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Espiritualidad
La historia de Cáritas es una
historia de compromiso profundo y objetivos claros, pero también
es una historia de adaptación constante a los tiempos
que vivimos. En el camino que se va trazando, las distintas
iniciativas y proyectos realizados nos aportan numerosos aprendizajes.
Comprometidos cada día más
con la transformación de la realidad, enfrentamos el
desafío de mirar nuestra acción, aprender de
ella y fortalecer todo aquello que nos permita seguir avanzando
hacia la construcción de la civilización del
amor que Jesús nos propone.
Reflexiones de Fernando María Bargalló
Presidente de Cáritas Argentina - Obispo de Merlo-Moreno
Cáritas,
con San Cayetano, ¡por pan y trabajo para todos!
| Agosto de 2008
A lo largo del año
hay muchos días en los que nuestro pueblo peregrina
para venerar a los santos, tanto para agradecer los favores
recibidos como para pedir que intercedan ante el Padre por
alguna necesidad concreta. Entre todas las fechas hay una
muy especial y que la mayoría de nosotros conocemos:
el 7 de agosto, fiesta de San Cayetano, patrono del pan y
del trabajo.
En los últimos tiempos, en muchos hogares, gracias
a Dios, alguno de sus miembros ha encontrado trabajo. En otros,
sin embargo, el empleo sigue siendo una asignatura pendiente
pues, aunque no son pocos los esfuerzos realizados para paliar
la desocupación, muchas familias aún no cuentan
con ese ingreso estable, propio del asalariado, que les permita
encarar con más alivio y serenidad la vida cotidiana,
desarrollar las potencialidades personales y soñar
con un futuro mejor.
En este sentido, desde hace varios años fueron surgiendo
diversas alternativas que, aunque no solucionan el problema
de fondo, suponen, sí, un principio de respuesta a
esta necesidad. Me refiero al Comercio Justo y a la Economía
Social y Solidaria. La implementación de ambas permite
a las familias recuperar capacidades y habilidades para generar
emprendimientos productivos que con el tiempo lleguen a ser
sustentables, desde la vivencia de valores como la cooperación,
la organización comunitaria y, fundamentalmente, la
solidaridad.
Sabemos, por experiencia, que la solidaridad siempre es fuente
de esperanza.
Como recordarán, la crisis profunda que nos afectó
hace algunos años nos impactó a todos. Los sectores
más perjudicados fueron, sin duda alguna, aquellos
que ya padecían situaciones de pobreza y que se veían
imposibilitados de generar alternativas de trabajo para superar
la exclusión en que se encontraban. Por entonces, desde
Cáritas comenzamos a acompañar a estas comunidades
procurando brindar medios para la producción de alimentos,
inicialmente para autoconsumo. Así fueron surgiendo
huertas familiares y comunitarias, en las que cada familia
recogía los frutos que la tierra sembrada por ella
les proporcionaba. La solidaridad y el esfuerzo compartido
fueron fortaleciéndose, a la par que crecía
la conciencia de lo colectivo y la constatación de
que se puede salir adelante con mayor facilidad si nos unimos
entre todos.
Hoy, habiéndose superado lo más dramático
de aquella grave situación social y económica,
la inequidad que perdura sigue siendo enorme y son todavía
muchas las personas y familias que continúan luchando
por salir de la exclusión. Animados siempre por el
compromiso social que implica el seguir a Jesús viviendo
el mandamiento del amor, como Cáritas queremos seguir
favoreciendo esa “otra economía”, inclusiva
e integradora, promoviendo siempre el que las familias compartan
historias de vida, proyectos, logros y dificultades que las
enriquecen y las alientan a seguir gestando un futuro diferente.
Siguiendo la inspiración de las primeras comunidades
cristianas, que vivían en armonía porque tenían
“un solo corazón y una sola alma” y donde
“nadie consideraba sus bienes como propios, sino que
todo era común entre ellos” (Hechos 4, 32), los
invito a que pongamos bajo la intercesión de San Cayetano
el deseo y el compromiso de construir juntos un país
en el que haya Pan y Trabajo para todos y todas.
Vivienda
propia... camino para el Hogar de familia y el barrio comunitario
| Julio de 2008
Como cada mes, es una alegría reencontrarnos en este
espacio que nos brinda el boletín. En esta ocasión
quiero comenzar subrayando el valor precioso que tienen para
nosotros los logros obtenidos a lo largo de la vida gracias
al esfuerzo perseverante y a la esperanza sostenida no obstante
las dificultades. Alcanzar metas muy deseadas, que por momentos
nos han parecido muy difíciles e incluso imposibles,
genera una felicidad tan grande que no la podemos transmitir
con simples palabras. Esta situación es la que están
viviendo tantas familias que, a través del Programa
de Autoconstrucción de viviendas impulsado por Cáritas
en varias diócesis del país hace algunos años,
hicieron realidad el sueño tan esperado de “tener
casa propia”!
La caridad
entendida como promoción integral de los pobres
Todas las iniciativas y programas que impulsamos en Cáritas
llevan la impronta de nuestra identidad eclesial y misión
evangelizadora. Cualquiera sea el tema que se aborde, queremos
vivir la caridad tal como lo haría Jesús: haciendo
camino fraterno con los pobres para que al crecer en la conciencia
de su dignidad y de sus capacidades sean cada vez más
protagonistas de su propio desarrollo integral. Nos parece
fundamental, entonces, que toda persona pueda participar en
instancias sociales y religiosas que le ayuden a desarrollar
procesos de crecimiento para que su vida individual, familiar
y comunitaria alcance mayor sentido y plenitud.
En esta línea, el acompañamiento
de Cáritas a las familias en el “programa de
viviendas” resulta sumamente importante. Por un lado,
es hacer de puente para que dichas familias puedan contar
con ese espacio vital indispensable para vivir que es la casa:
el cobijo del techo propio bajo el cual se distribuyen lugares
diferentes para diferentes necesidades: alimentarse, asearse
y descansar como corresponde. Y que habitada por la familia
se convierte en hogar cuando la llena el calor del cariño;
cuando se aprende a compartir generosamente el pan cotidiano,
las alegrías y las tristezas, la oración confiada
y la esperanza; cuando el amor reina en la convivencia generando
aliento, respeto, comprensión y perdón.
Por otro lado, la familia que participa activamente en la
planificación de su futura vivienda, se capacita también
para la etapa de construcción. Y al construir su propia
casa, asumiendo esa tarea como un proyecto comunitario, se
afianza internamente como comunidad familiar, mejorando su
convivencia en clave de cooperación y renovando juntos
la esperanza de un futuro mejor.
Construir una comunidad de vínculos
solidarios
Por último, a medida que los cimientos iniciales se
ven superados por más y más hileras de ladrillos,
hay otra construcción que también crece con
este trabajo compartido: el fortalecimiento de los vínculos
entre las familias, las cuales se sienten cada vez más
partes integrantes de ese nuevo barrio que nace como fruto
del esfuerzo de todos.
Todo este proceso integral (casa-hogar, familia-convivencia,
comunidad-barrio) está sostenido por diversos talleres
de capacitación en los que se apuesta fuertemente a
trabajar las relaciones humanas y cristianas, a encontrar
el mejor modo de tratar y resolver los conflictos, a reflexionar
sobre la propia historia de vida -personal, familiar y social-
reconociendo la acción de Dios y las invitaciones de
Jesús a seguirlo, a elevar la autoestima y acrecentar
la calidad de la comunicación interpersonal y grupal.
En una muestra concreta de la solidaridad que nos propone
el Evangelio, cada uno va aportando sus propios conocimientos
y, a su vez, aprende de los demás, porque todos tenemos
algo para dar y todos necesitamos de lo que los demás
pueden darnos.
