresivamente esta situación, porque entendemos que
un verdadero desarrollo significa crecimiento y vida digna
para todos, con acceso a la educación, a la salud,
a la vivienda, al transporte, al trabajo. A la posibilidad,
sobre todo, de desplegar las propias potencialidades, que
hacen que una persona o una familia pueda ser protagonista
y artífice de su propio destino. Y este crecimiento
no se logra únicamente desde la economía; supone
un mayor compromiso de todos y todas: estado y sociedad civil,
varones y mujeres, docentes y alumnos, esposos y esposas,
padres e hijos, empresarios y obreros.
Por la experiencia acumulada en estos 50 años acompañando
a las comunidades más pobres, en Cáritas sabemos
muy bien que, en la medida en que uno abre su mente y corazón
para ver y comprender situaciones de tanta desventaja para
encarar la vida, uno se vuelve más generoso en todo
sentido.
La Colecta de Cáritas es una ocasión propicia
para generar mayor conciencia social y fraterna y, al mismo
tiempo, para asumir un mayor compromiso. Ambos, conciencia
y compromiso, son necesarios. Porque una conciencia que sólo
toma conocimiento del drama de tantos hermanos y hermanas
y no desemboca en el compromiso personal, sería como
una rueda que gira en el aire: al no "morder tierra",
no avanza. El Espíritu de Pentecostés, Espíritu
de sabiduría y consejo, nos alienta, en cambio, a descubrir
cuál ha de ser nuestro aporte para construir una sociedad
con mayor equidad y justicia desde la fuerza transformadora
del amor. Y así nuestro lema será realidad:
"Si JUNTOS nos comprometemos, crecemos TODOS".
Una
vida digna supone mucho más que sobrevivir
| Mayo de 2007
Quiero
aprovechar esta oportunidad de encuentro para saludar de manera
especial en este mes a los trabajadores y trabajadoras de
nuestro país. Particularmente, deseo expresar mi solidaridad
con aquellos hombres y mujeres de nuestros barrios que, aún
padeciendo situaciones de pobreza y exclusión, se esfuerzan
día a día en la búsqueda de oportunidades
que les posibiliten el acceso a una vida digna. Muchos de
ellos, son jóvenes y adultos que, a pesar de sus saberes,
oficios y ganas de salir adelante, a menudo les queda, únicamente,
la ardua y fortuita posibilidad de encontrar una changa, obtener
un trabajo temporario o acceder a un plan social o a un subsidio.
Esta realidad me lleva a pensar que en algunos sectores de
nuestra sociedad aún nos falta tomar conciencia sobre
lo que significa la dignidad de las personas. A veces, pareciera
que con tener esa "changuita" o un plan asistencial,
y alimentarse en un comedor comunitario alcanza para dejar
de ser excluido o excluida. Pero sabemos que la posibilidad
real de desarrollo de estos hermanos y hermanas nuestras sigue
siendo lejana. Creo que nos falta mucho por andar, y mirando
hacia adelante, siento que es deber y derecho de cada uno
el asumir una práctica responsable de nuestra ciudadanía,
para que el proyecto de erradicar la pobreza y posibilitar
la vida digna y el crecimiento de todos, no sea solamente
un buen propósito sino un camino posible, verdadero
y sustentable.
Por otra parte, pienso también en el momento histórico
que atravesamos como país, y me preocupa cómo
esta realidad de pobreza y falta de oportunidades convive
junto al mejoramiento de los índices macroeconómicos.
Veo que la brecha entre quienes tienen en abundancia y quienes
carecen de lo necesario sigue siendo muy grande, y me pregunto
cómo se están distribuyendo las riquezas en
el país.
Es por eso, amigos y amigas, que los invito en este mes de
mayo, tiempo de historia y compromiso en el que también
celebramos el surgimiento de nuestra Nación, a aprovechar
la posibilidad que la democracia sabiamente nos ofrece para
reflexionar juntos sobre la marcha de nuestras acciones y
preguntarnos nuevamente qué sociedad queremos ser.
Desde Cáritas, y como Iglesia, asumimos esta tarea,
creyendo en la ayuda de Dios, en el compromiso perseverante
de todos y de cada uno y, de manera especial, en el protagonismo
de los mismos pobres en los espacios de participación
y decisión, ya que el ejercicio de la ciudadanía
es también un sinónimo de inclusión social.
Para finalizar, quiero junto con ustedes, pedirle al Padre
que en este tiempo en el que celebramos la V Conferencia del
Episcopado Latinoamericano que tiene lugar en Aparecida, Brasil,
nos ilumine con su Espíritu, para que como Iglesia
que camina en América, nos sintamos llamados a ser
signo del Amor preferencial de Dios por los pobres en la vida
de nuestras comunidades.
Vivamos
como testigos de Jesús Resucitado
|
Abril de 2007
Aleluya! Jesucristo
ha resucitado! Feliz Pascua de Resurrección para todos
y todas! Con este saludo fraterno, lleno de renovada esperanza,
quiero compartir con ustedes y con todas las Cáritas
de Argentina la alegría profunda de estar celebrando,
en Cristo y por Cristo Resucitado, el triunfo del amor y de
la vida. Esta certeza de nuestra fe, que supera todo lo que
humanamente podríamos esperar, es y será siempre
el fundamento que sostiene nuestra vida cristiana y la construcción
de su Reino de paz, de justicia y de amor.
Adentrarnos
en el misterio Pascual de Jesús es, además,
el único camino para no desanimarnos ni rendirnos frente
a tantas situaciones difíciles y dolorosas que nos
atraviesan el corazón y que suelen generar un pesado
sentimiento de impotencia. Situaciones "pequeñas"
de desencuentros y peleas, incomprensiones y rencores en el
ámbito personal y familiar. Situaciones "enormes"
de marginación y pobreza, injusticia y emergencias
en el ámbito comunitario y social. ¡Cuántas
veces brota en nuestro interior ese grito punzante de la impotencia
transformada en pregunta: "¿qué puedo hacer?"!.
Cuántas otras quedamos sumergidos en un silencio profundo
ante la realidad que nos supera.
