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La historia de Cáritas es una historia de compromiso profundo y objetivos claros, pero también es una historia de adaptación constante a los tiempos que vivimos. En el camino que se va trazando, las distintas iniciativas y proyectos realizados nos aportan numerosos aprendizajes.

Comprometidos cada día más con la transformación de la realidad, enfrentamos el desafío de mirar nuestra acción, aprender de ella y fortalecer todo aquello que nos permita seguir avanzando hacia la construcción de la civilización del amor que Jesús nos propone.

Reflexiones de Fernando María Bargalló
Presidente de Cáritas Argentina - Obispo de Merlo-Moreno

Mons. Bargalló comparte la experiencia vivida luego del viaje realizado a la zona del terremoto
Sentir como propio el sufrimiento de nuestros hermanos y hermanas de Haití | Marzo de 2010
Retomo hoy este espacio de encuentro que nos brinda el Boletín “Huellas de Esperanza” para reflexionar juntos, a la luz del Evangelio, lo que vamos viviendo como sociedad, como Iglesia y también como Cáritas. Quiero compartir con ustedes mi experiencia de la grave situación que está viviendo el pueblo haitiano a raíz del terremoto ocurrido el pasado 12 de enero. Como suele suceder, los medios de comunicación social ya casi no se ocupan del tema. No obstante ello, hemos de tomar clara conciencia que el impacto devastador de este terremoto sigue y seguirá afectando por muchos años a nuestro hermano pueblo de Haití, cuya dolorosa realidad de postergación se ha agigantado trágicamente en un abrir y cerrar de ojos.

Hace algunas semanas viajé a Haití con integrantes de Caritas Internationalis y de la Región Cáritas América Latina y El Caribe, a fin de expresar nuestra cercanía y solidaridad y acompañar de cerca la intensa tarea que Cáritas Haití viene realizando desde el primer instante en las zonas afectadas (Puerto Príncipe, Leoganne y Jacmel) y, pasadas las dos primeras semanas, también en el resto del país afectado por el aluvión de migrantes internos que buscan refugio y asistencia en otras ciudades y poblados.

Es difícil describir lo vivido esos días. La conmoción interior que me provocó la situación de miles y miles de refugiados instalados en inmensos campamentos precarios en cada espacio público y ver el escombro de las incontables casas y edificios derrumbados, se transformó inmediatamente en un agudo dolor y profunda compasión en Cristo. Compasión no entendida como lástima sino como vibración interna de sentir como propio el dolor de este pueblo… Misterio del Cuerpo Místico: si un miembro sufre, sufre todo el cuerpo!

Muchos otros sentimientos e interrogantes me fueron surgiendo a partir de lo que iba viendo, escuchando, y prácticamente tocando con la propia mano y el corazón. ¿Cómo procesar interiormente tanto dolor de hermanos y hermanas? ¿En qué lugar privilegiado de mi corazón ubicar su padecimiento de modo que al regresar las tareas cotidianas no lo taparan ni impidieran recordarlo fraternal y solidariamente? Y, sobre todo, desde el espíritu de comunión ¿cómo discernir con audacia y generosidad el apoyo y ayuda que nuestra Cáritas Regional ha de aportar al difícil camino que le queda por delante a Cáritas Haití?

Camino difícil con muchos y diversos desafíos. El primero, junto a tantísimas otras organizaciones internacionales, sociales y humanitarias, consiste en seguir respondiendo a la emergencia, siendo un eslabón más en la cadena de atención médica a los heridos y procurando contener las necesidades básicas: el agua, el refugio, el alimento. Luego, la etapa de reconstrucción, no sólo edilicia sino también social, económica y psicológica. Cáritas Nacional Haití, y la red de sus Cáritas diocesanas, como le pasaría a cualquier Cáritas en el continente, se siente y se sabe desbordada ante la magnitud de la tragedia. Pero no baja los brazos ni se desespera. Asume el desafío de fortalecer su estructura, organización y la capacitación de sus integrantes para que esta tremenda experiencia de dolor ahonde el sentido y eficacia de su servicio evangélico hacia los demás, especialmente hacia los más pobres. Como Cáritas América Latina y El Caribe, y en coordinación con Cáritas Internationalis, hemos ofrecido y ya estamos brindándole diversas ayudas y formas de acompañamiento para responder a dichos desafíos.

Compartir la vida cotidiana con quienes padecieron el terremoto, me tocó y afectó profundamente por tanto sufrimiento pero, al mismo tiempo, me ayudó a crecer al percibir cuánta esperanza y deseos de salir adelante palpita en sus corazones. Me impresionó mucho la fortaleza interior de todos los agentes pastorales de Cáritas Haití. Ellos también fueron afectados por el terremoto con la pérdida de sus propias viviendas o la muerte de algún familiar, amigo o conocido. A pesar de ello, lejos de quedarse en la posición de quienes han de ser auxiliados, están dando todo de sí en el servicio a los demás. Su enseñanza para todos es enorme. Nos impulsan a reconstruir la propia escala de valores, a no sobredimensionar las dificultades cotidianas de la vida y a no instalarnos en la queja estéril. Cuando compartimos el sufrimiento de otros aprendemos, además, a valorar y agradecer tantos dones y situaciones de vida que nos parecen “normales” pero que, en realidad, podríamos perder de la noche a la mañana.

Que María de Guadalupe, patrona del continente, bendiga y proteja al pueblo de Haití y nos ayude a todos a transitar este tiempo de Cuaresma con amor y especial solidaridad hacia quienes, viviendo muy cerca nuestro, esperan nuestra mano tendida y fraterna. Ese será un signo concreto de nuestra conversión a Cristo y a su Reino.

En el momento de escribir la nota editorial no había acontecido el tremendo terremoto que golpeó a nuestro hermano país de Chile.

“Nos sentimos unidos al profundo dolor que están viviendo nuestros hermanos y hermanas chilenos. Durante estos días nos comunicamos con Cáritas Chile para brindarles nuestra cercanía y ponernos a disposición para colaborar en lo que necesiten, confiando que Jesús transforme nuestra solidaridad en signo de esperanza y de presencia amorosa en medio de tanto sufrimiento”, expresó Mons. Fernando Bargalló, al referirse al sismo ocurrido en la madrugada del sábado 27 de febrero.

¡Navidad! Jesús hace posible la Esperanza | Diciembre de 2009
Hace pocos días comenzamos a transitar el Adviento, tiempo litúrgico en el que la Iglesia nos propone revisar nuestro interior con sinceridad y valentía en orden a preparar un corazón bien dispuesto para recibir al Niño Dios en la próxima Navidad. Es un tiempo de conversión y de gracia, de renovación profunda de la mirada y de las actitudes que hemos de asumir como hijos e hijas de este Padre Dios que nos sorprende entregándonos a su Hijo hecho hombre y nacido de María en la pobreza del establo de Belén. Cada Navidad, siendo la misma por el misterio que celebramos, es al mismo tiempo diferente por el contexto en que vivimos. Sería bueno entonces que nos preguntáramos hoy ¿qué nos quiere decir Dios en esta Navidad?

Por un lado, como sociedad, no deberíamos olvidar que la Navidad sin Jesús no es Navidad. Procuremos armar en casa un pesebre y démonos tiempo para contemplar en silencio a quien celebramos como recién nacido. La fragilidad del niño en el pesebre nos impulsará a mirar a nuestro alrededor, con ojos nuevos y con un corazón abierto, la realidad de tantos otros niños y niñas que, como Él, nacen en condiciones de extrema pobreza, olvidados por gran parte de la sociedad, y cuyas familias luchan por superar el estigma de la exclusión que marca a fuego su situación de dolor. Al asumir el lugar del más pobre y pequeño, Jesús quiere conmovernos al punto tal de erradicar de nuestra vida toda tentación de indiferencia y pasividad. Y nos empuja a brindarnos solidariamente para generar oportunidades que ayuden a tantos hermanos y hermanas a salir adelante, animándose a soñar un futuro diferente.

Por otro, como cristianos y miembros de Cáritas, hemos de centrarnos en el verdadero sentido del nacimiento de Jesús en Belén. Dios viene a nosotros para regalarnos su amor y su misericordia. La gratuidad de su iniciativa nos desborda y nos llena de esperanza. Su cercanía es expresión de su Alianza definitiva con la humanidad. Jesús jamás nos defrauda. Está atento a nuestras necesidades, nos escucha, comprende y perdona, y nos anima cada día a retomar la senda sin bajar los brazos. Al hacernos hijos de su mismo Padre, quiere que también nosotros reflejemos su ternura a través de los gestos, las actitudes y las palabras. Quiere que siguiendo sus pasos como verdaderos discípulos, salgamos al encuentro de quienes sufren para ser en sus vidas bálsamo y alivio de fraternidad y de amor.