Destacamos al principio que lo que se alcanza con esfuerzo
se valora más. Podemos afirmar, también, que
cuando un sueño es compartido por muchos es más
fácil hacerlo realidad porque lo concretamos entre
todos. Sigamos trabajando y soñando juntos por una
sociedad justa y fraterna, en la que cada uno pueda acceder
a condiciones de vida digna.
Una vez más...
¡GRACIAS!! |
Junio de 2008
En nombre de todos quienes
integramos Cáritas Argentina, quiero aprovechar este
espacio que compartimos cada mes para agradecer profundamente
la solidaridad y la participación expresadas a lo largo
de todo el país el pasado domingo 8 de junio, con motivo
de realizarse nuestra ya tradicional Colecta Anual.
Puesto que en muchas diócesis la Colecta se extiende
durante todo junio en lo que llamamos el Mes de la Caridad,
aún no contamos con los resultados definitivos. Podemos
afirmar, sin embargo, que como viene sucediendo desde hace
ya varios años, la sociedad se sumó activamente
a la propuesta de Cáritas. Y, más allá
del aporte concreto en dinero, muchas personas se acercaron
para ofrecer la disponibilidad de su tiempo y capacidades
como voluntarios, y también para tomar conocimiento
con mayor profundidad de la tarea que Cáritas realiza
acompañando el esfuerzo de las comunidades más
postergadas del país.
Un mensaje
diferente en medio de un contexto difícil...
Meses atrás, prácticamente en febrero, cuando
comenzamos a reflexionar como institución qué
forma darle al mensaje de la Colecta 2008, era imposible imaginar
que la misma se desarrollaría en medio de un contexto
nacional tan conflictivo como el que hemos vivido en todo
el país desde mediados de marzo. Sin embargo, a medida
que nos acercábamos al 8 de junio, fuimos descubriendo
que la Colecta podía convertirse en una ocasión
privilegiada para que todos, aunque fuera por un momento,
hiciéramos un alto en medio de tantas discusiones y
desencuentros, y orientáramos la mirada y el corazón
hacia aquellas hermanas y hermanos nuestros que padecen situaciones
de mucha vulnerabilidad y marginación. La propuesta
bien concreta de Cáritas fue la de animarnos a mirar
por encima del conflicto para reconocer y tratar de comprender,
más que medir, la dolorosa situación de pobreza
que aún persiste en millones de argentinos, no obstante
los índices auspiciosos del crecimiento macroeconómico.
Estoy cierto que quienes se animaron a hacerlo lograron tomar
conciencia de esa preocupación, más grande que
el complejo conflicto, y que nos atañe a todos y no
sólo a algunos sectores.
... para que no olvidemos a quienes
luchan por su cotidiana supervivencia.
Gracias a Dios, un valor que nos caracteriza como pueblo,
y del que tenemos experiencia concreta en Cáritas,
es que somos una sociedad sensible y solidaria. El dolor ajeno,
la vulnerabilidad de tantos y tantas, la injusticia siguen
conmoviéndonos. Pero también es verdad que no
estamos exentos de dejarnos seducir por mensajes y actitudes
individualistas, o egoístas, que tienden a encerrarnos
en nosotros mismos y en nuestro grupo de pertenencia más
inmediato. Cuando esto acontece, aquella sensibilidad se acalla
y queda como anestesiada, al punto de olvidarnos que muy cerca
nuestro hay quienes luchan cotidianamente por su supervivencia.
¿Cómo superar este “olvido”? El
lema de este año, “La desigualdad nos duele.
Recuperemos la capacidad de compartir”, nos ayuda y
mucho. Procuremos que la desigualdad nos siga doliendo, para
que ese dolor, no buscado por sí mismo como lo haría
el masoquista, sino surgido por la fraterna cercanía
con quien padece, obre como permanente resorte de compromiso
amoroso por los más pobres. Y renovemos cada día,
en lo pequeño y cotidiano de nuestro vivir, ese gozo
y vocación a compartir que crecen siempre más
y más en nosotros cuanto más experimentamos
el compartir de Jesús con todos del don de su amor
y de su vida.
La desigualdad nos duele.
Recuperemos
la capacidad de compartir |
Mayo de 2008
En cada rincón
del país hemos comenzado ya a preparar con gozo y esperanza
la próxima Colecta Anual que tendrá lugar el
domingo 8 de junio. En cada capilla, parroquia y comunidad
se multiplica el desafío de salir al encuentro de toda
la sociedad para llevar la Buena Noticia del amor de Dios
que nos invita a todos, siempre, a seguir creciendo juntos
en solidaridad y en compromiso con quienes aún padecen
a causa de la pobreza o de situaciones de exclusión.
Al afirmar “La desigualdad nos duele”, estamos
queriendo aunar, en ese “nos” que abarca a todos,
el dolor que experimentamos al constatar la inequidad social
y la desigualdad de oportunidades que golpean duro la vida
de tantos hermanos y hermanas. Pero, al mismo tiempo, queremos
también proponer, desde Jesús, el camino fraterno
de superación: “Recuperemos la capacidad de compartir”.
No podemos acostumbrarnos a la desigualdad
En el mismo hecho de recibir la vida y la naturaleza humana,
los hombres recibimos, impreso en nuestra conciencia, el principio
moral fundamental que guiará nuestro obrar: “hacer
el bien y evitar el mal”. Me animo a decir que junto
con dicho principio recibimos también, innato, un sentido
interior de la justicia que, desde muy pequeños, nos
ayuda a comprender la importancia de la equidad y, por ello
mismo, nos hace reaccionar con dolor ante las desigualdades
padecidas en carne propia o por otros cercanos a quienes queremos
o valoramos. Ya adultos, si todos nos animáramos a
examinar con honestidad el uso hecho de nuestra libertad,
descubriríamos que las desigualdades en el mundo no
se deben a una “mano negra” anónima, sino
al pecado de haber “atropellado”, por acción
u omisión, con mayor o menor conciencia y responsabilidad,
esa fundamental equidad entre los hombres querida por Dios.
La propuesta es, entonces, preguntarnos ahora, individual
y socialmente: ¿nos duele verdaderamente la desigualdad
entre hermanos o, sin darnos demasiada cuenta, nos fuimos
acostumbrando a ella?
El dolor que brota de la toma de conciencia de la desigualdad
es, para mí, un dolor sano, fecundo. Es signo de que
tenemos los ojos y el corazón bien abiertos. Lo contrario
sería aquello de “ojos que no ven, corazón
que no siente”. Es, sobre todo, expresión de
amor y comunión con el que sufre, fuerza interior que
nos desinstala, interpela y cuestiona, y que nos motiva a
trabajar por la justicia, cuya “hambre y sed”
son señaladas por Jesús como fuente de bienaventuranza
(Mt 5, 6).
Transformar la realidad
en clave de compartir
Diariamente encontramos situaciones de vida muy dispares.
Bienestar y miseria, oportunidades y exclusión, saciedad
e indigencia. La desigualdad existe y es real. No la podemos
negar ni ocultar. Personalmente suelo decir: “en la
Argentina hay muchas ‘argentinas’ que conviven
yuxtapuestas y que prácticamente no se conocen entre
sí”. Por eso, la propuesta que planteamos desde
la Colecta Anual de Cáritas, es muy sencilla pero bien
superadora. Consiste en arrimar realidades y estrechar puentes
de cercanía y comunión. ¿Cómo?
Ahondando y recuperando la capacidad de compartir! Esto abarca
un amplio abanico de “compartires”. Supone, obviamente,
acrecentar la generosidad de compartir los bienes que poseemos.
Y también el dinero que entregamos como ofrenda de
amor. Pero no se detiene ni limita a ello. Compartir es también
transmitir a los demás los aprendizajes realizados,
poner en común lo que sabemos, darnos a nosotros mismos!
Como dice el papa Benedicto en “Deus Caritas est”:
“para que el don no humille al otro, no solamente debo
darle algo mío, sino a mí mismo; he de ser parte
del don como persona” (34).