Pocos
días atrás viví intensamente ambos: pregunta
y silencio. Con motivo del III Encuentro Continental de Pastoral
Social-Cáritas y XVI Congreso Latinoamericano y del
Caribe de Cáritas, junto a miembros de todas las Cáritas
de América, pude entrever parte de la realidad que
vive el pueblo de Haití, el país más
pobre del continente. Cruzar la frontera desde República
Dominicana, atravesar la ciudad de Puerto Príncipe
y recorrer los 180 kms. hasta Les Cayes, donde se realizó
el Encuentro, me provocó una tremenda conmoción
interior. ¿Cómo encontrar el camino que procure
una vida digna a tantos, ¡tantos hermanos y hermanas!
que, al borde de caminos destrozados, entre montañas
de basura acumulada por las lluvias, sin agua corriente, ni
cloacas, ni alumbrado público, con mercaditos improvisados
de compraventa o trueque de productos elementales del campo,
viajando como ganado en la caja de camionetas o en camiones,
teniendo como principal recurso para sobrevivir la propia
salud y fortaleza física, van peleando cada día
contra la marginación y pobreza?
Sin
ir tan lejos, el drama de las inundaciones en varias provincias
obligó nuevamente en nuestro país a miles de
familias a tener que dejar sus casas. ¿Podría
haberse evitado perder en horas el fruto de tantos años
de sacrificios y trabajos? ¿Cómo recomponer,
además de la casa, el ánimo golpeado?
Si
el odio y la injusticia hubieran sellado para siempre la tumba
de Jesús el Viernes Santo, nuestro destino fatal no
sería otro que acostumbrarnos a vivir en la impotencia
del crucificado... en la pregunta del "¿por qué
nos has abandonado?"... en el silencio de la muerte...
Pero algo inaudito aconteció! Ese silencio paralizante
y mortal fue roto definitivamente por la respuesta del amor
poderoso del Padre: JESUS RESUCITÓ! Y con El también
nosotros!. Y por la acción del Espíritu que
nos apropia la Pascua del Maestro, somos transformados de
tal manera que nuestra nueva vida en Cristo es vocación
y misión a ser hoy palabra profética de fraternidad,
servicio y amor.
Y aunque
nos sigan acechando sentimientos de impotencia, o preguntas
sin fáciles respuestas, o silencios de perplejidad
ante situaciones que nos superan, la Pascua que celebramos
nos regala certezas más hondas que confirman para siempre
el sentido y fecundidad de nuestro compromiso cotidiano en
Cáritas: Dios desacreditó la violencia, el pecado
y la muerte y acreditó a Jesús como Camino de
amor que nos hermana, Verdad que libera de toda opresión
y Vida abundante que dignifica a todos y todas. Con el Resucitado
podremos encontrar caminos nuevos que expresen la entrañable
y generosa fraternidad con los pobres y entre los pueblos
del continente y del mundo.
¡Cuaresma!
Ahondemos con nuestros pasos las huellas de esperanza que
Jesús inició para todos
|
Marzo de 2007
Es una gran alegría
para mí reencontrarnos a través de nuestro boletín
Huellas de Esperanza. En este nuevo año que ya hemos
comenzado, estoy cierto que Dios nos irá llevando por
caminos ya conocidos y transitados y, al mismo tiempo, por
nuevos desafíos para seguir creciendo como personas,
discípulos de Jesús, hermanos y hermanas de
todos, especialmente de los más pobres. Cuando estas
líneas les lleguen, estaremos viviendo una nueva Cuaresma.
Tiempo ya conocido de preparación a la Pascua, pero
siempre tiempo nuevo y privilegiado de conversión.
Como cristianos, de alguna manera "detenemos" un
poco la marcha. Jamás para instalarnos. Todo lo contrario.
Para dejarnos "cuestionar" por el amor de Jesús
que nos vuelve a invitar a creer en El, a refundar en su Evangelio
nuestro camino y esperanza, a dar testimonio cotidiano del
amor con nuestros gestos, palabras, opciones y compromiso
con y por los demás. Es tiempo para dar muerte al hombre
viejo y renacer con Cristo en su Pascua a la alegría
de la vida nueva y plena que sólo en El encontramos.
Seguir
los pasos de Jesús
Desde nuestra misión en Cáritas, el llamado
a abrir el corazón supone afinar el oído interior
para volver a escuchar en el hoy de nuestra historia su invitación
a seguirlo, ahondando con nuestros pasos esas "huellas
de esperanza", fecundas y transformadoras, que El mismo
abrió de una vez y para siempre para todos los hombres.
Porque Jesús vino a sanar las heridas, a contener a
los corazones afligidos, a denunciar todo aquello que daña
la vida, en cualquiera de sus formas. Vino a dignificar a
cada persona, a defender a los más pequeños,
a los más pobres, a quienes no se pueden valer por
sí mismos. Vino para desarticular esas enemistades
y divisiones que nacen del pecado humano y que nunca son queridas
por Dios. Como dice San Pablo, "vino a hacer de todos
una sola familia, un solo pueblo", reconciliándonos
en el amor. Vino, sobre todo, para que todos podamos experimentar
que somos incondicionalmente amados por El.
"Nobleza
obliga... amor con amor se paga", decía Santa
Teresa. Por eso es que nuestra labor en Cáritas no
es otra que continuar y hacer presente con la palabra y el
testimonio el Reino que Jesús comenzó. Todo
lo nuestro ha de entrar en esa construcción. El camino
recorrido y el que falta recorrer. Nuestro modo de relacionarnos
con los demás, sumando experiencias, aprendizajes,
éxitos... y también fracasos. La creciente toma
de conciencia de nuestros propios límites y debilidades,
talentos y carismas. Incluso la enorme diversidad que constatamos
entre nosotros, lejos de ser obstáculo es riqueza que
ha de aportar, en el mismo palpitar de la fe, al afianzamiento
de la unidad plural y variada de todo el género humano.
A modo
de ayuda para transitar esta Cuaresma les propongo reflexionar
humilde y sinceramente en torno a esas preguntas fundamentales
que no siempre nos hacemos: ¿Quién soy? ¿Qué
estoy generando, creando con mi propia vida? ¿Por qué
vivo de esta manera y no de otra? ¿Quién cuenta
conmigo? Respondernos estos interrogantes, de la mano de Jesús,
nos ayudará a reencontrar con mayor hondura el rumbo
de nuestra existencia y a recibir con apertura de corazón
los nuevos desafíos e invitaciones que el Señor
nos haga.
Van
mis mejores deseos y el compromiso de mi oración para
que vivamos todos una fecunda y santa Cuaresma.
Navidad:
"desmesura" del amor de Dios que derriba los límites
de nuestro "mesurado" amor |
Diciembre de 2006
Adentrándonos en
el tiempo de Adviento, distintos signos y gestos van adornando
nuestras casas, comunidades y barrios, anunciando la gran
celebración del nacimiento del Hijo de Dios. Es como
si poco a poco nos fuéramos acercando a Belén.
Y junto a los demás peregrinos que acuden también
a contemplar a Dios hecho Niño, nos disponemos a dejarnos
sorprender nuevamente por la inmensidad de su amor que supera
toda comprensión humana.