Termino esta reflexión destacando el trabajo silencioso e incansable que llevan adelante miles de voluntarios y voluntarias en todo el país, tanto en Cáritas como en otras instituciones y organizaciones. Su testimonio de cercanía y solidaridad es un modo real, visible y palpable, de hacer presente la amorosa preocupación de Dios por sus hijos más vulnerables. Que ningún contratiempo o dificultad haga disminuir el entusiasmo con que llevan adelante su tarea. Y que en los momentos en que abruma la sensación de impotencia ante tanta inequidad social, encuentren la fortaleza en quien nos prometió acompañarnos siempre por el camino del bien: “Yo estaré con ustedes todos los días hasta el fin del mundo” (Mt. 28, 20).

Porque Jesús hace posible la Esperanza, les deseo a todos y a todas una muy feliz Navidad… y que en el nuevo año que comienza podamos alcanzar juntos la paz y la unidad que tanto anhelamos como sociedad.

“Somos hermanos…” Seamos siempre presencia viva de la Iglesia entre los pobres | Noviembre de 2009
Con los obispos argentinos afirmamos que en nuestro país "existen hondos deseos de vivir en paz y en una convivencia basada en el entendimiento, la justicia y la reconciliación". En la declaración "Somos hermanos, queremos ser Nación", que elaboramos en el marco de la 98° Asamblea Plenaria del Episcopado, expresamos con pesar que "sin embargo, percibimos un clima social alejado de esas sanas aspiraciones de nuestro pueblo".

Ahora bien, si coincidimos en el anhelo sincero y profundo de alcanzar una sociedad justa, en la que podamos convivir en armonía y la vida digna no sea un privilegio de pocos sino un derecho para todos y todas, ¿qué nos impide lograrlo? ¿somos acaso víctimas de un embrujo inevitable? Nada de eso. No cabe duda que, como país, estamos inmersos en una compleja "crisis cultural, moral y religiosa". ¿Qué podemos hacer, cada uno de nosotros, para mitigar esta crisis y ayudar a concretar aquel deseo? ¿Cuál será nuestro aporte en vistas a un Bicentenario "en Justicia y Solidaridad, sin pobreza ni exclusión, sin enemistades ni violencias"?

A la luz de nuestra misión en Cáritas, necesitamos reflexionar para discernir de qué manera podemos multiplicar los talentos que el Señor nos confió, en el desafío de ser presencia viva de la Iglesia en medio de los pobres.

Sabemos que la vida cristiana no surge de una mera decisión ética o moral, sino del encuentro con Jesús que conquista nuestro corazón y le da un nuevo horizonte a nuestra vida. Estoy seguro que todos vamos descubriendo que cuando crece la intimidad y amistad con Jesús, no sólo reconocemos mejor su llamado sino que nos ponemos gozosamente en camino tras sus huellas. Y en este seguimiento, el Maestro nos va contagiando sus mismos sentimientos, su amorosa predilección hacia los hermanos mas pequeños y desamparados. Porque, lo sabemos también, nuestra fe en Jesús quedaría renga si no nos llevara a la opción preferencial por los pobres. El nos empuja a ir a su encuentro con cercanía fraterna, acrecentando nuestro amor y responsabilidad para con ellos.

Afirmados en esta convicción, somos conscientes que nuestra misión como Cáritas no consiste tanto en "dar", sino en "darnos" a nosotros mismos como don al hermano y descubrir junto a él que la fuerza del amor es circular. Al tiempo que nos damos, recibimos; al tiempo que ayudamos a crecer, crecemos también porque aprendemos de los demás; al tiempo que consolamos salimos fortalecidos por la firme esperanza que nos testimonian los humildes y sencillos. Y si en algún momento las dificultades cotidianas nos confunden al punto de sentir que no estamos seguros acerca del rumbo de nuestro servicio, sería bueno que nos preguntemos: ¿favorezco el protagonismo de los pobres con el granito de arena de mi trabajo en Cáritas? ¿promuevo de algún modo la vida digna y plena de mis hermanos más excluidos? ¿soy testimonio del amor gratuito e incondicional de Dios?

Buscar con Jesús las respuestas a estas preguntas, nos ayudará a reorientar nuestro compromiso de amor y nos renovará interiormente para seguir adelante, confiados en que El camina siempre a nuestro lado y está presente en el rostro de cada hermano necesitado.

Priorizar el bien común, clave para erradicar la pobreza
Existe en nuestro país una realidad concreta y palpable de pobreza y exclusión que reclama todo nuestro esfuerzo y compromiso para transformarla. No podemos desentendernos, ni negar su existencia. Tampoco podemos quedarnos entrampados en la discusión teórica acerca de índices y porcentajes, mientras está en juego la vida de millones de niños, jóvenes, adultos y ancianos, cuya dolorosa situación no se modifica de la noche a la mañana, por más que crezca o disminuya un determinado “guarismo”.

Sin duda, el primer paso para encontrar la solución a un problema es ver con claridad las causas que lo originan. En este caso, sería alarmante considerar que se debe sólo a una cuestión económica, porque todos sabemos que las razones de fondo son mucho más profundas: el drama de la pobreza tiene que ver con una crisis de valores y una crisis moral.

Una crisis signada por el individualismo, el egoísmo, la escandalosa concentración de riqueza y poder en unos pocos y el consecuente debilitamiento de los vínculos personales y sociales, que fueron arrastrando paulatinamente a una gran mayoría a quedar relegados al costado del camino, sin posibilidad de revertir su situación de exclusión. En Cáritas lo constatamos a diario: personas y grupos humanos que hoy no cuentan con las mínimas oportunidades que les permitan ejercer su libertad para poder elegir, para proyectar un mañana diferente, para formarse, aprender y trabajar, desarrollando sus capacidades y sus dones. El proyecto de Dios es que todos y todas puedan sentarse como hermanos en la mesa de la vida, vida digna y vida plena. Para hacerlo realidad, sin embargo, necesita de nuestro compromiso, de nuestras manos y nuestro corazón. Quiere que sigamos las huellas de su Hijo Jesús, quien en fidelidad al amor, hasta el extremo de dar la vida para que tengamos Vida, “pasó haciendo el bien” a todos, especialmente a los pobres y sufrientes, marginados por la sociedad.

Por eso, un enorme desafío que tenemos hoy como nación es aprender a renunciar a intereses meramente particulares o sectoriales y trabajar juntos en la construcción del bien común, convencidos que las estructuras justas, “condición sin la cual no es posible un orden justo en la sociedad”, nacen y funcionan “a partir de un consenso moral en la sociedad sobre los valores fundamentales y sobre la necesidad de vivir estos valores con las necesarias renuncias, incluso contra el interés personal”, como expresa el Santo Padre (Aparecida, Discurso Inaugural 4). Sin dicho consenso sobre los valores fundamentales sería ingenuo, de nuestra parte, pensar que podríamos elaborar estructuras justas en orden a que nuestros pueblos tengan vida digna y en abundancia.

Consenso, diálogo, compromiso, opción por los pobres, decisión política, sumadas a un nuevo estilo de liderazgo que priorice el bien común, son algunas de las claves necesarias para erradicar la pobreza. El 17 de este mes conmemoramos el “Día Internacional para la Erradicación de la Pobreza”. Pidámosle a Jesús que fortalezca nuestros pasos e ilumine nuestras decisiones personales y sociales, para que cada uno, desde su propia vocación, tarea o responsabilidad, y todos, desde la fraternidad que nos une, construyamos juntos, cada vez más, un país con igualdad de oportunidades para todos.

La pobreza y exclusión amenazan la vida de miles de niños y adolescentes
Uno de los muchos abordajes posibles del drama de la pobreza y exclusión consiste en reconocer la dolorosa situación que atraviesan tantos niños y adolescentes en su más tierna infancia. Justamente cuando deberían estar viviendo serenamente la etapa de la “nutrición” –de alimento, de juego, de cariño-, absolutamente necesaria en el proceso de crecimiento hacia la configuración de la propia identidad, de la pertenencia a una familia y a la sociedad, del desarrollo de los propios talentos y potencialidades, miles y miles de niños se ven forzados a padecer situaciones que no condicen con su edad y que, en definitiva, impiden su acceso al derecho inalienable de una vida digna. Flagelos como el trabajo infantil, la alimentación insuficiente, la escasez de recursos materiales y didácticos, sumados a la falta de contención y atención pedagógica, no sólo asfixian su presente sino que, además, estigmatizan su futuro.

Es claro que el problema a resolver no es sólo y meramente económico. El debilitamiento del núcleo familiar y de los vínculos afectivos, la fragilidad y desconcierto de los adultos en el modo de acompañar el crecimiento de sus hijos, la pérdida de valores fundamentales en la convivencia social, no ayudan, precisamente, a proteger el brote inocente y maravilloso de la vida de los pequeños. La ausencia de pautas claras y horizontes sanos y válidos hacia dónde orientar los pasos de quienes van creciendo son realidades que atraviesan a todos los sectores sociales. La droga, el alcohol y la violencia han pasado a ser “compañeros” de camino de muchos y muchas que, en tanta confusión ética y cultural, no encuentran un sentido concreto a sus vidas ni sueños por los cuales esforzarse y luchar.