Termino con un saludo especial a todos los trabajadores y
trabajadoras de nuestro país. Ruego a Dios, por intercesión
de San José obrero, que sigan creciendo las posibilidades
laborales en nuestra patria pues, lo sabemos bien, el trabajo
tiene un lugar irremplazable en la dignidad y realización
de cada ser humano.
Caminata institucional:
tiempo para revisar lo andado y redescubrir horizontes
| Abril de 2008
Quiero aprovechar este espacio de encuentro
y comunicación en Huellas para compartirles que estamos
comenzando a transitar una etapa bien importante en la vida
de Cáritas. Me refiero a la Caminata, un tiempo de
reflexión y discernimiento, en el que profundizamos
sobre el sentido de nuestra misión y, junto a Jesús,
renovamos nuestras prácticas como Pastoral Caritativa
de la Iglesia.
La realidad social en la que estamos inmersos es dinámica
y cambiante. Por ello mismo necesitamos siempre generar espacios
para discernir cuáles son los temas a priorizar en
nuestra tarea institucional. Cada tres años definimos
las Líneas de Acción que marcarán el
rumbo del siguiente trienio. Dichas Líneas surgen como
fruto del análisis y reflexión participativa
que, a la luz del Evangelio y con la mirada puesta en la realidad
de nuestros barrios y comunidades, realiza Cáritas
en todos sus niveles: parroquial, diocesano y nacional. A
este tiempo de discernimiento institucional que se extiende
durante aproximadamente un año, lo llamamos Caminata.
Las conclusiones a las que lleguemos serán la base
y el fundamento de las próximas Líneas de Acción
del trienio 2009-2011, y que serán proclamadas en el
Encuentro Nacional que tendrá lugar en mayo de 2009.
¿En qué consiste
la Caminata?
Ampliando un poco más lo dicho, podemos definir la
Caminata desde tres aspectos. En primer lugar, es un proceso
eclesial de movilización, de participación,
de reflexión y de celebración que nos ayuda
a crecer personal y comunitariamente. En segundo lugar, es
un recorrido institucional que realizamos desde la ¨memoria¨
- que nos permite actualizar nuestra acción de gracias
al Señor por los dones recibidos y por el camino transitado
hasta ahora – pero descubriendo también lo ¨nuevo¨,
en un esfuerzo de discernimiento de lo que el Espíritu
está queriendo decirnos a través de los escenarios
y desafíos actuales – verdaderos “signos
de los tiempos” - y generar entonces propuestas pastorales
adecuadas y líneas de acción comunes. Por último,
la Caminata es un “kairos”, es decir, un tiempo
de gracia y de salvación, un tiempo oportuno para volver
a encontrarnos con Cristo y redescubrir que su Reino “está
entre nosotros”. Es, indudablemente, un tiempo pastoral
extraordinario para dinamizar nuestra pastoral ordinaria,
y una ocasión privilegiada de renovación institucional.
Nos ponemos en marcha
Vivir la Caminata en Cáritas es empaparnos mejor de
la realidad que vivimos, y comprometernos aún más
con el dolor de los hermanos y hermanas que padecen todo tipo
de dolencias, pobreza y exclusión. El Evangelio y la
Enseñanza Social de la Iglesia serán la luz
preciosa para alimentar cotidianamente el sentido de dicho
compromiso y orientarlo siempre, desde el amor, hacia la construcción
de una sociedad más justa y fraterna. La pedagogía
de Jesús será el modo irrenunciable de vivir
y caminar junto a las comunidades más pobres.
Confiando en el don del Espíritu Santo, que acompaña
nuestro peregrinar como Iglesia servidora, los invito de corazón
a emprender juntos, cada uno desde su lugar, esta Caminata
de todos. Ese mismo Espíritu nos guiará para
que el Reino de Dios siga creciendo en nuestra realidad cotidiana.
La Cuaresma: ¡llamado
de Dios a una permanente conversión!
|
Marzo de 2008
La alegría
del reencuentro a través de “Huellas de Esperanza”
acontece este año con la Cuaresma ya muy avanzada.
¿Cómo estamos viviendo este tiempo de gracia
y especial cercanía con el Señor? Si no lo hemos
hecho hasta ahora, estamos todavía a tiempo de revisar
nuestros pasos con humildad y confianza para discernir qué
llamado a la conversión nos está haciendo Jesús
en esta Pascua suya que pronto celebraremos. Para el examen
interior de nuestra vida y misión en Cáritas
puede ayudarnos reflexionar en los tres grandes llamados a
la conversión que El nos hace siempre: a) el más
obvio, y frecuentemente el que acapara más la atención
de todos, es el llamado a la conversión moral: dejar
el pecado, pedir perdón, retomar el camino del bien
y la verdad; b) está también el llamado a la
conversión pastoral: nuestro modo o estilo pastoral
¿es acorde con el estilo de Jesús? ¿Qué
actitudes o prácticas hemos de corregir o simplemente
abandonar porque no brotan de su amor ni reflejan sus opciones?
¿conocemos y asumimos los desafíos evangelizadores
de hoy (Ecclesia in America, Navega Mar Adentro, Aparecida,
etc.)?; c) el tercer llamado, y que fundamenta los dos anteriores,
es a la conversión teológica. Consiste en purificar
la imagen distorsionada de Dios que tal vez llevamos todavía
dentro, liberándonos de todo “dios inventado”
o “imaginado”. ¿Como? Renovando por el
Espíritu nuestra fe en Jesús, el Hijo eterno
del Padre, nacido de María, y que con sus gestos y
palabras humanas nos revela cómo es en verdad Dios,
en su misterio íntimo y en su plan de salvación
para con nosotros.
Ante la mirada amorosa del Padre, todos somos igualmente valiosos
Este camino de conversión fecunda nos ayudará,
sin duda, a transformar nuestro corazón y a ver y comprender
mejor la realidad desde la mirada amorosa del Padre. Cercanos
al día Internacional de la Mujer, es importante recordar
que Dios, al crearnos varones y mujeres, nos creó a
su imagen y semejanza, igualmente amados y valorados por Él,
con la misma dignidad de hijos e hijas suyos. Factores sociales,
culturales, económicos y políticos, sin embargo,
inciden para que la realidad vital de muchas mujeres transcurra,
tristemente, por caminos muy diferentes a este proyecto de
Dios. Cotidianamente descubrimos situaciones dolorosas de
desigualdad, de discriminación, y hasta de violencia
y opresión. En Cáritas procuramos generar procesos
de mayor conciencia y sensibilización que favorezcan
y defiendan la dignidad de todas y de todos. Ello nos lleva
a abordar también el tema de género, pero no
desde cualquier perspectiva sino desde el mismo Evangelio
y, más precisamente, desde la bienaventuranza prometida
a quienes “tienen hambre y sed de justicia” (Mt
5,6). Esta hambre y sed de justicia evangélicas nos
ayudarán, no sólo a reconocer las dolorosas
injusticias que padecen tantas y tantas mujeres, sino también
a investigar cuáles son las causas que las provocan,
y a trabajar procurando revertirlas en pos de una más
sólida y necesaria equidad.
Que María, modelo de mujer y de madre, ilumine nuestros
pasos para favorecer la construcción de una sociedad
en la que todos podamos crecer y vivir como hermanos y hermanas.
Tiempo de renovar
desafíos por una sociedad inclusiva y solidaria
| Diciembre
de 2007
Esta época
del año nos invita especialmente a hacer un balance
de lo vivido y plantearnos nuevos desafíos. Para hacer
aún más fructífera nuestra reflexión,
creo que sería valioso que intentemos recuperar, no
sólo la vivencia personal o individual, sino también
pensar en nuestro compromiso por el bien común, es
decir, el bien de todos.