Este
extremo de entrega y de cercanía de Dios con respecto
a la humanidad nos enseña el rumbo y contenido del
verdadero amor: aprender a ponernos en el lugar del otro para
emprender juntos caminos de liberación, crecimiento
y fraternidad. Cuando este aprendizaje se va afianzando en
cada uno de nosotros... todo cambia! Cualquiera que esté
a nuestro lado puede ser inmediatamente visto, valorado y
tratado como hermano o hermana. Y al asumir su realidad como
parte de mi realidad, se afianzan y renuevan también
los vínculos sociales.
Por
todo esto, la Navidad nos hace siempre tanto bien porque al
beber en la "desmesura" del amor de Dios podemos
superar la "mesura" en que solemos achicar nuestro
propio amor. No se trata sólo de dar "algo"
de nuestro tiempo o de nuestros bienes. En realidad en el
niño de Belén descubrimos que se trata de "algo"
mucho más hondo, que no anula la generosidad del compartir
sino que la lleva a su hondura más plena: se trata,
sobre todo, de darnos a nosotros mismos.
Proyectar
un futuro para todos
En este tiempo muchos de
nosotros intentamos hacer un balance de lo vivido en el año
que termina. E incluso comenzamos a hacer propósitos
para el nuevo año que comienza. En este proceso de
recuperar la vida y de fijarnos nuevas metas procuremos también
abarcar proyectos que nos involucren a todos como sociedad,
aunque parezca utópico o demasiado grande. Sobre todo
que en nuestro horizonte personal esté seguir trabajando
siempre por el acceso de todos a una vida digna, a oportunidades
de desarrollo, a la participación ciudadana plena.
Y que
al expresarnos mutuamente los buenos deseos, podamos expresar
también con ellos nuestra voluntad y compromiso de
construir una sociedad mejor, con honestidad y con el esfuerzo
cotidiano de cada uno. En este sentido, quisiera agradecer
de modo especial la tarea silenciosa de miles de personas,
entre ellas muchos voluntarios que perseverantemente testimonian
su compromiso con el prójimo a través de distintos
proyectos de promoción humana y ciudadanía.
Cada uno de ellos, sus familias y comunidades, van sembrando
una esperanza que supera cualquier desaliento, porque saben
que, como el grano de mostaza del Evangelio, la fuerza del
Reino de Dios supera siempre nuestras limitadas posibilidades.
Muy Feliz y Santa Navidad para todos.
Cáritas
y ciudadanía van también de la mano
| Noviembre de 2006
Muchas
veces, al compartir con amigos o en familia la interpretación
y vivencia que cada uno tiene de la coyuntura actual en sus
dimensiones políticas, sociales, económicas
y culturales, solemos identificar algunos aspectos que nos
alientan pero también otros que nos dejan muy disconformes
y que consideramos urgente y necesario cambiar. En ambos casos,
cuando damos el paso siguiente que consiste en señalar
quién o quiénes son los responsables de la realidad
compleja que estamos viviendo, nos asalta la tentación
de pensar que dicha responsabilidad recae solamente, sea como
culpa o como mérito, en los gobernantes de turno o
en los diversos dirigentes de la sociedad (empresarios, sindicalistas,
etc.). No nos equivocaríamos del todo si pensáramos
así. Pues es verdad que quien ejerce un poder, cualquiera
sea, sólo queda justificado cuando lo hace en la verdad
y en la justicia. Y que su responsabilidad es mucho mayor
cuando el poder que ejerce le ha sido delegado democráticamente
en vistas al bien común de toda la sociedad.
Dicho
esto, y que quede subrayado, quiero expresar ahora que a cada
uno y a cada una de nosotros nos cabe también una responsabilidad
no pequeña en cuanto ciudadanos en la construcción
de una patria de hermanos. Todos estamos inmersos en la comunidad
social y, por tanto, estamos llamados a trabajar incansablemente,
desde nuestra propia situación y vocación, para
que prime siempre en nuestro pueblo, por encima de intereses
particulares y sectoriales, el bien común de todos
(valga la redundancia). Esto implica asumir en nuestra vida
personal, y sé que muchas veces es bien difícil,
los principios, convicciones y valores que surgen del Evangelio
y que dan su fundamento y solidez a la Enseñanza Social
de la Iglesia. Y, desde ellos, procurar sanar las instituciones
y estructuras para que reflejen y promuevan una convivencia
social inclusiva, justa, solidaria y fraterna. Hemos de brindar
entonces, con nuestro modo de hablar y obrar, un indelegable
aporte al diálogo democrático, la cultura del
trabajo, el cumplimiento de los deberes ciudadanos, el cuidado
ecológico, la defensa de la justicia y la educación
para la paz.
Una
ciudadanía vivida con madurez nunca nos instala en
la queja sino que nos lleva a participar activamente en la
sociedad, promoviendo condiciones de vida digna para que todas
las personas dispongan realmente de sus derechos y puedan
asumir también sus obligaciones. Esto incluye, de manera
especial, una decidida opción por los pobres. No sólo
para que su vida encuentre mayor cobijo y sustento, sino para
que todos puedan brindar su precioso aporte y protagonismo
en la edificación del destino común.
En
este sentido, desde Cáritas, descubrimos en nuestro
país diversas formas de pobreza. Está la de
quienes carecen de lo más básico y esencial
para el sustento de su vida. Está la de quienes no
tienen oportunidades para desarrollar, haciéndolos
crecer, los talentos recibidos. Y está también,
muy relacionada con las dos anteriores, la de quienes se ven
excluídos en su participación ciudadana, porque
se ven imposibilitados de ejercer plenamente los propios derechos,
o porque su voz, sus necesidades, reclamos y propuestas no
son escuchados.
Por
eso, como Cáritas, creemos que nuestro amor activo
no puede limitarse a uno solo de dichos aspectos sino que
ha de abarcarlos todos. Consideramos entonces necesario acompañar
nuestras acciones con una profunda formación en ciudadanía,
que fortalezca el protagonismo de cada uno, en especial de
los hermanos y hermanas más desprotegidos. Desde esta
visión, entendemos que la formación y el ejercicio
ciudadano son también una forma de promover esa inclusión
social que anhelamos y que renueva nuestro compromiso generoso
por un país mejor.
Va
para el pueblo de Misiones un especial saludo y agradecimiento
por el testimonio y enseñanza de participación
ciudadana que nos han brindado a todos.