Sin embargo, es claro también que la situación se agrava sobremanera cuando, en este contexto general, se padece la escasez de ingresos y abunda el carecer de todo. Cabe preguntarnos, como sociedad, ¿qué podemos hacer? Es más. Deberíamos todos interrogarnos, honesta y sinceramente, si hemos tomado conciencia del hecho que, a nuestro alrededor, la vida de tantos niños y adolescentes transcurre en la lucha cotidiana por la supervivencia y lejos de toda posibilidad de despegue y crecimiento personal.

Desde nuestra mirada creyente y cristiana, nos vemos interpelados a reafirmar el camino de Jesús, Maestro y Amigo, y su amor preferencial por los hermanos más vulnerables y desprotegidos. Sabemos muy bien, y eso nos alegra y anima a todos, que cada uno, en su servicio perseverante en Cáritas, está brindando lo mejor de sí para revertir esta situación y procurar que nadie quede excluido de la mesa de la vida, del amor y de la fraternidad.

En orden a aportar un granito de arena en la inclusión de todos, los obispos de la Comisión Permanente del Episcopado, en su última reunión de agosto, nos encomendaron, a Cáritas y a la Comisión Nacional Justicia y Paz, la tarea de estudiar conjuntamente una propuesta que, presentada a la sociedad, ayude en la búsqueda de un camino posible a recorrer y que garantice, a todos los niños y adolescentes en Argentina, su derecho a la vida digna.

Que a ejemplo de Jesucristo, y siguiendo sus huellas como discípulos-misioneros, avancemos juntos en la construcción de una sociedad con igualdad de oportunidades para todos y todas, donde nadie llegue al mundo condenado a nacer, vivir y morir en la exclusión.

7 de agosto, Día de San Cayetano
El trabajo plenifica al ser humano y es clave para la inclusión
Desde hace un tiempo venimos planteando con preocupación y dolor la creciente pobreza y exclusión que se advierten en nuestro país. Más allá de los porcentajes y análisis que las confirman, esta realidad se hace cada vez más evidente y, no cabe duda, la falta de trabajo es una de las principales causas que hoy deja a miles de familias y a comunidades enteras relegadas al costado del camino, imposibilitadas de acceder a una vida digna.

Cuántas veces, en la escucha atenta y cercana que vamos haciendo desde la misión que llevamos adelante en Cáritas junto a los hermanos más pobres, constatamos que no tener oportunidades de trabajo desgarra la vida de las personas, de las familias y de la sociedad toda. Porque quienes no cuentan con un ingreso estable, conviven con la incertidumbre de manera permanente y están imposibilitados de encarar con serenidad la vida cotidiana y desarrollar sus propias potencialidades y capacidades, en orden a sentirse protagonistas, no sólo de su crecimiento personal y familiar, sino también de aportar activamente en la construcción de una sociedad que los reconozca como tal, los valore, los proteja y los contenga.

Indudablemente, el trabajo plenifica al ser humano, restituye su dignidad dañada y es clave fundamental para que pueda reinsertarse en la comunidad de la que forma parte. Por eso, reconociendo los esfuerzos realizados para paliar el escándalo de la pobreza y la exclusión, pero frente a una realidad que persiste y aumenta, cabe preguntarnos qué necesitamos volver a proponernos como país, a fin de encontrar soluciones en el corto plazo que favorezcan la inclusión de todos y de todas. Trabajar mancomunadamente entre todos los sectores involucrados para generar nuevas y mayores oportunidades laborales, valorar el esfuerzo del trabajador a través de una remuneración justa y condiciones dignas, favorecer el acceso a la educación y a la formación, son algunas de las certezas que compartimos y deseamos como sociedad, pero que aún no logramos afianzar establemente.

Para ello, es indispensable acercarnos aún más a la realidad de quienes padecen la exclusión, sentir como propio el dolor y la impotencia del hermano que, por sus propios medios, difícilmente podrá revertir su situación. Acortar distancias y aprender a escucharnos nos permitirá superar prejuicios y desconfianzas mutuas que sólo sirven para dilatar y profundizar aún más la dolorosa realidad de los pobres. Necesitamos, entonces, recuperar el valor del diálogo en la búsqueda del bien común como camino para alcanzar consensos válidos y duraderos. Un diálogo fecundo, responsable y libre de intereses particulares, para sellar acuerdos que nos permitan construir un país con igualdad y dignidad.

Que San Cayetano, nuestro entrañable Patrono del Pan y del Trabajo, nos ilumine en esta urgente responsabilidad de reencontrarnos para trabajar juntos por el bien de todos y de todas.

Liderar en el servicio al prójimo y al bien común | Julio de 2009
Acabamos de vivir un momento cívico importante en la vida de nuestra patria. Las recientes elecciones legislativas nos permitieron, una vez más, hacer ejercicio de un derecho ciudadano que, sin duda, fortalece la democracia. Sin embargo, una de las sensaciones que nos dejan estos comicios es que quedó pendiente una discusión seria sobre los principales temas que aquejan al país. Ante la escandalosa realidad de pobreza y todas sus evidentes consecuencias, ¿qué políticas de largo plazo queremos llevar adelante para favorecer una vida digna para todos y todas en temas prioritarios como la salud, la educación, el déficit habitacional, el trabajo informal? ¿Qué actitudes esenciales necesitamos de cada uno de nosotros y de los legisladores a quienes confiamos nuestro voto?

En el último documento “Hacia un bicentenario en justicia y solidaridad”, los obispos argentinos intentamos recuperar algunos valores fundamentales que, entendemos, definen un “estilo de liderazgo centrado en el servicio al prójimo y al bien común”. Nos referimos a “la integridad moral, la amplitud de miras, el compromiso concreto por el bien de todos, la capacidad de escucha, el interés por proyectar más allá de lo inmediato, el respeto de la ley, el discernimiento atento de los nuevos signos de los tiempos y, sobre todo, la coherencia de vida”, como un decálogo que se desprende de una verdadera “mística del servicio”. Cualidades que anhelamos encontrar en nuestros legisladores, pero que también deben orientar nuestro propio caminar como integrantes activos de la sociedad en que vivimos.

Desde nuestra tarea cotidiana, viviendo honestamente la propia profesión, la vocación a la que nos sentimos llamados, realizando el trabajo de cada día con la mayor excelencia y dedicación posibles, porque la transformación requiere del esfuerzo mancomunado de todos.

En Cáritas lo vivimos a diario, en la tarea junto a las comunidades más excluidas: no existe posibilidad de crecimiento si no es con otros, viviendo la vida como servicio a los demás, porque el corazón crece y se ensancha en la medida en que lo abrimos a los hermanos. Es necesario que como sociedad tomemos mayor conciencia de la realidad de postergación de millones de hermanos y hermanas cuyo esfuerzo por ponerse de pie es enorme y, muy frecuentemente, vivido en silencio y soledad.

Necesitamos también comprender que, aunque importante y necesaria, la discusión acerca de “cuántos pobres” hay en el país, si hay más o menos que en tal o cual año, no sirve para combatir eficazmente la pobreza. Tantísima gente ha nacido y crecido en situaciones de marginación y, si no tiene una mano ni un corazón solidario que los acompañe e impulse, potenciando juntos las capacidades que cada uno de nosotros tenemos, difícilmente saldrá de la exclusión o logrará transformar su realidad.

El desafío es grande pero no imposible. Que Nuestra Madre nos guíe y nos dé la audacia, la alegría y el coraje necesarios para fortalecer este amor de misericordia, justicia y verdad y contagiarlo a muchos otros para que lo vivan también.

14 de junio - Colecta Anual de Cáritas | Edición especial - Mayo y Junio de 2009
La Colecta que realizaremos próximamente en todo el país, es un momento privilegiado en el que salimos al encuentro de toda la sociedad para redescubrir nuestra misión evangelizadora y reflexionar en comunidad. Más que un simple evento, la Colecta es un doble acontecimiento de gracia. Un evento o actividad es algo puntual, tiene su comienzo y su fin y, por decirlo de alguna manera, se agota en sí mismo. Un acontecimiento de gracia, en cambio, se va construyendo en el tiempo, tiene una historia que lo precede y una reflexión que lo sustenta, se potencia en un momento fuerte y su sentido sigue vivo y fuerte transformando la vida de las personas. En el fondo, es Dios quien lo inspira y anima.

¿Por qué decimos “doble” acontecimiento de gracia? Porque lo es para la Iglesia y para toda la sociedad. Para la Iglesia, porque nos invita a obrar y vivir como comunidad eclesial según nuestra esencia más íntima: amor de Dios hecho carne en nosotros en el amor afectivo y efectivo hacia los más pobres y sufrientes. Cuando abrimos el corazón y, desde los sentimientos de Jesús, nos metemos en el barrio y en el barro de las comunidades y familias más postergadas y excluidas, la pobreza, el hambre, la falta de vestido y, sobre todo, la marginación que impide a muchos tener un horizonte de vida y posibilidades mayores para desarrollarla, nos conmueven como a El y nos hacen prójimos de quienes esperan y necesitan nuestra mano tendida y fraterna.