En lo personal, este año me conmovió profundamente
conocer de cerca las condiciones de pobreza extrema y marginación
de nuestros hermanos y hermanas haitianas, donde compartí
junto a miembros de todas las Cáritas del continente,
el III Encuentro Continental de Pastoral Social-Cáritas
y XVI Congreso Latinoamericano y del Caribe de Cáritas.
En ese espacio, además, el Señor me llamó
a cumplir una nueva misión en su Iglesia, como presidente
de Cáritas Región América Latina y el
Caribe. Una misión que asumí con alegría
y con el deseo ferviente de aportar, en comunión con
ustedes, a la integración y a la unidad de la Región.
Indudablemente, a quienes tuvimos la gracia de palpar una
realidad tan dolorosa e injusta nos invadió el estupor
y la impotencia pero, a la luz de nuestra misión, también
nos sentimos interpelados a redoblar nuestros esfuerzos para
fortalecer acciones que favorezcan que todos y todas podamos
alcanzar una vida digna. En ese sentido, la Colecta Anual
también fue una interpelación e invitación
para reflexionar sobre la realidad de pobreza y exclusión
que todavía persiste en nuestro país, ante la
evidencia de saber que el crecimiento todavía no es
para todos, porque muchos hermanos aún no pueden acceder
a la educación, a la salud, al trabajo, a la vivienda
y, especialmente, a la posibilidad de desplegar las propias
potencialidades.
Por eso, el lema "Si JUNTOS nos comprometemos, crecemos
todos", nos propuso revertir progresivamente esta situación,
convencidos que tenemos que acercarnos al dolor del hermano,
haciéndonos prójimos, potenciando nuestra solidaridad
hasta convertirla en una verdadera virtud social.
Desde esta convicción, que impulsa cada una de las
acciones que llevamos adelante en Cáritas, nos planteamos
el desafío de aportar, cimentados en una profunda fe
en Jesús que convierte a "los otros" en hermanos
y hermanas, formas comunitarias de pensar y de vivir que nos
hagan perder el individualismo y nos permitan, gozosamente,
hacernos cargo responsablemente de los demás. Y en
este desafío cotidiano, quiero resaltar y agradecer
el esfuerzo silencioso y permanente de los voluntarios de
Cáritas, quienes a lo largo y ancho del país,
siguen tejiendo con sus manos incansables, un testimonio encarnado,
una red de amor que fortalece vínculos, que hace visible
el amor preferencial de Jesús por los pequeños
y sencillos. Hoy son más de treinta y dos mil los voluntarios
de Cáritas, hombres y mujeres, jóvenes y adultos
que ofrecen su tiempo y talentos personales por el bien común,
por el desarrollo y el crecimiento de las comunidades más
postergadas. Aprovechando la reciente celebración del
Día Internacional del Voluntariado el pasado 5 de diciembre,
los bendigo, aliento y animo a seguir trazando huellas de
esperanza en el apasionante desafío por construir una
sociedad con oportunidades para todos.
Que el Niño Jesús transforme y fortalezca nuestros
corazones para que juntos transitemos caminos de fraternidad,
solidaridad y liberación. ¡Muy feliz y fructífera
Navidad para todos!
Cáritas: amor transformador
y vivencia del profetismo eclesial
|
Noviembre de 2007
Días
atrás, tuvimos la oportunidad de ejercitar nuestra
participación política y ciudadana a través
del voto en una nueva elección democrática.
Creo que todos hubiéramos deseado que los candidatos
presentaran sus propuestas con mayor claridad. Prácticamente
no hubo en el país discusiones de fondo acerca de ideas
y rumbos a seguir. Por ello mismo, estimo que no debe haber
sido fácil encontrar criterios objetivos que nos ayudaran
a discernir a quién votar. Quiero expresar, al menos
como esperanza, el deseo de que en los próximos años
siga creciendo la conciencia y responsabilidad ciudadana de
todos y todas, de modo que no sólo podamos mejorar
el necesario diálogo y análisis político
de las diversas líneas y partidos, sino también
que puedan surgir más vocaciones para la política
y, por tanto, para el servicio desinteresado por el bien común.
Recemos para que ello suceda. Y, además, no dejemos
de orar por las nuevas autoridades elegidas en los distintos
niveles de la vida nacional, provincial y municipal, pidiéndole
a Dios que les ayude a ejercer fielmente el mandato que se
les ha confiado, rechazando toda corrupción y esforzándose
por afianzar una mayor justicia y equidad.
Nosotros mismos, desde nuestra misión en Cáritas,
queremos seguir aportando lo propio, en esta nueva etapa institucional
de la Patria, para construir un mundo más justo y solidario.
¿Cómo? Volvemos siempre a lo mismo pero nunca
está de más insistir: renovando nuestro empeño
y fidelidad por vivir apasionadamente el mandamiento del amor
fraterno.
Este amor, lo sabemos bien, tiene muchas dimensiones y formas
de expresarse, pero todas beben en la misma fuente: el Amor
de Dios por todos y todas, especialmente los más pequeños.
De a ratos, por tanto, será un amor que no deja de
atender las necesidades más urgentes de quienes, por
diversos motivos, siguen sin tener acceso a lo más
elemental de la vida: el alimento, el vestido, el cobijo,
los medicamentos. Pero, sobre todo, buscará ser cada
vez más un amor transformador, comprometido y valiente
que, sin desanimarse ni medir esfuerzos, persevera en la lucha
contra las causas que provocan tanta deshumanización
y pobreza y que estrecha, para ello, lazos de unión
con todos los hombres y mujeres de buena voluntad que sueñan
también con un mundo de mayor justicia y fraternidad.
Hacer visible este amor en obras concretas, nos desafía
cotidianamente a impulsar aquellas iniciativas que favorezcan
la promoción humana de las comunidades más postergadas,
colocando el acento en su fortalecimiento personal, familiar
y comunitario.
Seguir aportando lo propio significa también asumir
con humildad y coraje nuestro profetismo eclesial. ¿En
qué consiste? El Espíritu Santo que nos habita
como Iglesia de Jesús, nos impulsa al permanente anuncio
de la novedad de la vida en Cristo, novedad que no se limita
a la sola interioridad del hombre sino que abarca toda la
realidad humana y social. Anuncio con la palabra acerca del
sentido del mundo. Anuncio con el testimonio que manifiesta
la presencia transformadora de Dios. Anuncio comunitario a
favor de la vida en todos sus momentos y circunstancias. Anuncio
que sana, reconcilia y hermana. Pero que también denuncia
todo cuanto hiere la dignidad de los hermanos y que, por tanto,
atenta contra el proyecto amoroso de Dios.
Desde el amor transformador que anuncia y denuncia es que
seguiremos aportando lo propio de Cáritas en el hoy
de nuestra historia eclesial y social.
El
compromiso social y político, aspecto integrante de
nuestra vida cristiana
|
Octubre de 2007
Como cristianos, estamos llamados a vivir
nuestro compromiso de fe desde un seguimiento concreto a las
enseñanzas de Jesús. Este seguimiento, huelga
decirlo, no es algo meramente individual, tampoco intimista.
Mucho menos desconectado del tiempo y lugar en que vivimos.
Vivir en Cristo, siendo sus discípulos, implica que
el Evangelio llegue a ser regla de pensamiento y acción
para toda la actividad humana. Y así, al mismo tiempo
que la fe y la gracia cambian nuestra mirada interior sobre
toda la realidad, crece nuestra disconformidad con todo lo
que se opone al proyecto de Dios en la convivencia humana
y descubrimos que somos corresponsables en la construcción
de un mundo más justo, más solidario y más
fraterno.
Nadie puede nacer, crecer o vivir aislado de los demás.
Estamos inmersos en la sociedad, como hombres y como cristianos.