Compartir
el pan y la vida, nos fortalece integralmente
| Octubre de 2006
Cada vez que nos
sentamos a la mesa para compartir el alimento diario, podemos
nutrimos física pero también espiritualmente,
porque compartimos el pan y la vida, y eso nos ayuda a crecer
como personas. Sin embargo, un derecho tan básico y
fundamental como lo es la alimentación, aún
sigue marcando desigualdades en nuestra sociedad, afectando
de manera especial a los niños y a los ancianos más
pobres. Entre otras alternativas, desde Cáritas buscamos
dar respuesta a esta necesidad a través de los centros
comunitarios, nacidos en su mayoría como comedores
en el momento más agudo de la crisis social. Estos
Centros desarrollan distintos programas que hacen a una mirada
integral de la pobreza y, aunque incorporaron acciones educativas,
de capacitación en oficios y de organización
comunitaria, no es posible todavía abandonar por completo
la asistencia alimentaria. Como Cáritas, deseamos que
llegue el día en que cada familia pueda comer en su
casa con el fruto de su trabajo. Mientras tanto, silenciosamente,
se sostiene una red que permite que muchas personas reciban,
todos los días, lo básico para la vida. Este
compromiso cotidiano nos manifiesta la solidaridad que vive
el pobre con el pobre, y de la cual, sin duda, todos podemos
seguir aprendiendo. Especialmente, desde la sensibilidad que
asume el dolor del semejante y que abre el corazón
a la donación, más allá de los recursos
materiales con los que se cuente. Por eso, los voluntarios
que participan en estos Centros de Atención Integral,
no están allí solamente para dar de comer. Son
quienes escuchan lo que le pasa a cada uno, acercan la vianda
al que está enfermo, acompañan y animan cuando
el cansancio y las dificultades parecen superarlo todo.
El rostro
femenino de la solidaridad
Esta tarea solidaria, en
su mayoría, está protagonizada por mujeres.
Muchas de ellas son madres de familias numerosas y, en algunos
casos, abuelas que cuidan de sus nietos y de los hijos de
otros vecinos. Muy temprano llegan a los comedores de Cáritas,
con las donaciones recibidas y con lo que aportan desde sus
propias casas. La tarea es ardua, se cocina para una gran
cantidad de personas, y luego se limpia el lugar para recomenzar
al día siguiente. Algunas de ellas, al terminar su
acción como voluntarias, parten a sus trabajos o llegan
de ellos para preparar la merienda o la cena, según
el turno que tenga el comedor. Junto a esta sensibilidad,
convive una clara conciencia de la necesidad de cambiar la
situación actual. Por eso, en el encuentro con los
vecinos, se comparten problemáticas que llevan a que
la comunidad se reúna y se organice, con la convicción
de que juntos es posible transformar la realidad.
El
rol de la mujer en nuestras comunidades, y de manera especial
en los ámbitos más humildes, tiene una fuerza
tal que no sólo expresa la capacidad de cuidar la vida,
singular en la identidad femenina, sino que da cuenta también
de las vivencias de quienes se reconocen madres, ciudadanas,
protagonistas. Lejos de quedarse mirando su propia situación
familiar, estas mujeres construyen redes, gestionan recursos,
peticionan sobre sus derechos. El rostro femenino de la solidaridad
nos devuelve los gestos más tiernos de Dios y también
la firmeza de quienes no se dan por vencidas, porque saben
que la Vida siempre puede más.
La educación,
camino necesario para revertir la exclusión
| Septiembre
de 2006
En esta época del
año hay dos fechas que nos remiten de lleno al tema
educativo: el día del maestro y el día del estudiante.
Como nos pasa a muchos, recuerdo con mucha alegría
el tiempo escolar y llevo en el corazón una enorme
gratitud hacia los que fueron mis docentes. Desde este recuerdo
y considerando la realidad actual, la interpelación
es muy grande. Sabemos bien que no todos en nuestro país
tienen las mismas posibilidades educativas. Mientras para
algunos las variantes en colegios, modalidades y servicios
están enteramente disponibles, para otros llegar diariamente
hasta la escuela requiere un enorme esfuerzo, y en muchos
casos están prácticamente imposibilitados de
hacerlo. La gran desigualdad existente nos lleva a trabajar
en forma más comprometida por la educación para
todos. Pues, también lo sabemos bien, es a través
de la educación que se pueden desarrollar las potencialidades
que hay en el corazón humano y se comienza a proyectar
el futuro, tanto personal como social.
La educación
es un derecho de todos
Cada uno de los niños y jóvenes que hoy interrumpen
su proceso educativo significa una enorme deuda para el país
que estamos construyendo, porque una de las grandes posibilidades
de revertir la exclusión, tal vez la más importante,
es justamente la educación. Y llegados a este punto
me parece bueno que podamos descubrir que el tema no se agota
solamente con la posibilidad de ir o no a la escuela. Existe
un contexto que acompaña y que fortalece la trayectoria
educativa de cada persona. En primer lugar, la familia, y
en ella la oportunidad de compartir los bienes de la cultura,
los saberes propios, y la participación de cada uno
en la formación de los chicos. En este sentido, en
Cáritas descubrimos que, en la medida en que se estimula
a la familia como agente educativo, se concreta un mejor aprendizaje.
Por eso, en los centros de atención integral y en el
apoyo escolar, los padres tienen, y han de tener siempre,
una función irremplazable, tanto en el estímulo
y acompañamiento de sus hijos, como en la articulación
con las demás familias del barrio para mejorar entre
todos la educación.
En
este marco, señalemos también que es necesario
asegurar condiciones básicas para sostener el estudio.
¿Cuáles? Subrayemos las más importantes:
que las familias cuenten con trabajo, con una vivienda adecuada,
con la posibilidad de transporte hasta la escuela, con acceso
a útiles y libros. No es difícil entender, entonces,
que la educación no puede considerarse como un tema
aislado. Está íntimamente vinculada al del desarrollo
equitativo. En la medida en la que podamos redistribuir con
justicia los bienes materiales, también será
posible que todos tengamos acceso a los bienes culturales
y espirituales que hacen a nuestro patrimonio y crecimiento
como personas. En definitiva, todos somos agentes educativos.
Y si nos empeñamos en construir una sociedad más
justa, la inclusión por la que luchamos será,
poco a poco, no más una realidad "soñada"
sino una realidad vivida y compartida.
Trabajar
y dar empleo son responsabilidades personales y colectivas
| Agosto de 2006
En la mayoría de
nuestras comunidades, la festividad de San Cayetano nos congrega
a agradecer y a pedir a Dios por el trabajo. La numerosa presencia
de peregrinos en los santuarios a él dedicados, y su
propio testimonio, expresan la intensa fe del pueblo y también
una dura realidad laboral.
En
nuestro país, siguen siendo muchísimas las familias
que sufren a causa del desempleo o el subempleo, y la situación
ha llegado a tal punto que parece muy difícil de revertir.