Para la sociedad toda, porque el mensaje y gesto mismo de la colecta son una invitación a superar la pasiva indiferencia, evitando así desentenderse de la realidad del sufrimiento y reactivando interiormente esa capacidad que tenemos los hombres de hacernos cargo unos de otros en solidaria y generosa corresponsabilidad por la suerte de cada uno.

Es posible. Tu solidaridad transforma
Seguramente coincidirán conmigo en que se percibe una sensación fuerte de descontento y de desánimo a causa de varios males que nos aquejan como sociedad; situaciones difíciles de impotencia, de divisiones y enemistades, de crítica amarga, de aislamientos y encierros que amenazan no sólo nuestro estado de ánimo sino también la misma convivencia social. Frente a esta constatación, el lema de este año: “Es posible. Tu solidaridad transforma”, nos propone reconocer que hay caminos reales por los que avanzar en el logro del bien común.

“Es posible” apunta a romper la barrera de la impotencia ante la cual corremos el riesgo de quedar paralizados. Es posible algún cambio. Es posible que las personas cambiemos, que las instituciones y la sociedad cambien y mejoren. Ese “Es posible” es como una semilla de esperanza que despierta y afianza algo que siempre está en la entraña de nuestra naturaleza humana, y que el lema refleja en las palabras que siguen: “tu solidaridad transforma”. La tuya. La mía. La de cada uno. La de todos. Siendo una apelación directa y personal, cada uno puede recibir este mensaje como dirigido a sí mismo. Y de la respuesta alegre y contagiosa de cada uno dependerá la transformación que anhelamos. Pues al asumir y realizar actos de interdependencia, vinculación y fraternidad, la solidaridad se va afianzando siempre más hasta llegar al grado de verdadera virtud moral y principio social ordenador.

Compartir nos hace bien
En el remate del lema: “compartir nos hace bien”, ese “nos” es clave. Nos hace bien a todos. Es un “nos” incluyente, un “nos” de caminar juntos. Es bueno recordarlo: los dones espirituales o materiales compartidos, no sólo le hacen bien al que los recibe sino también a quien los comparte. La corriente que se genera es positiva y preciosa pues todos crecemos como personas y como hermanos.

Experiencias dolorosas vividas en el pasado nos han enseñado qué importante es salir del encierro de la propia soledad y juntarnos con los demás para superar la angustia de haber perdido el trabajo o el sufrimiento provocado por situaciones adversas. Compartir con otros, en las buenas y en las malas, permite encender siempre alguna nueva luz y abrir caminos de crecimiento, consuelo, fiesta y creatividad.

Por todo lo dicho, el próximo 14 de junio, solemnidad de Corpus Christi, los invito especialmente a vivir la gracia de la Colecta de Cáritas, sabiéndonos protagonistas de una misión que no puede esperar: dar testimonio de nuestra comunión eclesial y construir una sociedad con mayor justicia y equidad.

Hacia la XVI Asamblea y Encuentro nacional de Cáritas Argentina | Abril de 2009
Nos encontramos próximos a vivir, como familia de Cáritas, un momento muy especial: la XVI Asamblea y Encuentro nacional que tendrá lugar en la ciudad de Mar del Plata entre el 1° y el 3 de mayo. Un espacio de encuentro que compartimos cada tres años, para celebrar la fe y la Vida, reconociendo la acción de Dios en la historia, y en Cáritas como parte de esa misma historia. Un momento clave, además, porque verán la luz las nuevas líneas pastorales que marcarán nuestro rumbo en los próximos tres años. Líneas que, en el marco de la Caminata institucional, se fueron amasando en cada capilla, parroquia y diócesis del país y hoy son el fruto maduro del servicio, la reflexión y el compromiso cotidiano de miles de voluntarios.

El desafío no es menor: imprimirle novedad a nuestra labor junto a las comunidades más pobres, con la mirada puesta en la realidad, pero siempre desde la mística de Jesús, la del amor profundo por el ser humano y por todo el ser humano. Como señala el Papa Benedicto XVI, “las formas han cambiado pero el fondo no” y así lo sintetiza: “en la comunidad de los creyentes no debe haber una forma de pobreza en la que se niegue a alguien los bienes necesarios para una vida decorosa” (Deus Caritas Est, n. 20). Ahora bien, ¿cuáles serían esos “bienes necesarios” para alcanzar una vida decorosa, es decir, una Vida Digna? Para acercarnos a una respuesta, quiero compartirles parte de una reflexión que el R.P. Jorge Arturo Chavez o.p. realizó en un encuentro latinoamericano, donde afirmó que hay vida digna para las personas cuando en la comunidad en que viven se respetan tres valores fundamentales: el sustento de la vida, la estima y la libertad.

En primer término, el sustento de la vida como tal y la posibilidad de enriquecerla, desarrollando las propias potencialidades. El subdesarrollo, por tanto, será aquella situación en la que no hay o escasean los bienes necesarios para “sustentar la vida”: alimentos, medicinas, vestido, vivienda, educación, protección adecuada -física, ecológica, previsión para la ancianidad, etc.

E n segundo lugar, la estima, que está asociada a la identidad, al honor, al reconocimiento, a ser tratado como persona, nunca como cosa o como un simple número. Es una necesidad, no sólo de los individuos sino también de los “colectivos sociales”. Por eso, las sociedades pobres suelen sufrir mucho el contacto con las sociedades avanzadas económica y tecnológicamente porque para éstas, lamentablemente, la valía humana está asociada con la prosperidad material alcanzada.

Por último, la libertad, definiéndola en este caso como la posibilidad de contar con una serie amplia de alternativas de vida, para poder escoger entre ellas la que más plenifica y despliega la propia vocación y talentos. Una libertad que supone asumir la responsabilidad de la marcha de la historia personal y comunitaria y ser protagonistas y artífices del propio destino.

Nuestro querido Juan Pablo II afirmaba que “es hora de la nueva imaginación de la caridad”. Necesitamos, para ello, ejercitar la escucha atenta de la voz de Dios en las situaciones de pobreza, en orden a no imponer a los hermanos/as un determinado servicio sino discernir, en sus vidas y en sus gritos, cómo Jesús sufriente quiere y necesita ser servido hoy. Que Nuestra Madre de Luján nos acompañe durante la realización de la Asamblea para hacernos “cercanos y solidarios con quien sufre para que el gesto de ayuda sea sentido, no como una limosna humillante, sino como un compartir fraterno” (Novo Millennio Ineunte, n. 50).

La Vida plena se concreta en el encuentro con el hermano | Marzo de 2009
Es una gran alegría reencontrarme con todos ustedes para fortalecer nuestra comunicación a través de este espacio que nos brinda el Boletín Huellas de Esperanza. Como compartimos en números anteriores, en Cáritas estamos transitando un tiempo muy especial: la Caminata institucional. Un tiempo de reflexión profunda que desde hace algunos meses viene guiando nuestros pasos hacia el XII Encuentro Nacional y XVI Asamblea Federal, a celebrarse en Mar del Plata en mayo próximo.

El lema que elegimos para la Caminata nos trae las palabras de Jesús: “Yo he venido para dar vida a los hombres y para que la tengan en plenitud” (cf. Juan 10, 10 y Aparecida 33), y nos propone ahondar en el verdadero sentido de esta Vida plena que Cristo desea para cada hombre y para cada mujer. Comenzando ahora la Cuaresma, los invito a todos a continuar la reflexión acerca de esta Vida plena.

Creados a imagen y semejanza de Dios, Jesús plenifica nuestra existencia reconciliándonos con su Padre y haciéndonos, en verdad, hijos e hijas suyos. Con nuestra libertad sanada y transformada por su gracia, El quiere que cada uno desarrolle todo su potencial de amor y las capacidades recibidas, en orden a acrecentar en el hoy de nuestra historia el Reino de Dios. Para esta realización integral de cada persona, cuyo fundamento es el amor inquebrantable de Dios que nunca falta, no han de faltar las condiciones elementales que sostienen la vida. El anhelo de Jesús de que todos tengamos Vida plena incluye, como camino insoslayable, el que estas necesidades, tanto individuales (afecto, alimento, cobijo, respeto, estima de los demás) como sociales (trabajo, educación, salud, vivienda, etc.) no queden insatisfechas.