Aunque sin ser del "mundo", entendiendo con esa
expresión todo lo que conlleva de pecado, violencia,
injusticia y enemistades, vivimos en el mundo, creado, amado
y redimido por Dios: "tanto amó Dios al mundo
que le envió a su Hijo unigénito...". Es
esa "Caritas"- Amor, que de El recibimos, la que
nos impulsa a trabajar incansablemente, desde nuestra vocación
y situación particular, para que, por encima de intereses
particulares y sectoriales, privilegiemos siempre y se afiance
cada vez más el bien de todos. En la entraña
de nuestra vida cristiana está, por tanto, y no como
gesto especial de supererogación, sino como camino
ordinario de fe, esperanza y amor, la necesidad de crecer
en un verdadero compromiso social y político.
Y puesto que este compromiso no madura de la noche a la mañana,
necesitamos reflexionar acerca de cómo ir alimentándolo.
Mi hermano Obispo, Carmelo Giaquinta, suele decir que nos
ayudaría al respecto agregar la dimensión "social"
a lo que nos ocupa y preocupa cotidianamente. Intentémoslo
con algunos ejemplos. Cuidamos y valoramos la amistad... ¿qué
hacemos por fortalecer la amistad social? Necesitamos la paz...
¿construimos la paz social? Nos duelen y rebelan las
injusticias... ¿nos golpean igual las injusticias sociales?
En toda situación que nos atañe anhelamos participar...
¿cómo promovemos la participación social?
No permitiríamos que nos coharten la libertad... ¿defendemos
con ahínco la libertad social?
Respecto del compromiso político, algunos descubrirán
un llamado a empeñarse en un partido político
en orden a la lícita obtención del poder público
para ejercer desde él una transformación de
la realidad. Pero, más allá de estas vocaciones
particulares, todos hemos de empeñarnos siempre por
la consecución del bien común, interesándonos
por lo que es de todos, por lo que hace a la felicidad, a
la dignidad, a la vida plena de cada uno. El talante "político",
tesón por el bien común, se puede y se debe
ir amasando desde niños ya en la propia familia, en
la escuela, en el barrio, en el potrero al que vamos a jugar...
y así marcará nuestro actuar de adultos en el
club, en el tren en que viajamos, en la sociedad de fomento,
en la cooperativa, en las acciones pastorales, dentro de la
misma comunidad eclesial, etc.
Destaco, además, que, aún cuando el ahondar
desde la fe nuestra actitud social y política es la
base de un sano y perseverante compromiso, necesitamos también
capacitarnos para poder incidir eficazmente en el devenir
de la sociedad. Sabemos bien que la buena voluntad no alcanza.
Esto supone un esfuerzo de estudio, análisis, comprensión
de la realidad. Nuestra formación cívica es,
en general, muy limitada. Frente a determinadas situaciones
que superan el ámbito de lo personal y familiar, no
sabemos bien cómo obrar porque desconocemos cuáles
son nuestros derechos y los caminos para lograr su satisfacción,
o cuáles son nuestros deberes y el cumplimiento que
hemos de asumir.
Como Cáritas creemos necesario acompañar nuestras
acciones con una profunda formación en ciudadanía,
que fortalezca el protagonismo de cada uno, en especial de
los hermanos y hermanas más desprotegidos. La formación
para el ejercicio de los deberes y derechos ciudadanos son
también una forma de promover esa inclusión
social que anhelamos y que renueva nuestro compromiso generoso
por un país mejor.
La Educación,
camino fundamental de promoción e inclusión
|
Septiembre de 2007
En septiembre conmemoramos diversas fechas relacionadas
con el tema educativo: el 8, el día internacional
de la alfabetización; el 11, el día del maestro;
el 21, el día del estudiante. Quiero, por eso, invitarlos
a reflexionar juntos acerca de la educación como
camino fundamental para la promoción integral de
la persona y, por tanto, para alcanzar la inclusión
social de todos y de todas.
Habitualmente se identifica "educación"
con la escuela y, por tanto, con maestros, presupuestos,
leyes de educación, conflictos gremiales, federalismo,
etc. Sin desconocer estos aspectos, recordemos que "educar"
es desarrollar todas las potencialidades que un hombre o
una mujer tienen en orden a alcanzar su plenitud como personas.
Este desarrollo supone la transmisión de valores
y conocimientos, verdadera transferencia de cultura entre
las distintas generaciones, que posibilita adquirir las
competencias básicas que se necesitan para desenvolverse
en una sociedad compleja e interdependiente. La primer educadora
es la familia. Pero también lo es la comunidad de
fe. Y, por supuesto, la escuela. Ningún niño,
por ningún motivo, debería quedar sin escolaridad.
Desde nuestra experiencia en Cáritas, conocemos de
cerca la realidad de muchos niños y jóvenes
que, por diversos motivos, pero muy especialmente a causa
de las carencias de todo tipo que provoca la pobreza (alimenticias,
afectivas, de salud, de estabilidad familiar y social) han
quedado excluidos del sistema formal escolar. A menudo,
con dolor e impotencia, somos testigos de cómo esta
exclusión va hipotecando irremediablemente su futuro.
No sólo tendrán menores posibilidades de acceso
a un empleo. También sus talentos y cualidades permanecerán
sin desarrollar, perderán su libertad más
honda dependiendo permanentemente de otros y quedarán
con limitadas posibilidades de ejercer sus derechos y de
participar como ciudadanos en la construcción del
bien común.
Ante esta realidad, necesitamos renovar incansablemente
nuestro compromiso por la defensa y cuidado de la vida de
todos, pero muy especialmente de la que está más
amenazada. No acceder a la educación, tanto en el
sentido amplio de desarrollo de las propias potencialidades,
como en el sentido común y elemental de escolaridad,
es una amenaza tan grande en la vida de los niños
y jóvenes que todo cuanto hagamos por superarla será,
para ellos y ellas verdadera bendición de Dios y,
para nosotros, verificación constante de la autenticidad
de nuestro amor fraterno.
Y nunca nos olvidemos que aunque no nos dediquemos estrictamente
a la docencia, la educación es un tema, es más,
una acción que nos involucra a todos. Pidámosle
a Jesús, el Maestro, que nos ayude e inspire con
su pedagogía de apertura, diálogo, valoración
y aprecio del hermano, para que cualesquiera sean las acciones
que emprendamos en Cáritas, sean, por el modo en
que las hagamos, verdaderas acciones educativas. Que cada
palabra, cada gesto, a través del maravilloso acontecimiento
pedagógico que brota del amor, sean palabras y gestos
"co-creadores" con Dios de personas nuevas, para
que el mundo sea nuevo. Fortaleciendo así la dignidad
de cada persona, para que el andar por la vida se transforme
en confiado seguimiento del que es Camino, Verdad y Vida.
Antes de finalizar, quiero agradecer especialmente la enorme
solidaridad expresada a partir del terremoto que afectó
a nuestros hermanos y hermanas de Perú y que es necesario
que sigamos sosteniendo en el tiempo, desde un compromiso
concreto hacia quienes más sufren. Los invito a rezar
por todas las víctimas del terremoto en Perú
y del paso del huracán Dean, pidiendo a nuestra Madre
de Guadalupe, que los cobije y fortalezca, en medio de situaciones
de tanto dolor.
Que
nuestra solidaridad llegue a ser auténtica virtud
moral
| Agosto
de 2007
Hace ya algunos
años que, en nuestro país celebramos, el 26
de agosto, el Día de la Solidaridad. ¿Por
qué esa fecha? Es importante señalarlo: porque
fue justamente un 26 de agosto el día que nació
la Madre Teresa de Calcuta quien, más allá
de su fe y consagración particular a Dios, es reconocida
por todos como modelo indiscutible de servicio y amor solidario
al prójimo. Recoger su testimonio nos interpela siempre.
De ella aprendemos que "para que el amor sea verdadero,
nos debe costar; nos debe doler, nos debe vaciar de nosotros
mismos".