Escasean los puestos de trabajo. La reconversión del
mercado laboral y las nuevas exigencias de capacitación
dejaron fuera del "sistema" a muchos adultos y sólo
los jóvenes que han logrado algún título
o formación específica pueden abrigar alguna
esperanza de alcanzar un empleo. Para tantos hermanos y hermanas
queda, únicamente, la ardua y fortuita posibilidad
de encontrar una changa, obtener un trabajo temporario o acceder
a un plan social o a un subsidio. En esta situación,
la brecha entre quienes acceden a los bienes necesarios y
quienes tienen que ingeniárselas para sobrevivir, se
hace cada vez más grande. El pobre sin trabajo se transforma
en excluido, y aunque se tengan las fuerzas y las ganas, y
en muchos casos también el saber y el oficio, es hoy
bien difícil conseguir empleo. Y si, dado el caso,
se consigue, no siempre las condiciones están de acuerdo
con la dignidad de quien trabaja.
Desde una convivencia social
más justa
Por eso es necesario que, como sociedad, no sólo estemos
atentos al drama de los altos índices de desempleo.
Es obvio que, en la medida en que disminuyen, nos alegra y
alienta. Pero no hemos de olvidar que dichos índices,
aún cuando desciendan considerablemente, cosa que áun
no sucede, son un pálido reflejo de un drama mucho
mayor que no puede ser evaluado en cifras y que no se resuelve
simplemente por un caudal mayor de ingresos familiares. Necesitamos
superar el individualismo egoísta que sólo procura
el propio bienestar y progreso, comprendiendo que trabajar
y dar empleo, en la medida en que es posible, son responsabilidades
simultáneamente personales y colectivas. Es fundamental,
además, seguir fortaleciendo siempre la educación
en todos sus niveles. Y es importante también revisar
y optimizar las condiciones del trabajo, pues desde el trabajo
y las condiciones en que se realiza, se afianza, o no, un
vínculo social, una manera de convivir en justicia
y solidaridad. Dios, que es Padre de todos, y que creó
cuanto existe para la vida y el bien de todos, nos interpela
a generar y afianzar relaciones justas, fraternas, pacíficas,
de cooperación y respeto de todos con todos. En la
medida que las condiciones laborales se tornen más
dignas, será posible alcanzar el sentido pleno de la
labor humana pues, a través de ella, al tiempo que
contribuimos a transformar la naturaleza, podemos desarrollar
creativamente los dones recibidos y brindar el particular
aporte de cada uno en la historia.
En
Cáritas, este aspecto del trabajo es asumido como parte
de una verdadera promoción humana para que las personas
se capaciten y organicen comunitariamente. Las ferias de emprendedores,
el apoyo a un estilo asociativo, la idea de un comercio justo
y una economía solidaria, testimonian un modo nuevo
de relacionarnos desde el trabajo, que nos permite crecer
como personas y acrecentar también el bien común.
Desde
esta conciencia de la responsabilidad de cada uno sobre la
vida de los demás, los invito a que realicemos una
oración por el trabajo de todos y para todos. Y aprovecho
la ocasión para que, de manera especial, encomendemos
la situación en Medio Oriente en las manos de la Virgen
María, Señora de la Paz, para que termine ya
la locura de la guerra y se restablezca cuanto antes la convivencia
justa y pacífica entre los pueblos.
El amor como
clave para transformar la historia Julio
de 2006
Cada vez que tengo la posibilidad
de compartir con nuestras comunidades y vivenciar las actitudes
fraternas que se multiplican, siento la fuerza de nuestra
gente que no baja los brazos ante la adversidad. Es entonces
cuando confirmo que nuestra misión como Cáritas
se renueva y resignifica, con cada acción que busca
ser signo de una caridad transformadora, tanto de la vida
de quien sufre la situación de pobreza como de las
estructuras que la ocasionan.
Por eso, en esta tarea es fundamental que sigamos asumiendo
la promoción humana y el ejercicio responsable de nuestra
condición de ciudadanos con un verdadero compromiso
social que nos interpele como cristianos, como comunidad,
como pueblo. De manera especial, a través de nuestra
Colecta Anual, fuimos testigos de muchos gestos concretos
para con aquellos que menos tienen y también pudimos
profundizar en lo que hace a la construcción de un
modelo de convivencia más justo y equitativo. Alentados
por la gran participación en esta iniciativa solidaria,
es bueno recordar cuál es el origen de nuestro compromiso
social. Desde la fe, sabemos que el amor a los demás
tiene su origen en el mismo Dios. Nuestro Padre nos ama apasionadamente
y nos acompaña desde una cercanía que logra
transformar la historia. Su presencia amorosa en medio nuestro
suscita en nuestros corazones la necesidad de salir al encuentro
de los demás para compartir a ese Dios que nos habita
y que no quiere que guardemos para nosotros todo lo recibido,
sino que lo plenifiquemos desde la ofrenda. Vivido con este
sentido, el amor al prójimo se expande en un amor social
capaz de transformar las estructuras, las reglas de convivencia,
las instituciones.
Porque sólo desde el amor es posible dar respuestas
a las situaciones que se presentan cuando convivimos con otros,
ampliando el corazón y el entendimiento en una lógica
que no sólo habla de lo que a cada uno corresponde,
sino que se comprende el misterio único del otro. Se
hace posible el perdón, la compasión y se puede
mirar el futuro desde nuevas posibilidades.
Cuando hay amor también hay humanidad. El ser amado
es el ser que alcanza la profundidad de lo humano desde la
experiencia original. Porque antes que nada, en el origen
de la vida del cosmos y de la de cada uno en particular, fuimos
amados, amados por Dios. Y, desde allí, nos llamó
a la vida. Por eso, al hablar de dignidad humana en Cáritas
no sólo hablamos de la posibilidad de que todos accedan
a lo necesario para sustentarla, sino fundamentalmente, de
que esa vida pueda ser enriquecida, valorada por uno y por
los demás, nunca instrumentalizada, capaz de ser libres
para optar individual y socialmente.
Por eso, la defensa de la dignidad humana es un valor fundante
de la tarea de Cáritas, y para lograr que se respete
en plenitud es necesario trabajar en el ámbito personal,
con una permanente conversión que posibilite valorar
el sentido de la vida, en el ámbito familiar como otro
espacio primordial para fortalecer a la persona, y también
en los niveles colectivos de participación ciudadana.
Todos somos responsables del modelo de sociedad que estamos
construyendo y esto nos interpela a garantizar que se pueda
incluir a todos, con igualdad de oportunidades de protagonismo,
para que brille la luz de cada uno, en ese milagro único
e irrepetible que se manifiesta en cada persona.