Asimismo, la plenitud de la Vida que Jesús nos da apunta también a la transformación de la convivencia humana. Los demás no son simples conciudadanos o vecinos... son hermanos! Esto nos lleva a abrir el corazón a todos y a todas. Y, a ejemplo de Jesús, sentirnos conmovidos hasta lo más profundo de nuestras entrañas ante las situaciones injustas, de dolor, abandono o explotación que padecen a diario tantos hermanos y hermanas. Es esa conmoción fraterna la que nos impide ser indiferentes, y nos impulsa a “tomar cartas en el asunto”, asumiendo actitudes nuevas pues nos descubrimos corresponsables de quienes padecen alguna necesidad y queremos, por tanto, obrar en modo de aliviar ese sufrimiento.
A partir de estas claves: la reconciliación con Dios y la experiencia de su amor, la lucha por la satisfacción de las necesidades vitales de cada persona y la renovación de la convivencia humana, hemos de preguntarnos qué lugar hemos de ocupar en la sociedad y qué podemos aportar juntos para aunar esfuerzos en la transformación de la realidad de exclusión y sufrimiento de tantos que, con frecuencia, no pueden modificar su situación por sus propios medios.

Todos tenemos derecho a vivir en plenitud el don de nuestra existencia. Del esfuerzo de todos dependerá que este deseo y proyecto de Dios se haga realidad. Pidámosle a Nuestra Madre, ejemplo de fortaleza y de compromiso con los demás, que nos siga iluminando con su gracia y, especialmente en este tiempo de Cuaresma, renueve el vigor de nuestros pasos en el nuevo año que estamos recorriendo.

Navidad: tiempo de agradecimiento, renovación de compromisos y paz | Diciembre de 2008
Nos acercamos al inicio de otro año. Antes de comenzarlo, sería bueno que aprovecháramos este tiempo para hacer una revisión y balance de lo vivido en el año que termina. Recuperar la memoria de los dones que Dios nos regaló, las alegrías y los logros obtenidos, y agradecerle que nos haya sostenido y protegido siempre. También reconocer los yerros, para corregirnos, y los pecados para pedir perdón y recibir con gratitud su misericordia y reconciliación.

En este sentido, quienes integramos la gran familia de Cáritas, comenzamos juntos, meses atrás, y sin detener la marcha, un precioso tiempo de revisión y balance: “la Caminata”. El arranque consistió en aceptar la invitación a contemplar la Vida desde una mirada renovada, desde la fuerza del amor y la solidaridad que se abren paso ante los nuevos escenarios de pobreza. Ahora, en la segunda etapa, nos proponemos redescubrir la nueva Vida en Cristo, dejándonos transformar por su presencia amiga, y encontrando en Él el sentido de nuestra identidad y misión, sobre todo ante tantas privaciones injustas que advertimos a diario en el compartir tristezas y esperanzas junto a las comunidades más excluidas. Queremos, y no dejemos de rezar por ello, que todo este recorrido institucional de reflexión, diálogo y evaluación sea un sincero proceso de conversión pastoral que nos ayude a elaborar, en mayo de 2009, las nuevas líneas de acción para el próximo trienio.

Por todo ello, el tiempo de Adviento y la nueva llegada de Jesús en la Navidad, son para Cáritas ocasiones privilegiadas para ahondar en dicha conversión pastoral. El Niño Dios, nacido en la sencillez y pobreza de Belén, nos invita a seguir reconociéndolo siempre en los rostros de tantos hermanos y hermanas que hoy también padecen rechazo y exclusión, y a comprometernos con ellos y su realidad acrecentando nuestra capacidad de compartir.

Al hablar de compromiso con quienes más sufren, quiero mencionar especialmente a los voluntarios y voluntarias, cuyo día especial recordamos el pasado 5 de diciembre. Hombres y mujeres que ofrecen y comparten su tiempo, sus capacidades, sus “talentos”; y que desde su testimonio personal, contagiando a otros a trabajar juntos por el bien común, son verdaderos signos de esperanza para el crecimiento del Reino de Dios.

Quiero aprovechar también este espacio para presentarles a la nueva Comisión Episcopal de Cáritas, designada recientemente en el marco de la 96° Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal Argentina. A través de la decisión de nuestros hermanos obispos, el Señor me llama a continuar el servicio como presidente de Cáritas Argentina. Integran también la Comisión Episcopal: Mons. Aurelio Kühn, obispo de la prelatura de Deán Funes, ya conocido por todos, y Mons. Juan Alberto Puíggari, obispo de Mar del Plata, a quien recibimos con mucha alegría. A Mons. Joaquín Sucunza, miembro de la Comisión por dos períodos, y que ahora presidirá el Consejo de Asuntos Económicos de la CEA, en nombre de Cáritas le hago llegar un GRACIAS! enorme por su cercanía pastoral y permanente compromiso con la labor institucional.

Finalizo recordando unas palabras del documento de Aparecida: “la paz es un bien preciado pero precario que debemos cuidar, educar y promover todos en nuestro continente”, ya que “la paz no se reduce a la ausencia de guerras ni a la exclusión de armas nucleares en nuestro espacio común, logros ya significativos, sino a la generación de una “cultura de paz” que sea fruto de un desarrollo sustentable, equitativo y respetuoso de la creación” (542).

¡Muy feliz y santa Navidad para todos y todas. Nos reencontramos –Dios mediante- en 2009!

Una crisis para analizar... y ocasión para reforzar nuestra responsabilidad personal y social | Noviembre de 2008
Desde hace algunos días, la palabra “crisis” volvió a invadir los medios de comunicación social para instalarse poco a poco en todas partes: en la charla familiar, en el trabajo, en la compartida con un vecino del barrio, en el almacén... No es que su irrupción nos asombre tanto, pues algo de experiencia acumulada tenemos ya en materia de crisis. Lo curioso esta vuelta es que su origen no lleva el sello de “made in Argentina”. Arrancó lejos, muy al norte, en Estados Unidos, y desde allí ha ido provocando tal descalabro en países y continentes que ya nadie en el planeta puede sentirse ajeno a sus consecuencias.

Quienes no tenemos mayores conocimientos en Economía, es decir la gran mayoría de la población, escuchamos atónitos las explicaciones y análisis que brindan técnicos y especialistas sobre “la burbuja hipotecaria” y las “deudas tóxicas”. Parecida perplejidad nos provocan las expresiones “baja la bolsa” o “cae nuevamente el Merval, el Dow Jones, o Wall Street”. Sabemos que no es auspicioso el “bajar” o el “caer” pero... ¿debería preocuparnos si no tenemos, ni siquiera entendemos, ese asunto de las acciones? Aparentemente no. Y sin embargo sí. ¿Porqué? Porque todo está tan interconectado que una crisis allá repercute “misteriosamente” aquí y al grito de “sube el dólar!” reaparecen fantasmas conocidos como “recesión”, “inflación”, “especulación”, “desconfianza”... Y lo que es peor, reaparece el temor de perder el empleo, de no llegar a fin de mes, de no poder pagar cuotas pendientes, o de ver que se evaporan ahorros logrados con enorme sacrificio y trabajo. Nadie ignora, además, que en las situaciones de crisis económica, las comunidades pobres y desprotegidas son las más afectadas pues carecen de los medios más elementales para afrontar la tormenta.

Me parece importante preguntarnos porqué sucedió esta crisis que amenaza arrastrar consigo a tantas instituciones y países, crucificando todavía más a los más pobres del mundo. La respuesta que busco no es obviamente técnica. Tal vez falló un mecanismo del sistema... pero aquí hay algo mucho más serio que un mecanismo fallido. Podría mencionar como raíz la perversidad del modelo neoliberal capitalista de acumulación individual. Pero estaría asumiendo una perspectiva que no es la que quiero ahora. Sin desmerecer ese abordaje teórico, en esta crisis, como prácticamente en todas, el problema de fondo es humano, y es moral. Detrás de lo acontecido no hay meros mecanismos. Hay instituciones guiadas por personas concretas que, en forma aislada o colegial, con no poca inescrupulosidad, movidas por el orgullo de no querer reconocer errores, por la ambición de lucrar y amontonar, o por la adrenalina que provoca el riesgo de apostar en grande para obtener más grandes ganancias, amparadas a veces por leyes favorables y parciales, no tuvieron la honestidad y solidaridad de frenar a tiempo un derrumbe incipiente que, una vez convertido en avalancha, era imposible detener.

Nuestra misión en Cáritas nos interpela con fuerza a seguir trabajando siempre por los más pobres. Hay muchas maneras de hacerlo. Hoy quiero insistir en la importancia de aportar a la construcción de una sociedad fraterna y responsable, en la que cada uno asuma con espíritu de grandeza el cuidado del bien común, en la justicia y en el amor. Hemos de esforzarnos por erradicar de la sociedad civil las prácticas inescrupulosas, sean económicas o políticas, que apuntan al bienestar de unos pocos dejando en el desamparo a un tendal de excluidos. Nuestro modelo de crecimiento no puede basarse en el afán de lucro sino en un desarrollo integral y sustentable que favorezca la inclusión de todas las personas y el desarrollo de sus potencialidades.

Hemos de suplicar a Dios los dones de la sabiduría y fortaleza para alentar y sostener la esperanza de los más pobres. Como expresan los obispos en el Documento de Aparecida “sentimos un fuerte llamado para promover una globalización diferente, que esté marcada por la solidaridad, por la justicia y por el respeto a los derechos humanos, haciendo de América Latina y de El Caribe no sólo el Continente de la esperanza, sino también el Continente del amor” (64).