En Cáritas no queremos que este día pase como
un día más. Pues queremos vivir el amor, asumimos
el camino de la solidaridad como un modo bien concreto de
hacer carne en nosotros esa responsabilidad amorosa por
los demás a la que Jesús nos invita siempre.
Es verdad que la fe, como a la Madre Teresa, nos regala
una mirada tal sobre los "otros" que nos permite
reconocer en cada pobre y enfermo, en cada herido al borde
del camino, a un hermano o hermana en Cristo Jesús.
Pero también es verdad que esa fe asume y plenifica
el hecho bien humano de sabernos todos y todas "entreverados"
en la misma humanidad. Y por lo tanto, corresponsables en
construir un modelo de convivencia que, cimentado en el
profundo respeto y compromiso por la vida de cada uno, incluya
a todos.
Por partida doble, entonces, por la fe que nos anima y por
pertenecer a la misma y única humanidad, la sufriente
realidad de muchísimos hermanos nos interpela y compromete
cada vez más a ser testimonio de una solidaridad
concreta. Una solidaridad que se expresará de maneras
diversas. A veces, asociándonos circunstancial e
individualmente con alguna ayuda particular a quienes les
toca vivir situaciones puntuales de padecimiento, tales
como la enfermedad, el abandono de la familia, o emergencias
y desastres naturales. Otras, organizando cuidadosa e institucionalmente
los mejores canales para que la generosidad de la comunidad
llegue a quienes esperan y necesitan su gesto fraterno de
cercanía y aliento.
Pero el modo más hondo de la solidaridad lo alcanzaremos
cuando ella llegue a ser en cada uno de nosotros, tal como
decía Juan Pablo II en "Sollicitudo rei socialis",
una auténtica virtud moral: "la determinación
firme y perseverante de empeñarse por el bien común,
es decir, por el bien de todos y cada uno, para que todos
seamos verdaderamente responsables de todos". En este
sentido nos llevará a estudiar, analizar y denunciar
las causas que provocan tanta pobreza y exclusión,
y generar mayor conciencia social de lo que acontece en
nuestra realidad. Pero no solamente al modo de quien hace
"causa" con los pobres y excluidos sino en virtud
de esa relación personal, fraterna y solidaria, que
ha de brotar siempre por el simple hecho de ser miembros
de la misma familia humana. La virtud de la solidaridad
nos fortalecerá, sobre todo, en la capacidad de reconocer
y valorar la dignidad compartida, alentando ese "estar
con" el otro, el prójimo, el hermano, compartiendo
el mismo destino y llegando a vivir como propias sus dolencias
y necesidades.
En el mundo de hoy, el individualismo es cada vez más
fuerte. Su tesis de fondo es que el individuo se puede realizar,
puede ser feliz (tener cosas, gozar de la vida…) sin
los demás. No sólo persigue una quimera sino
que es profundamente inhumano. Por eso es tan importante
que tomemos conciencia de que nuestra acción personal,
incluso la más humilde y discreta, en la medida en
que reafirma el modo fraternal y comunitario de convivencia,
es un aporte precioso al crecimiento de los vínculos
y solidaridad en toda la comunidad.
Que la Virgen María, que vivió, y vive hoy
en la bienaventuranza, con un corazón abierto al
servicio de los demás sea la luz que guíe
e ilumine nuestro caminar.
La
realidad del continente nos desafía a trabajar por
la unidad, la justicia y la equidad
|
Julio de 2007
A medida que transcurre
nuestra vida de fe y de misión como miembros de la
Iglesia, el Señor nos va revelando su voluntad y
nos sorprende, invitándonos a recorrer senderos nuevos,
a transitar caminos ciertamente impensados para nosotros.
Y espera que no nos detengamos en la respuesta a ese llamado,
que avancemos con la confianza de sabernos guiados y acompañados
por su infinita misericordia.
Una vivencia que me conmovió profundamente en este
último tiempo, fue conocer de cerca la dura realidad
del pueblo haitiano. Un pueblo sumido en la marginación
y en la pobreza que, sin embargo, procura sobrevivir cada
día, apoyándose en su dignidad y en su esperanza.
Agradezco al Señor por haberme concedido esta gracia
junto a hermanos de toda la Región, en el marco del
III Encuentro Continental de Pastoral Social-Cáritas
y XVI Congreso Latinoamericano y del Caribe. Y fue en el
marco de este encuentro que descubrí que El me reservaba
un nuevo desafío: suceder a mi querido hermano Mons.
Gregorio Rosa Chávez, obispo auxiliar de San Salvador,
en la presidencia de Cáritas Región América
Latina y el Caribe.
El primer pensamiento que me surgió ante esta nueva
misión fue responderle con un renovado Sí
a Él y a su Iglesia. La acepto desde la confianza
en Él, pero también desde el reconocerme como
un eslabón más en una extensa cadena de compromisos,
integrada por tantos hermanos y hermanas a lo largo y ancho
de nuestro continente.
Llego a este espacio con el corazón abierto y disponible,
con el deseo ferviente de trabajar por la integración,
la unidad y la comunión en la Región, aportando
también lo que pueda para ahondar en lo que significan
la identidad y la misión de Cáritas.
Por otra parte, siento que se trata de un tiempo de gracia
para toda Cáritas Argentina, más allá
de mi persona. Por eso, quiero invitarlos a transitar juntos
esta nueva etapa. Y les pido que se sumen por "partida
doble". En primer lugar, a través de la oración.
En segundo lugar, renovando ese sabernos parte integrante
de este maravilloso "continente de la esperanza",
para acrecentar nuestra sensibilidad interior, para fortalecer
nuestra solidaridad con otras situaciones de pobreza, similares
o mayores que las que afrontamos en nuestro país,
y que siguen condicionando el derecho a una vida digna de
tantos pueblos de la Región.
Creo profundamente que el Señor nos está invitando
a vivir de manera muy intensa y comprometida este tiempo,
extendiendo la mirada para ver más allá de
nuestras propias fronteras. Uno de nuestros objetivos comunes
en Cáritas es alcanzar una mayor equidad y, para
lograrla, es necesario reconocer, visualizar e indagar acerca
de las causas que provocan la pobreza y la exclusión.
Esto nos lleva a abordar un desafío permanente: observar
los signos de los tiempos desde una mirada evangélica,
porque es a través de esos signos que Dios nos va
hablando y nos va reclamando nuestra respuesta de discípulos.
Con la confianza puesta en Nuestra Señora de Guadalupe,
patrona de América, pidámosle que siga acompañando
nuestros pasos, para que junto a las demás Cáritas
de la Región sigamos trazando huellas, llevando la
Buena Noticia del Amor a todos los pueblos del continente.
Que
la vida digna de todos y para todos
sea nuestro compromiso
| Junio de 2007
Queridos
amigos y amigas, va un cariñoso saludo en el Espíritu
de Pentecostés, unido a la oración para que
el "Dulce huésped del alma" renueve en
todos la alegría de ser discípulos de Jesús,
y nos fortalezca en el testimonio de su Evangelio de verdad
y de amor. En este mes de junio, con motivo de nuestra Colecta
Anual, salimos al encuentro de toda la sociedad con un mensaje
que es fruto de una serena reflexión institucional,
a partir de la realidad que vivimos.
Gracias a Dios, los pasos dados en nuestro país en
estos últimos años han sido de una progresiva
recuperación que se manifiesta, de manera especial,
en la mejoría económica general. Hoy parece
lejano el drama y virulencia de la crisis vivida a fines
de 2001. Sin embargo, necesitamos preguntarnos todos: la
recuperación económica en la Argentina, ¿ha
significado un crecimiento de todos y para todos? Sin pretender
criticar a nadie, con mucha honestidad tenemos que responder
que no. Porque en nuestra realidad de país es aún
enorme la población que día a día sigue
luchando por su supervivencia. En consecuencia, es importante
que no nos instalemos en la complacencia de una mejoría
general. Alegrémonos por ella, por supuesto, pero
que sea trampolín para seguir luchando por una mayor
justicia y equidad.