Necesitamos
construir entre todos una convivencia justa, fraterna y equitativa
Junio de 2006
Muy cercanos a nuestra Colecta
Anual, reconocemos en este acontecimiento que nace desde Cáritas
pero que supera ampliamente las fronteras institucionales,
un nuevo llamado a renovar con humildad y alegría la
misión y tarea que compartimos. Y esto por diversos
caminos.
Ante todo, el
mismo lema de la Colecta: “Por una sociedad sin exclusión
ni pobreza”, afianza en nuestro corazón el rumbo
que queremos seguir con nuestro compromiso de amor. Lejos
de desalentarnos por la dura situación que sigue aquejando
a tantísimos hermanos y hermanas, asumimos como nuestro
y con mucha esperanza el mismo proyecto de Jesús. Es
El quien dignifica, incluye y reconcilia a todos. Con El y
por El queremos seguir sus pasos junto a los más pobres.
Sabemos también que,
no obstante los signos de individualismo y fragmentación
que aún constatamos en nuestro país, son muchísimos
los que a través de su ofrenda generosa en la Colecta,
expresan su confianza en Cáritas y su secreta o manifiesta
esperanza de que es posible una convivencia social fraterna
que busca la justicia y la equidad para todos.
Hace muy poco,
además, en el Encuentro y Asamblea Nacional realizados
en Mendoza, nos comprometimos a ser una Cáritas atenta
a la realidad y a las mociones del Espíritu de Dios.
Esta doble apertura y disponibilidad es la que nos ha de guiar
siempre en nuestra misión para que lleguemos a ser,
cada vez más, semilla fecunda capaz de transformar
la historia. Así lo entendieron los primeros cristianos,
quienes bajo el impulso del Espíritu recibido en Pentecostés
compartían la enseñanza de los Apóstoles,
la Eucaristía y también los bienes materiales.
Ninguno de ellos permanecía tranquilo mientras un hermano
padecía alguna necesidad. La comunión de amor
con Cristo los llevaba, y nos lleva siempre, al solícito
amor fraterno. Y ese novedoso dar y recibir en el amor era,
y seguirá siendo siempre, el principal signo de credibilidad
del anuncio transformador que como comunidad cristiana hemos
de ofrecer al mundo que hoy nos toca vivir. Que nuestras palabras
y gestos sean tales que reclamen profética y amorosamente
la responsabilidad de todos
Los mismos pobres, con su
protagonismo cada vez mayor, van consolidando organizaciones
comunitarias que promueven creativamente alternativas ante
la ausencia o precarización del empleo y ante cotidianas
dificultades en el acceso a la salud, a la educación
de los hijos, a la vivienda. Pero es obvio que la exclusión
no es un problema que puedan o tengan que resolver sólo
quienes la padecen. Necesitamos, como conjunto social, cada
uno desde su rol y capacidades, preguntarnos si estamos aportando
responsablemente a la construcción de un modelo de
país justo y equitativo en el que todos tengamos acceso
a un desarrollo integral y a una vida digna. Y nosotros, muy
especialmente, hemos de ayudar permanentemente a que no se
adormezca o acostumbre la conciencia personal y social a la
situación de pobreza y exclusión que padecen
tantos hermanos.
En este año tan especial, en el que celebramos los
50 años de Cáritas, queremos que el mensaje
de la Colecta llegue a todos! A cada vecino, compañero
de trabajo, comunidad, medio de comunicación, empresa,
organización social, etc. De esa manera, el crecimiento
esperanzado del Reino de Dios, Reino de paz, de justicia y
de amor, encontrará también un modo de fortalecerse
y multiplicarse desde el compromiso solidario en construir
“una sociedad sin exclusión ni pobreza”.
Dando gracias a todos por la generosa entrega manifestada
durante este tiempo, seguimos encomendando a nuestra Señora
de Luján, patrona de nuestra patria, los caminos que
nos unen como hermanos en la tarea de incluir a todos.
Atentos al
espíritu y a la realidad que nos rodea Mayo
de 2006
Con los ecos todavía
bien fresquitos de nuestra reciente Asamblea y Encuentro Nacional,
son muchos los momentos compartidos que podemos recordar para
renovar cada día nuestro camino como Cáritas.
En el contexto de esta importante celebración, pudimos
reconocernos también a través de las expresiones
propias de cada uno de nuestros lugares. Entre ellas, ¡qué
riqueza de músicas que han surgido y surgen de la identidad
cultural de las diversas regiones del país!. Y ¡qué
entusiasmo por encontrarle el ritmo y unirnos al compás
del baile que cada una de ellas invita! Pues bien, tal como
les decía en la Eucaristía final, nuestra misión
nos lleva siempre a interrogarnos ¿cuál es la
música, cuál el ritmo, que han de guiar nuestro
quehacer actual?. Podemos reconocer entonces dos fuentes inseparables
de donde brotan una y otro.
Por un lado, el Espíritu Santo que actúa en
lo profundo de nuestros corazones y que nos confirma y envía
para completar la obra que Jesús comenzó a favor
de todos. Como comunidad de discípulos del Resucitado,
el Espíritu nos ha regalado una nueva capacidad comunicadora.
Nos ha hecho a todos profetas, capaces de pronunciar, con
la palabra y las obras, el sentido del mundo y el valor de
la vida humana renovada en Cristo y, al mismo tiempo, de denunciar
cuanto atenta contra el Reino de Dios y la dignidad de los
hermanos.
Por otro, la realidad de nuestro tiempo que requiere escucha
y discernimiento para comprender sus penas y sufrimientos,
sus anhelos y esperanzas. ¿Por qué? Porque es
claro que aunque la identidad de Cáritas no cambia,
es decir, el servicio de amor organizado de la Iglesia a los
pobres y excluídos, sí es distinto el contexto
social, cultural y político en el que nos movemos en
cada etapa de la historia. Y éste requiere un sabio
y permanente discernimiento. De lo contrario podríamos,
bajo apariencia de bien, estar afianzando lo que está
mal o, tal vez, dedicarnos sólo a secar lágrimas
en lugar de aliviar el dolor que las provoca.
Vuelvo a la metáfora. Si estamos atentos a la “música
y ritmo” que el Espíritu de Jesús y la
realidad de nuestro tiempo nos ponen, descubriremos que ambos
nos llevarán siempre por el “baile-movimiento”
adecuado, nuevo, interior y profundo, distinto y transformador:
el proyecto de amor de Jesús Resucitado en el hoy de
nuestra humanidad sufriente. Este movimiento implicará
también una sincera conversión, personal y comunitaria.