Las personas: ¡siempre antes y por encima de los números! | Octubre de 2008
Cuando se aborda el tema de la pobreza suelen utilizarse indicadores, cifras, porcentajes que, elaborados estadísticamente desde estudios macroeconómicos, pretenden dar cuenta fehaciente de las variaciones positivas o negativas en la vida de un pueblo o nación. Es frecuente que dichos “guarismos” susciten intensos debates, discusiones y análisis de todo tipo, en orden a determinar si efectivamente aumentó o disminuyó la cantidad de pobres... como si allí estuviera el nudo del problema!

Sin restar importancia a dichas discusiones y análisis, es imprescindible que, individual y socialmente, superemos la perspectiva de las mediciones numéricas. Pues aunque sea lícito disentir en cuanto a la cantidad de personas que viven en la pobreza, no sería ético quedarnos en la discusión y, mucho menos, permanecer indiferentes.

En consecuencia, para comprender el drama de la pobreza y trabajar en su superación es prioritario acercarnos a los pobres, reconocerlos. Urge recordar y asumir que detrás de los porcentajes hay siempre personas que sufren, historias de vida, de lucha cotidiana y también de esperanza.

Nuestra misión en Cáritas, como discípulos de Jesús, nos lleva a ubicar a los pobres en el centro de nuestra vida y, desde sus propias necesidades y capacidades, descubrir juntos los pasos que debemos dar para transformar las situaciones de inequidad que aún se viven en nuestro país. Este desafío nos convoca diariamente.

En este sentido, las palabras del Cardenal Oscar Rodríguez Maradiaga, presidente de Caritas Internationalis fueron más que elocuentes, cuando expresó recientemente en la sede de la Organización de las Naciones Unidas que “es necesario que nos veamos nosotros mismos no en un “Tercer Mundo" y en un “Primer Mundo”, sino en un mundo en el que nuestra obligación para con los pobres sea compartida”.

En el documento de la Va. Conferencia General (“Aparecida”) los obispos latinoamericanos recordamos que los dones que Dios nos regala “requieren una disposición adecuada para que puedan producir frutos de cambio. Especialmente nos exigen un espíritu comunitario, abrir los ojos para reconocerlo y servirlo en los más pobres” (354). Jesús “no nos exige que renunciemos a nuestros anhelos de plenitud vital, porque Él ama nuestra felicidad también en esta tierra” (355), pero “también nos previene sobre la obsesión por acumular: No amontonen tesoros en esta tierra (Mt 6,19)” (357), ya que “las condiciones de vida de muchos abandonados, excluidos e ignorados en su miseria y su dolor, contradicen este proyecto del Padre e interpelan a los creyentes a un mayor compromiso a favor de la cultura de la vida”. Y así, reconociendo “la inseparable relación entre amor a Dios y al prójimo” todos quedamos invitados “a suprimir las graves desigualdades sociales y las enormes diferencias en el acceso a los bienes” (358).

El próximo 17 de octubre se conmemora el Día Internacional de la Erradicación de la Pobreza. Que esta fecha nos ayude a tomar mayor conciencia del dolor de los pobres y, haciéndolo propio, como Cristo hizo propias suyas nuestra fragilidad y pequeñez, se transforme en nuestro corazón en un firme compromiso de trabajo y servicio por el bien común de todos y de todas.

Educación para la Inclusión Social | Septiembre de 2008
La cercanía cotidiana con las personas y comunidades más postergadas nos permite constatar permanentemente el esfuerzo y la convicción de tantos papás y mamás quienes, a pesar de las dificultades económicas que deben afrontar, apuestan firmemente a la educación de sus niños. Y aunque muchos de ellos no tuvieron la posibilidad de estudiar, y otros se vieron obligados a trabajar desde muy pequeños, la experiencia de vida les fue afirmando en la plena conciencia de que la educación es uno de los factores clave para la inclusión social.

Dicha conciencia llega a ser hoy una “certeza social”. Pues, si bien la exclusión se evidencia en todos los aspectos que hacen al desarrollo integral de una persona, la educación, lo sabemos bien, condiciona el presente y muy especialmente el futuro. Sin ella, o quedando al margen de ella, se esfuman las posibilidades reales para lograr un mañana mejor.

Nadie puede desconocer la dolorosa realidad de tantos niños y adolescentes que, como consecuencia de la situación de pobreza en que viven, van quedando cada año fuera del sistema escolar formal, generándose paulatinamente un “círculo vicioso” que los aleja del derecho a ser y a sentirse parte integrante y vital de la sociedad a la que pertenecen. Esta exclusión les impide, muy a menudo, ser concientes de sus verdaderas aptitudes y capacidades, justamente por no contar con un espacio adecuado para poder descubrirlas y desarrollarlas. Incluso pueden llegar a sentirse en inferioridad de condiciones respecto a los demás chicos de su edad. Y cuando crezcan y busquen un trabajo, las posibilidades serán muy acotadas y seguramente ya no podrán trabajar “en lo que les guste o hubiera gustado” sino “en lo que encuentren o generosamente les ofrezcan”.

Debemos, pues, dejarnos interpelar por esta pregunta: ¿es justo que en nuestro país un alto porcentaje de niños y jóvenes estén privados de acceder a una educación integral que les permita crecer armónicamente, desarrollar sus potencialidades y satisfacer el deseo innato de aprender? Definitivamente: NO!. Tampoco es justo que como sociedad nos desentendamos del problema, sea porque descargamos en el Estado toda la responsabilidad, sea porque esperamos pasivamente mejoras en la macroeconomía nacional para que, cuando ello suceda, se modifique esta situación. Todos hemos de aportar, desde lo que somos y sabemos, por una plena y perseverante escolaridad en todos los niños y adolescentes del país.

En esta línea, desde Cáritas queremos aportar también nuestro granito de arena. ¿Cómo? Hemos organizado, para el próximo 19 de septiembre, en la Universidad Católica Argentina, un Foro de Inclusión Social cuyo lema convocante es: “Educación + Ciudadanía: sumar para restar desigualdad”. Nos proponemos favorecer la reflexión conjunta y el análisis para seguir encontrando caminos que ayuden a revertir tanta situación de inequidad y marginación que aún padecen hermanos y hermanas en nuestro país.

Con la esperanza siempre renovada, y en el marco de nuestra Caminata institucional hacia la Asamblea del año próximo, pidámosle a Nuestra Madre que el Foro de Inclusión Social dé abundantes frutos en el trabajo de quienes vivimos a diario el compromiso de construir una sociedad con igualdad de oportunidades para todos.

Cáritas, con San Cayetano, ¡por pan y trabajo para todos! | Agosto de 2008
A lo largo del año hay muchos días en los que nuestro pueblo peregrina para venerar a los santos, tanto para agradecer los favores recibidos como para pedir que intercedan ante el Padre por alguna necesidad concreta. Entre todas las fechas hay una muy especial y que la mayoría de nosotros conocemos: el 7 de agosto, fiesta de San Cayetano, patrono del pan y del trabajo.

En los últimos tiempos, en muchos hogares, gracias a Dios, alguno de sus miembros ha encontrado trabajo. En otros, sin embargo, el empleo sigue siendo una asignatura pendiente pues, aunque no son pocos los esfuerzos realizados para paliar la desocupación, muchas familias aún no cuentan con ese ingreso estable, propio del asalariado, que les permita encarar con más alivio y serenidad la vida cotidiana, desarrollar las potencialidades personales y soñar con un futuro mejor.

En este sentido, desde hace varios años fueron surgiendo diversas alternativas que, aunque no solucionan el problema de fondo, suponen, sí, un principio de respuesta a esta necesidad. Me refiero al Comercio Justo y a la Economía Social y Solidaria. La implementación de ambas permite a las familias recuperar capacidades y habilidades para generar emprendimientos productivos que con el tiempo lleguen a ser sustentables, desde la vivencia de valores como la cooperación, la organización comunitaria y, fundamentalmente, la solidaridad.

Sabemos, por experiencia, que la solidaridad siempre es fuente de esperanza. Como recordarán, la crisis profunda que nos afectó hace algunos años nos impactó a todos. Los sectores más perjudicados fueron, sin duda alguna, aquellos que ya padecían situaciones de pobreza y que se veían imposibilitados de generar alternativas de trabajo para superar la exclusión en que se encontraban. Por entonces, desde Cáritas comenzamos a acompañar a estas comunidades procurando brindar medios para la producción de alimentos, inicialmente para autoconsumo. Así fueron surgiendo huertas familiares y comunitarias, en las que cada familia recogía los frutos que la tierra sembrada por ella les proporcionaba. La solidaridad y el esfuerzo compartido fueron fortaleciéndose, a la par que crecía la conciencia de lo colectivo y la constatación de que se puede salir adelante con mayor facilidad si nos unimos entre todos.