"Si JUNTOS nos comprometemos", podremos revertir
progresivamente esta situación, porque entendemos
que un verdadero desarrollo significa crecimiento y vida
digna para todos, con acceso a la educación, a la
salud, a la vivienda, al transporte, al trabajo. A la posibilidad,
sobre todo, de desplegar las propias potencialidades, que
hacen que una persona o una familia pueda ser protagonista
y artífice de su propio destino. Y este crecimiento
no se logra únicamente desde la economía;
supone un mayor compromiso de todos y todas: estado y sociedad
civil, varones y mujeres, docentes y alumnos, esposos y
esposas, padres e hijos, empresarios y obreros.
Por la experiencia acumulada en estos 50 años acompañando
a las comunidades más pobres, en Cáritas sabemos
muy bien que, en la medida en que uno abre su mente y corazón
para ver y comprender situaciones de tanta desventaja para
encarar la vida, uno se vuelve más generoso en todo
sentido.
La Colecta de Cáritas es una ocasión propicia
para generar mayor conciencia social y fraterna y, al mismo
tiempo, para asumir un mayor compromiso. Ambos, conciencia
y compromiso, son necesarios. Porque una conciencia que
sólo toma conocimiento del drama de tantos hermanos
y hermanas y no desemboca en el compromiso personal, sería
como una rueda que gira en el aire: al no "morder tierra",
no avanza. El Espíritu de Pentecostés, Espíritu
de sabiduría y consejo, nos alienta, en cambio, a
descubrir cuál ha de ser nuestro aporte para construir
una sociedad con mayor equidad y justicia desde la fuerza
transformadora del amor. Y así nuestro lema será
realidad: "Si JUNTOS nos comprometemos, crecemos TODOS".
Una
vida digna supone mucho más que sobrevivir
| Mayo de 2007
Quiero
aprovechar esta oportunidad de encuentro para saludar de
manera especial en este mes a los trabajadores y trabajadoras
de nuestro país. Particularmente, deseo expresar
mi solidaridad con aquellos hombres y mujeres de nuestros
barrios que, aún padeciendo situaciones de pobreza
y exclusión, se esfuerzan día a día
en la búsqueda de oportunidades que les posibiliten
el acceso a una vida digna. Muchos de ellos, son jóvenes
y adultos que, a pesar de sus saberes, oficios y ganas de
salir adelante, a menudo les queda, únicamente, la
ardua y fortuita posibilidad de encontrar una changa, obtener
un trabajo temporario o acceder a un plan social o a un
subsidio.
Esta realidad me lleva a pensar que en algunos sectores
de nuestra sociedad aún nos falta tomar conciencia
sobre lo que significa la dignidad de las personas. A veces,
pareciera que con tener esa "changuita" o un plan
asistencial, y alimentarse en un comedor comunitario alcanza
para dejar de ser excluido o excluida. Pero sabemos que
la posibilidad real de desarrollo de estos hermanos y hermanas
nuestras sigue siendo lejana. Creo que nos falta mucho por
andar, y mirando hacia adelante, siento que es deber y derecho
de cada uno el asumir una práctica responsable de
nuestra ciudadanía, para que el proyecto de erradicar
la pobreza y posibilitar la vida digna y el crecimiento
de todos, no sea solamente un buen propósito sino
un camino posible, verdadero y sustentable.
Por otra parte, pienso también en el momento histórico
que atravesamos como país, y me preocupa cómo
esta realidad de pobreza y falta de oportunidades convive
junto al mejoramiento de los índices macroeconómicos.
Veo que la brecha entre quienes tienen en abundancia y quienes
carecen de lo necesario sigue siendo muy grande, y me pregunto
cómo se están distribuyendo las riquezas en
el país.
Es por eso, amigos y amigas, que los invito en este mes
de mayo, tiempo de historia y compromiso en el que también
celebramos el surgimiento de nuestra Nación, a aprovechar
la posibilidad que la democracia sabiamente nos ofrece para
reflexionar juntos sobre la marcha de nuestras acciones
y preguntarnos nuevamente qué sociedad queremos ser.
Desde Cáritas, y como Iglesia, asumimos esta tarea,
creyendo en la ayuda de Dios, en el compromiso perseverante
de todos y de cada uno y, de manera especial, en el protagonismo
de los mismos pobres en los espacios de participación
y decisión, ya que el ejercicio de la ciudadanía
es también un sinónimo de inclusión
social.
Para finalizar, quiero junto con ustedes, pedirle al Padre
que en este tiempo en el que celebramos la V Conferencia
del Episcopado Latinoamericano que tiene lugar en Aparecida,
Brasil, nos ilumine con su Espíritu, para que como
Iglesia que camina en América, nos sintamos llamados
a ser signo del Amor preferencial de Dios por los pobres
en la vida de nuestras comunidades.
Vivamos
como testigos de Jesús Resucitado
|
Abril de 2007
Aleluya! Jesucristo
ha resucitado! Feliz Pascua de Resurrección para
todos y todas!
Con este saludo fraterno, lleno de renovada esperanza, quiero
compartir con ustedes y con todas las Cáritas de
Argentina la alegría profunda de estar celebrando,
en Cristo y por Cristo Resucitado, el triunfo del amor y
de la vida. Esta certeza de nuestra fe, que supera todo
lo que humanamente podríamos esperar, es y será
siempre el fundamento que sostiene nuestra vida cristiana
y la construcción de su Reino de paz, de justicia
y de amor.
Adentrarnos en el misterio Pascual de Jesús es, además,
el único camino para no desanimarnos ni rendirnos
frente a tantas situaciones difíciles y dolorosas
que nos atraviesan el corazón y que suelen generar
un pesado sentimiento de impotencia. Situaciones "pequeñas"
de desencuentros y peleas, incomprensiones y rencores en
el ámbito personal y familiar. Situaciones "enormes"
de marginación y pobreza, injusticia y emergencias
en el ámbito comunitario y social. ¡Cuántas
veces brota en nuestro interior ese grito punzante de la
impotencia transformada en pregunta: "¿qué
puedo hacer?"!. Cuántas otras quedamos sumergidos
en un silencio profundo ante la realidad que nos supera.
Pocos días atrás viví intensamente
ambos: pregunta y silencio. Con motivo del III Encuentro
Continental de Pastoral Social-Cáritas y XVI Congreso
Latinoamericano y del Caribe de Cáritas, junto a
miembros de todas las Cáritas de América,
pude entrever parte de la realidad que vive el pueblo de
Haití, el país más pobre del continente.
Cruzar la frontera desde República Dominicana, atravesar
la ciudad de Puerto Príncipe y recorrer los 180 kms.
hasta Les Cayes, donde se realizó el Encuentro, me
provocó una tremenda conmoción interior. ¿Cómo
encontrar el camino que procure una vida digna a tantos,
¡tantos hermanos y hermanas! que, al borde de caminos
destrozados, entre montañas de basura acumulada por
las lluvias, sin agua corriente, ni cloacas, ni alumbrado
público, con mercaditos improvisados de compraventa
o trueque de productos elementales del campo, viajando como
ganado en la caja de camionetas o en camiones, teniendo
como principal recurso para sobrevivir la propia salud y
fortaleza física, van peleando cada día contra
la marginación y pobreza?
Sin ir tan lejos, el drama de las inundaciones en varias
provincias obligó nuevamente en nuestro país
a miles de familias a tener que dejar sus casas. ¿Podría
haberse evitado perder en horas el fruto de tantos años
de sacrificios y trabajos? ¿Cómo recomponer,
además de la casa, el ánimo golpeado?