En algún sentido un “morir”, y un renacer,
y un verdadero resucitar!. ¿Cuál será
entonces el paso que todos tenemos que dar? Individualmente,
cada uno deberá pedir la gracia de poder morir al hombre
viejo, y así dar muerte a lo que todavía perdura
de cerrazón, de individualismo, de prepotencia y de
soberbia en nuestra vida. Comunitariamente, tendremos que
dar muerte a estilos de trabajo con los pobres que no permiten
crecer, ni sanan, ni liberan integralmente al hermano herido
y abandonado al borde del camino. Pensemos, por dar sólo
un ejemplo, en la necesidad de abandonar todo asistencialismo.
Les deseo de corazón que, aunque dispersos por la vasta
geografía del país, “bailemos juntos al
ritmo de la música que el Espíritu y la realidad
de hoy nos suscitan”. Cercanos a la fiesta de San José
Obrero, le pedimos a él y a María de Luján,
Patrona de Cáritas, que nos lleven de la mano para
que seamos alegre y comprometido anuncio profético
del Reino de Dios en nuestra sociedad.
Los gritos de desamparo
de miles de personas nos invitan a una entrega como la de
Jesús Abril de 2006
La Pascua que pronto celebraremos,
misterio infinito del amor de Dios, es LA invitación
que El nos hace cada año para que renovemos, bebiendo
en su fuente propia y genuina, el sentido y la plenitud de
nuestra vida cristiana. Una sola condición es necesaria
para que la muerte y resurrección de Jesús,
que transformó definitivamente a la humanidad y a la
historia entera, transforme también nuestra propia
realidad: humildad y apertura de corazón. Del resto
se encarga El, el Crucificado-Resucitado. No importa cuál
sea nuestra situación actual. ¿Pena? ¿Confusión?
¿Desánimo? ¿Indignación? Si le
damos cabida para que camine junto a nosotros, como lo hicieron
aquellos discípulos rumbo a Emaús, El nos llevará
siempre hasta la alegría que nadie podrá jamás
arrebatarnos: celebrar la vida, compartir el pan, y constatar
que el corazón todavía puede arder de amor cuando
descubre la cercanía del Señor amado.
Pienso ahora en el abatimiento que muchas veces sentimos por
lo que sucede a nuestro alrededor. La injusticia y el dolor
que experimentan muchos hermanos, especialmente quienes viven
la pobreza y la exclusión, nos cuestiona y nos lleva
a preguntarle a Dios ¿Qué podemos hacer? El
núcleo de su respuesta está justamente en la
Pascua de Jesús. Jesús crucificado asumió
como propio no sólo su dolor, y con él la injusticia
que lo provocó, sino el dolor e injusticia que todo
ser humano pueda padecer en este mundo. Por amor se hizo cargo
de todos nosotros. Y por amor fue fiel al Padre, llevando
la donación de sí mismo hasta el extremo, aparentemente
absurdo, de padecer la cruz.
Pero el Padre desacreditó la violencia y la injusticia
y acreditó el amor de su Hijo resucitándolo
de entre los muertos.
La entrega amorosa de Jesús es bien cuestionadora e
interpelante para nuestro mundo de hoy, en el que se acentúan
los rasgos de individualismo y el afán de preservar
lo propio. Nosotros mismos hemos de volver a encontrar el
verdadero sentido de nuestros actos de amor. Los gritos de
desamparo de miles de personas nos invitan a una entrega como
la de Jesús, es decir, a dar la vida por amor. Y aunque
ello cueste crucifixiones diarias, sabemos ya que la cruz
asumida por amor junto al Maestro guarda en sí una
profunda convicción sobre la vida y su poder victorioso
sobre toda realidad de muerte. Esta es la fuente más
plena de nuestro testimonio cristiano, especialmente en el
servicio que realizamos desde Cáritas.
En cada uno de los proyectos y acciones que emprendemos en
nuestros barrios, capillas y comunidades, queremos asumir
como propio el dolor de los hermanos y queremos trabajar unidos
para la transformación pascual de esa realidad. Así,
la Resurrección de Jesús hará nueva nuestra
vida personal y nuestra realidad social y se afianzará
la justicia, la igualdad de oportunidades y el valor de la
dignidad humana de todos.
Desde la alegría
y la confirmación de nuestra vocación de testigos
de Jesús, vivo y presente en medio nuestro, les deseo
a todos muy feliz Pascua.
"Formar
el corazón" para ser testigos creíbles
del amor de Cristo
Marzo de 2006
En este primer encuentro
del año a través de nuestras "Huellas de
Esperanza", comparto con ustedes la alegría de
un año muy especial para toda la familia de Cáritas.
¿Por qué tan especial? Por un lado, ¡festejamos
los 50 años de existencia! Queremos, por tanto, celebrar
agradecidos esta historia ya vivida y escrita con el compromiso
generoso y valiente de tantas y tantas personas y comunidades
a lo largo y ancho de todo el país. Por otro, tendremos,
en mayo próximo, en Mendoza, la oportunidad de reunirnos
en el XI Encuentro y XV Asamblea Nacional. Ambos acontecimientos
son promesa cierta de renovación y fortalecimiento
en lo que hace a la esencia de nuestra misión. En ellos
se unen la fidelidad al Evangelio, la perseverancia, la comunión
como Iglesia, el testimonio del amor. Y también el
desafío de dejarnos interpelar por el presente para
discernir, en los "signos de los tiempos" de hoy,
cuál ha de ser el camino a recorrer y qué prioridades
asumir en este nuevo trienio.
La Providencia ha querido que el Papa Benedicto XVI nos regalara,
días atrás, y en este contexto peculiar nuestro,
la riqueza enorme de su primer Encíclica: "Dios
es Amor". Con la sabiduría del maestro que guía
paso a paso al discípulo, y que no elude las cuestiones
más complejas de la relación entre Caridad y
Justicia, entre Iglesia y Estado, él nos ayuda a zambullirnos
en el océano infinito del amor de Dios, amor primero
y gratuito, revelado plenamente en Cristo, y en Cristo crucificado,
y reconocer así en Él la verdadera fuente e
identidad de la caridad del cristiano y de la Iglesia.
Convencido de
que su lectura nos brindará mucha luz y fuego del Espíritu
para nuestra vida personal y para nuestras Cáritas,
los invito a reflexionarla comunitariamente y compartir con
apertura de corazón lo que nos vaya suscitando. Especialmente
la 2ª Parte que nos toca muy directamente.