Hoy, habiéndose superado lo más dramático de aquella grave situación social y económica, la inequidad que perdura sigue siendo enorme y son todavía muchas las personas y familias que continúan luchando por salir de la exclusión. Animados siempre por el compromiso social que implica el seguir a Jesús viviendo el mandamiento del amor, como Cáritas queremos seguir favoreciendo esa “otra economía”, inclusiva e integradora, promoviendo siempre el que las familias compartan historias de vida, proyectos, logros y dificultades que las enriquecen y las alientan a seguir gestando un futuro diferente.

Siguiendo la inspiración de las primeras comunidades cristianas, que vivían en armonía porque tenían “un solo corazón y una sola alma” y donde “nadie consideraba sus bienes como propios, sino que todo era común entre ellos” (Hechos 4, 32), los invito a que pongamos bajo la intercesión de San Cayetano el deseo y el compromiso de construir juntos un país en el que haya Pan y Trabajo para todos y todas.

Vivienda propia... camino para el Hogar de familia y el barrio comunitario| Julio de 2008
Como cada mes, es una alegría reencontrarnos en este espacio que nos brinda el boletín. En esta ocasión quiero comenzar subrayando el valor precioso que tienen para nosotros los logros obtenidos a lo largo de la vida gracias al esfuerzo perseverante y a la esperanza sostenida no obstante las dificultades. Alcanzar metas muy deseadas, que por momentos nos han parecido muy difíciles e incluso imposibles, genera una felicidad tan grande que no la podemos transmitir con simples palabras. Esta situación es la que están viviendo tantas familias que, a través del Programa de Autoconstrucción de viviendas impulsado por Cáritas en varias diócesis del país hace algunos años, hicieron realidad el sueño tan esperado de “tener casa propia”

La caridad entendida como promoción integral de los pobres
Todas las iniciativas y programas que impulsamos en Cáritas llevan la impronta de nuestra identidad eclesial y misión evangelizadora. Cualquiera sea el tema que se aborde, queremos vivir la caridad tal como lo haría Jesús: haciendo camino fraterno con los pobres para que al crecer en la conciencia de su dignidad y de sus capacidades sean cada vez más protagonistas de su propio desarrollo integral. Nos parece fundamental, entonces, que toda persona pueda participar en instancias sociales y religiosas que le ayuden a desarrollar procesos de crecimiento para que su vida individual, familiar y comunitaria alcance mayor sentido y plenitud.

En esta línea, el acompañamiento de Cáritas a las familias en el “programa de viviendas” resulta sumamente importante. Por un lado, es hacer de puente para que dichas familias puedan contar con ese espacio vital indispensable para vivir que es la casa: el cobijo del techo propio bajo el cual se distribuyen lugares diferentes para diferentes necesidades: alimentarse, asearse y descansar como corresponde. Y que habitada por la familia se convierte en hogar cuando la llena el calor del cariño; cuando se aprende a compartir generosamente el pan cotidiano, las alegrías y las tristezas, la oración confiada y la esperanza; cuando el amor reina en la convivencia generando aliento, respeto, comprensión y perdón.
Por otro lado, la familia que participa activamente en la planificación de su futura vivienda, se capacita también para la etapa de construcción. Y al construir su propia casa, asumiendo esa tarea como un proyecto comunitario, se afianza internamente como comunidad familiar, mejorando su convivencia en clave de cooperación y renovando juntos la esperanza de un futuro mejor.


Construir una comunidad de vínculos solidarios
Por último, a medida que los cimientos iniciales se ven superados por más y más hileras de ladrillos, hay otra construcción que también crece con este trabajo compartido: el fortalecimiento de los vínculos entre las familias, las cuales se sienten cada vez más partes integrantes de ese nuevo barrio que nace como fruto del esfuerzo de todos.

Todo este proceso integral (casa-hogar, familia-convivencia, comunidad-barrio) está sostenido por diversos talleres de capacitación en los que se apuesta fuertemente a trabajar las relaciones humanas y cristianas, a encontrar el mejor modo de tratar y resolver los conflictos, a reflexionar sobre la propia historia de vida -personal, familiar y social- reconociendo la acción de Dios y las invitaciones de Jesús a seguirlo, a elevar la autoestima y acrecentar la calidad de la comunicación interpersonal y grupal. En una muestra concreta de la solidaridad que nos propone el Evangelio, cada uno va aportando sus propios conocimientos y, a su vez, aprende de los demás, porque todos tenemos algo para dar y todos necesitamos de lo que los demás pueden darnos.

Destacamos al principio que lo que se alcanza con esfuerzo se valora más. Podemos afirmar, también, que cuando un sueño es compartido por muchos es más fácil hacerlo realidad porque lo concretamos entre todos. Sigamos trabajando y soñando juntos por una sociedad justa y fraterna, en la que cada uno pueda acceder a condiciones de vida digna.


Una vez más... ¡GRACIAS!! | Junio de 2008
En nombre de todos quienes integramos Cáritas Argentina, quiero aprovechar este espacio que compartimos cada mes para agradecer profundamente la solidaridad y la participación expresadas a lo largo de todo el país el pasado domingo 8 de junio, con motivo de realizarse nuestra ya tradicional Colecta Anual.
Puesto que en muchas diócesis la Colecta se extiende durante todo junio en lo que llamamos el Mes de la Caridad, aún no contamos con los resultados definitivos. Podemos afirmar, sin embargo, que como viene sucediendo desde hace ya varios años, la sociedad se sumó activamente a la propuesta de Cáritas. Y, más allá del aporte concreto en dinero, muchas personas se acercaron para ofrecer la disponibilidad de su tiempo y capacidades como voluntarios, y también para tomar conocimiento con mayor profundidad de la tarea que Cáritas realiza acompañando el esfuerzo de las comunidades más postergadas del país.

Un mensaje diferente en medio de un contexto difícil...
Meses atrás, prácticamente en febrero, cuando comenzamos a reflexionar como institución qué forma darle al mensaje de la Colecta 2008, era imposible imaginar que la misma se desarrollaría en medio de un contexto nacional tan conflictivo como el que hemos vivido en todo el país desde mediados de marzo. Sin embargo, a medida que nos acercábamos al 8 de junio, fuimos descubriendo que la Colecta podía convertirse en una ocasión privilegiada para que todos, aunque fuera por un momento, hiciéramos un alto en medio de tantas discusiones y desencuentros, y orientáramos la mirada y el corazón hacia aquellas hermanas y hermanos nuestros que padecen situaciones de mucha vulnerabilidad y marginación. La propuesta bien concreta de Cáritas fue la de animarnos a mirar por encima del conflicto para reconocer y tratar de comprender, más que medir, la dolorosa situación de pobreza que aún persiste en millones de argentinos, no obstante los índices auspiciosos del crecimiento macroeconómico. Estoy cierto que quienes se animaron a hacerlo lograron tomar conciencia de esa preocupación, más grande que el complejo conflicto, y que nos atañe a todos y no sólo a algunos sectores.

... para que no olvidemos a quienes luchan por su cotidiana supervivencia.
Gracias a Dios, un valor que nos caracteriza como pueblo, y del que tenemos experiencia concreta en Cáritas, es que somos una sociedad sensible y solidaria. El dolor ajeno, la vulnerabilidad de tantos y tantas, la injusticia siguen conmoviéndonos. Pero también es verdad que no estamos exentos de dejarnos seducir por mensajes y actitudes individualistas, o egoístas, que tienden a encerrarnos en nosotros mismos y en nuestro grupo de pertenencia más inmediato. Cuando esto acontece, aquella sensibilidad se acalla y queda como anestesiada, al punto de olvidarnos que muy cerca nuestro hay quienes luchan cotidianamente por su supervivencia.

¿Cómo superar este “olvido”? El lema de este año, “La desigualdad nos duele. Recuperemos la capacidad de compartir”, nos ayuda y mucho. Procuremos que la desigualdad nos siga doliendo, para que ese dolor, no buscado por sí mismo como lo haría el masoquista, sino surgido por la fraterna cercanía con quien padece, obre como permanente resorte de compromiso amoroso por los más pobres. Y renovemos cada día, en lo pequeño y cotidiano de nuestro vivir, ese gozo y vocación a compartir que crecen siempre más y más en nosotros cuanto más experimentamos el compartir de Jesús con todos del don de su amor y de su vida.

La desigualdad nos duele.
Recuperemos la capacidad de compartir
| Mayo de 2008
En cada rincón del país hemos comenzado ya a preparar con gozo y esperanza la próxima Colecta Anual que tendrá lugar el domingo 8 de junio. En cada capilla, parroquia y comunidad se multiplica el desafío de salir al encuentro de toda la sociedad para llevar la Buena Noticia del amor de Dios que nos invita a todos, siempre, a seguir creciendo juntos en solidaridad y en compromiso con quienes aún padecen a causa de la pobreza o de situaciones de exclusión.
Al afirmar “La desigualdad nos duele”, estamos queriendo aunar, en ese “nos” que abarca a todos, el dolor que experimentamos al constatar la inequidad social y la desigualdad de oportunidades que golpean duro la vida de tantos hermanos y hermanas. Pero, al mismo tiempo, queremos también proponer, desde Jesús, el camino fraterno de superación: “Recuperemos la capacidad de compartir”.