Si el odio y la injusticia hubieran sellado para siempre
la tumba de Jesús el Viernes Santo, nuestro destino
fatal no sería otro que acostumbrarnos a vivir en
la impotencia del crucificado... en la pregunta del "¿por
qué nos has abandonado?"... en el silencio de
la muerte... Pero algo inaudito aconteció! Ese silencio
paralizante y mortal fue roto definitivamente por la respuesta
del amor poderoso del Padre: JESUS RESUCITÓ! Y con
El también nosotros!. Y por la acción del
Espíritu que nos apropia la Pascua del Maestro, somos
transformados de tal manera que nuestra nueva vida en Cristo
es vocación y misión a ser hoy palabra profética
de fraternidad, servicio y amor.
Y aunque nos sigan acechando sentimientos de impotencia,
o preguntas sin fáciles respuestas, o silencios de
perplejidad ante situaciones que nos superan, la Pascua
que celebramos nos regala certezas más hondas que
confirman para siempre el sentido y fecundidad de nuestro
compromiso cotidiano en Cáritas: Dios desacreditó
la violencia, el pecado y la muerte y acreditó a
Jesús como Camino de amor que nos hermana, Verdad
que libera de toda opresión y Vida abundante que
dignifica a todos y todas. Con el Resucitado podremos encontrar
caminos nuevos que expresen la entrañable y generosa
fraternidad con los pobres y entre los pueblos del continente
y del mundo.
¡Cuaresma!
Ahondemos con nuestros pasos las huellas de esperanza que
Jesús inició para todos
|
Marzo de 2007
Es una gran alegría
para mí reencontrarnos a través de nuestro
boletín Huellas de Esperanza. En este nuevo año
que ya hemos comenzado, estoy cierto que Dios nos irá
llevando por caminos ya conocidos y transitados y, al mismo
tiempo, por nuevos desafíos para seguir creciendo
como personas, discípulos de Jesús, hermanos
y hermanas de todos, especialmente de los más pobres.
Cuando estas líneas les lleguen, estaremos viviendo
una nueva Cuaresma. Tiempo ya conocido de preparación
a la Pascua, pero siempre tiempo nuevo y privilegiado de
conversión. Como cristianos, de alguna manera "detenemos"
un poco la marcha. Jamás para instalarnos. Todo lo
contrario. Para dejarnos "cuestionar" por el amor
de Jesús que nos vuelve a invitar a creer en El,
a refundar en su Evangelio nuestro camino y esperanza, a
dar testimonio cotidiano del amor con nuestros gestos, palabras,
opciones y compromiso con y por los demás. Es tiempo
para dar muerte al hombre viejo y renacer con Cristo en
su Pascua a la alegría de la vida nueva y plena que
sólo en El encontramos.
Seguir los pasos de Jesús
Desde nuestra misión en Cáritas, el llamado
a abrir el corazón supone afinar el oído interior
para volver a escuchar en el hoy de nuestra historia su
invitación a seguirlo, ahondando con nuestros pasos
esas "huellas de esperanza", fecundas y transformadoras,
que El mismo abrió de una vez y para siempre para
todos los hombres. Porque Jesús vino a sanar las
heridas, a contener a los corazones afligidos, a denunciar
todo aquello que daña la vida, en cualquiera de sus
formas. Vino a dignificar a cada persona, a defender a los
más pequeños, a los más pobres, a quienes
no se pueden valer por sí mismos. Vino para desarticular
esas enemistades y divisiones que nacen del pecado humano
y que nunca son queridas por Dios. Como dice San Pablo,
"vino a hacer de todos una sola familia, un solo pueblo",
reconciliándonos en el amor. Vino, sobre todo, para
que todos podamos experimentar que somos incondicionalmente
amados por El.
"Nobleza obliga... amor con amor se paga", decía
Santa Teresa. Por eso es que nuestra labor en Cáritas
no es otra que continuar y hacer presente con la palabra
y el testimonio el Reino que Jesús comenzó.
Todo lo nuestro ha de entrar en esa construcción.
El camino recorrido y el que falta recorrer. Nuestro modo
de relacionarnos con los demás, sumando experiencias,
aprendizajes, éxitos... y también fracasos.
La creciente toma de conciencia de nuestros propios límites
y debilidades, talentos y carismas. Incluso la enorme diversidad
que constatamos entre nosotros, lejos de ser obstáculo
es riqueza que ha de aportar, en el mismo palpitar de la
fe, al afianzamiento de la unidad plural y variada de todo
el género humano.
A modo de ayuda para transitar esta Cuaresma les propongo
reflexionar humilde y sinceramente en torno a esas preguntas
fundamentales que no siempre nos hacemos: ¿Quién
soy? ¿Qué estoy generando, creando con mi
propia vida? ¿Por qué vivo de esta manera
y no de otra? ¿Quién cuenta conmigo? Respondernos
estos interrogantes, de la mano de Jesús, nos ayudará
a reencontrar con mayor hondura el rumbo de nuestra existencia
y a recibir con apertura de corazón los nuevos desafíos
e invitaciones que el Señor nos haga.
Van mis mejores deseos y el compromiso de mi oración
para que vivamos todos una fecunda y santa Cuaresma.
Navidad:
"desmesura" del amor de Dios que derriba los límites
de nuestro "mesurado" amor
|
Diciembre de 2006
Adentrándonos en
el tiempo de Adviento, distintos signos y gestos van adornando
nuestras casas, comunidades y barrios, anunciando la gran
celebración del nacimiento del Hijo de Dios. Es como
si poco a poco nos fuéramos acercando a Belén.
Y junto a los demás peregrinos que acuden también
a contemplar a Dios hecho Niño, nos disponemos a
dejarnos sorprender nuevamente por la inmensidad de su amor
que supera toda comprensión humana.
Este extremo de entrega y de cercanía de Dios con
respecto a la humanidad nos enseña el rumbo y contenido
del verdadero amor: aprender a ponernos en el lugar del
otro para emprender juntos caminos de liberación,
crecimiento y fraternidad. Cuando este aprendizaje se va
afianzando en cada uno de nosotros... todo cambia! Cualquiera
que esté a nuestro lado puede ser inmediatamente
visto, valorado y tratado como hermano o hermana. Y al asumir
su realidad como parte de mi realidad, se afianzan y renuevan
también los vínculos sociales.
Por todo esto, la Navidad nos hace siempre tanto bien porque
al beber en la "desmesura" del amor de Dios podemos
superar la "mesura" en que solemos achicar nuestro
propio amor. No se trata sólo de dar "algo"
de nuestro tiempo o de nuestros bienes. En realidad en el
niño de Belén descubrimos que se trata de
"algo" mucho más hondo, que no anula la
generosidad del compartir sino que la lleva a su hondura
más plena: se trata, sobre todo, de darnos a nosotros
mismos.
Proyectar un futuro para todos
En este tiempo muchos de
nosotros intentamos hacer un balance de lo vivido en el
año que termina. E incluso comenzamos a hacer propósitos
para el nuevo año que comienza. En este proceso de
recuperar la vida y de fijarnos nuevas metas procuremos
también abarcar proyectos que nos involucren a todos
como sociedad, aunque parezca utópico o demasiado
grande. Sobre todo que en nuestro horizonte personal esté
seguir trabajando siempre por el acceso de todos a una vida
digna, a oportunidades de desarrollo, a la participación
ciudadana plena.
Y que al expresarnos mutuamente los buenos deseos, podamos
expresar también con ellos nuestra voluntad y compromiso
de construir una sociedad mejor, con honestidad y con el
esfuerzo cotidiano de cada uno. En este sentido, quisiera
agradecer de modo especial la tarea silenciosa de miles
de personas, entre ellas muchos voluntarios que perseverantemente
testimonian su compromiso con el prójimo a través
de distintos proyectos de promoción humana y ciudadanía.
Cada uno de ellos, sus familias y comunidades, van sembrando
una esperanza |