Sin pretender una síntesis, pues sería aquí
imposible, quiero subrayar uno de los aspectos que el Papa
señala como "perfil específico de la actividad
caritativa de la Iglesia". Al citar la parábola
del buen samaritano como texto inspirador de la caridad organizada,
nos orienta en un doble sentido. En primer lugar, la imagen
del prójimo, reconocido en todo aquel que sufre y que
está a nuestro lado, es profundamente comprometedora.
Su dolor no acepta postergaciones. Es ahora que su presencia
de hermano herido nos interpela a una respuesta concreta y
eficaz de amor. Pero, y en segundo lugar, nos advierte que
no cualquier modo expresa el verdadero amor. Este amor es
una maravillosa unidad que se entreteje con diversos y complementarios
"requisitos". Supone, sin duda alguna, la "competencia
profesional", necesaria para saber hacer lo más
apropiado y de la manera más adecuada, y en la que
nunca insistiremos demasiado. ¡Pero ella no basta! Necesita,
además, una rica y profunda humanidad, para que en
el trato que brota del corazón, el hermano atendido
experimente la calidez del sincero y verdadero amor.
¿Cómo hacer para "formar nuestro corazón"
de modo que cada uno de nuestros gestos, palabras y acciones
expresen ese verdadero amor? ¿Cómo hacer para
que la caridad no sea cumplimiento de un mero imperativo ni
se rinda ante el exceso de las necesidades, o de las dificultades
e injusticias? El Papa nos señala el camino a recorrer.
En el encuentro con Dios, a través del contacto vivo
con Cristo, encontraremos siempre la fuerza y alegría
interior en el servicio de amor que nos permitirá superar
toda tentación de desánimo y de sucumbir a la
inercia de que nada se puede hacer. Y sobre todo, aprenderemos
que no sólo hemos de dar algo nuestro. Como el Señor
y Maestro, descubriremos que hemos de darnos a nosotros mismos,
¡que nuestra misma persona ha de ser parte del don!
Esta es la gran opción de vida para cada uno de nosotros.
Ser testigos creíbles del amor de Cristo, que transforma
la realidad construyendo nuevas relaciones sociales, que se
abre al diálogo en la pluralidad, que es capaz de incluir
a todos y a todas.
No tengamos miedo de amar así. Este es un tiempo para
ir a fondo en el compromiso y la entrega de la vida. Así
lo entendieron quienes, antes que nosotros, a lo largo de
estos 50 años que ahora celebramos, no se mezquinaron
a sí mismos en la lucha amorosa contra la pobreza o
la miseria del prójimo. Asumamos la hermosa herencia
que nos han dejado. Y renovemos juntos el profetismo de la
caridad que construye el Reino de Dios en justicia y fraternidad.
El
Reino de justicia para todos se revela en la precariedad de
un pesebre Diciembre de 2005
En estas primeras líneas
quiero, ante todo, saludarlos con mucho cariño y de
todo corazón y expresarles que estoy muy feliz de comenzar
a caminar junto a ustedes en este servicio exquisito de amor
que es Cáritas. Veo providencial que esto suceda justo
al comienzo de un nuevo año litúrgico y, más
precisamente en este tiempo de Adviento que nos prepara a
la Navidad. Muy pronto estaremos en presencia de la Vida Nueva
que nos llega a través de un Niño recién
nacido. Una vez más Dios nos saldrá al encuentro
para manifestarnos su eterna novedad en la sorprendente sencillez
del pesebre.
Aquel nacimiento, que hizo nueva la historia porque el Hijo
de Dios entró en ella, nos quiere hoy hacer nuevo el
corazón y, en lo más hondo de cada uno, nos
invita a renovar las opciones fundamentales que han de marcar
a fuego el rumbo de nuestro caminar. En gran medida, de eso
nos habla el nacimiento de Jesús en Belén. En
él, Dios mismo nos revela cuáles son sus grandes
opciones. Los invito, entonces, a reflexionar sobre ellas.
Una primera es su opción entrañable por lo humano,
por los hombres, por la humanidad entera. Al hacerse de verdad
uno de nosotros, el Hijo, Jesucristo, asume en sí las
cosas más cotidianas de nuestra vida. El mismo nacer
y crecer, la familia, el juego y el aprender, el esfuerzo,
el trabajo, el compartir con otros alegrías y tristezas,
la preocupación por su gente y por su tierra, el dolor
ante las injusticias religiosas y sociales que excluían
al pobre y al pecador de la ternura de Dios y de la inclusión
en la sociedad. A todos les enseñaba con palabras sencillas
y gestos bien claros, comprensibles por cada uno. A la hora
de elegir a sus discípulos los buscó entre los
pescadores de la zona y entre la gente más sencilla.
Y a la hora de caminar, visitar y recorrer, prefirió
ir hacia las "fronteras", allí donde podía
encontrar a quienes menos contaban. Por eso mismo nos revela
esta segunda opción: la opción por los pobres.
La pobreza del pesebre en que nació, en las afueras
de un pueblito perdido que ni figuraba en los mapas es, desde
el comienzo, manifestación de un Reino Nuevo de Amor
y de Justicia que comienza, justamente, donde menos podía
imaginarse: en la marginación padecida por quien no
tenía lugar en la posada. Pero este Reino, promesa
cumplida de Dios, se abre a todos y a todas. Fortalece a las
familias, congrega a un pueblo nuevo, constituye a la Iglesia
como familia de Dios y se ofrece a la humanidad entera que
camina en la historia buscando el Bien y la Verdad. Y aquí
llegamos a la tercera gran opción que nos revela la
Navidad. Dios opta por la comunidad. Por el encuentro reconciliado
entre los seres humanos. Por la superación de la mirada
desconfiada hacia los otros y por el abrazo que solidariza
y hermana. Y confía en nosotros al confiarnos la tarea
de seguir construyendo cada día ese Reino, con las
actitudes que aprendemos de Jesús y con el compromiso
de entregarnos como Él hasta el extremo de dar la vida
por los demás.
Por eso, queridos amigos, al comenzar este nuevo tiempo, pidámosle
a Dios que nos ayude a renovar nuestro corazón, haciendo
nuestras sus mismas opciones. Todos, de alguna manera, estamos
ya haciendo algo para que la realidad que nos rodea sea más
conforme con el querer de Dios. Pero, seguramente, tengamos
que volver a escuchar la invitación que Jesús
nos hace a no permanecer nunca ajenos o adormecidos ante las
situaciones sociales que reclaman nuestra libre y generosa
corresponsabilidad. Les deseo, a cada Cáritas del país,
a cada comunidad, a cada familia, que esta Navidad sea una
oportunidad de fortalecer los proyectos, acciones, y propuestas
que hacen a una sociedad más justa y fraterna construida
entre todos.

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