No podemos acostumbrarnos a la desigualdad
En el mismo hecho de recibir la vida y la naturaleza humana, los hombres recibimos, impreso en nuestra conciencia, el principio moral fundamental que guiará nuestro obrar: “hacer el bien y evitar el mal”. Me animo a decir que junto con dicho principio recibimos también, innato, un sentido interior de la justicia que, desde muy pequeños, nos ayuda a comprender la importancia de la equidad y, por ello mismo, nos hace reaccionar con dolor ante las desigualdades padecidas en carne propia o por otros cercanos a quienes queremos o valoramos. Ya adultos, si todos nos animáramos a examinar con honestidad el uso hecho de nuestra libertad, descubriríamos que las desigualdades en el mundo no se deben a una “mano negra” anónima, sino al pecado de haber “atropellado”, por acción u omisión, con mayor o menor conciencia y responsabilidad, esa fundamental equidad entre los hombres querida por Dios.

La propuesta es, entonces, preguntarnos ahora, individual y socialmente: ¿nos duele verdaderamente la desigualdad entre hermanos o, sin darnos demasiada cuenta, nos fuimos acostumbrando a ella?

El dolor que brota de la toma de conciencia de la desigualdad es, para mí, un dolor sano, fecundo. Es signo de que tenemos los ojos y el corazón bien abiertos. Lo contrario sería aquello de “ojos que no ven, corazón que no siente”. Es, sobre todo, expresión de amor y comunión con el que sufre, fuerza interior que nos desinstala, interpela y cuestiona, y que nos motiva a trabajar por la justicia, cuya “hambre y sed” son señaladas por Jesús como fuente de bienaventuranza (Mt 5, 6).

Transformar la realidad en clave de compartir
Diariamente encontramos situaciones de vida muy dispares. Bienestar y miseria, oportunidades y exclusión, saciedad e indigencia. La desigualdad existe y es real. No la podemos negar ni ocultar. Personalmente suelo decir: “en la Argentina hay muchas ‘argentinas’ que conviven yuxtapuestas y que prácticamente no se conocen entre sí”. Por eso, la propuesta que planteamos desde la Colecta Anual de Cáritas, es muy sencilla pero bien superadora. Consiste en arrimar realidades y estrechar puentes de cercanía y comunión. ¿Cómo? Ahondando y recuperando la capacidad de compartir! Esto abarca un amplio abanico de “compartires”. Supone, obviamente, acrecentar la generosidad de compartir los bienes que poseemos. Y también el dinero que entregamos como ofrenda de amor. Pero no se detiene ni limita a ello. Compartir es también transmitir a los demás los aprendizajes realizados, poner en común lo que sabemos, darnos a nosotros mismos! Como dice el papa Benedicto en “Deus Caritas est”: “para que el don no humille al otro, no solamente debo darle algo mío, sino a mí mismo; he de ser parte del don como persona” (34).

Termino con un saludo especial a todos los trabajadores y trabajadoras de nuestro país. Ruego a Dios, por intercesión de San José obrero, que sigan creciendo las posibilidades laborales en nuestra patria pues, lo sabemos bien, el trabajo tiene un lugar irremplazable en la dignidad y realización de cada ser humano.

Caminata institucional: tiempo para revisar lo andado y redescubrir horizontes | Abril de 2008
Quiero aprovechar este espacio de encuentro y comunicación en Huellas para compartirles que estamos comenzando a transitar una etapa bien importante en la vida de Cáritas. Me refiero a la Caminata, un tiempo de reflexión y discernimiento, en el que profundizamos sobre el sentido de nuestra misión y, junto a Jesús, renovamos nuestras prácticas como Pastoral Caritativa de la Iglesia.

La realidad social en la que estamos inmersos es dinámica y cambiante. Por ello mismo necesitamos siempre generar espacios para discernir cuáles son los temas a priorizar en nuestra tarea institucional. Cada tres años definimos las Líneas de Acción que marcarán el rumbo del siguiente trienio. Dichas Líneas surgen como fruto del análisis y reflexión participativa que, a la luz del Evangelio y con la mirada puesta en la realidad de nuestros barrios y comunidades, realiza Cáritas en todos sus niveles: parroquial, diocesano y nacional. A este tiempo de discernimiento institucional que se extiende durante aproximadamente un año, lo llamamos Caminata. Las conclusiones a las que lleguemos serán la base y el fundamento de las próximas Líneas de Acción del trienio 2009-2011, y que serán proclamadas en el Encuentro Nacional que tendrá lugar en mayo de 2009.

¿En qué consiste la Caminata?
Ampliando un poco más lo dicho, podemos definir la Caminata desde tres aspectos. En primer lugar, es un proceso eclesial de movilización, de participación, de reflexión y de celebración que nos ayuda a crecer personal y comunitariamente. En segundo lugar, es un recorrido institucional que realizamos desde la ¨memoria¨ - que nos permite actualizar nuestra acción de gracias al Señor por los dones recibidos y por el camino transitado hasta ahora – pero descubriendo también lo ¨nuevo¨, en un esfuerzo de discernimiento de lo que el Espíritu está queriendo decirnos a través de los escenarios y desafíos actuales – verdaderos “signos de los tiempos” - y generar entonces propuestas pastorales adecuadas y líneas de acción comunes. Por último, la Caminata es un “kairos”, es decir, un tiempo de gracia y de salvación, un tiempo oportuno para volver a encontrarnos con Cristo y redescubrir que su Reino “está entre nosotros”. Es, indudablemente, un tiempo pastoral extraordinario para dinamizar nuestra pastoral ordinaria, y una ocasión privilegiada de renovación institucional.

Nos ponemos en marcha
Vivir la Caminata en Cáritas es empaparnos mejor de la realidad que vivimos, y comprometernos aún más con el dolor de los hermanos y hermanas que padecen todo tipo de dolencias, pobreza y exclusión. El Evangelio y la Enseñanza Social de la Iglesia serán la luz preciosa para alimentar cotidianamente el sentido de dicho compromiso y orientarlo siempre, desde el amor, hacia la construcción de una sociedad más justa y fraterna. La pedagogía de Jesús será el modo irrenunciable de vivir y caminar junto a las comunidades más pobres.

Confiando en el don del Espíritu Santo, que acompaña nuestro peregrinar como Iglesia servidora, los invito de corazón a emprender juntos, cada uno desde su lugar, esta Caminata de todos. Ese mismo Espíritu nos guiará para que el Reino de Dios siga creciendo en nuestra realidad cotidiana.


La Cuaresma: ¡llamado de Dios a una permanente conversión!
| Marzo de 2008
La alegría del reencuentro a través de “Huellas de Esperanza” acontece este año con la Cuaresma ya muy avanzada. ¿Cómo estamos viviendo este tiempo de gracia y especial cercanía con el Señor? Si no lo hemos hecho hasta ahora, estamos todavía a tiempo de revisar nuestros pasos con humildad y confianza para discernir qué llamado a la conversión nos está haciendo Jesús en esta Pascua suya que pronto celebraremos. Para el examen interior de nuestra vida y misión en Cáritas puede ayudarnos reflexionar en los tres grandes llamados a la conversión que El nos hace siempre: a) el más obvio, y frecuentemente el que acapara más la atención de todos, es el llamado a la conversión moral: dejar el pecado, pedir perdón, retomar el camino del bien y la verdad; b) está también el llamado a la conversión pastoral: nuestro modo o estilo pastoral ¿es acorde con el estilo de Jesús? ¿Qué actitudes o prácticas hemos de corregir o simplemente abandonar porque no brotan de su amor ni reflejan sus opciones? ¿conocemos y asumimos los desafíos evangelizadores de hoy (Ecclesia in America, Navega Mar Adentro, Aparecida, etc.)?; c) el tercer llamado, y que fundamenta los dos anteriores, es a la conversión teológica. Consiste en purificar la imagen distorsionada de Dios que tal vez llevamos todavía dentro, liberándonos de todo “dios inventado” o “imaginado”. ¿Como? Renovando por el Espíritu nuestra fe en Jesús, el Hijo eterno del Padre, nacido de María, y que con sus gestos y palabras humanas nos revela cómo es en verdad Dios, en su misterio íntimo y en su plan de salvación para con nosotros.

Ante la mirada amorosa del Padre, todos somos igualmente valiosos
Este camino de conversión fecunda nos ayudará, sin duda, a transformar nuestro corazón y a ver y comprender mejor la realidad desde la mirada amorosa del Padre. Cercanos al día Internacional de la Mujer, es importante recordar que Dios, al crearnos varones y mujeres, nos creó a su imagen y semejanza, igualmente amados y valorados por Él, con la misma dignidad de hijos e hijas suyos. Factores sociales, culturales, económicos y políticos, sin embargo, inciden para que la realidad vital de muchas mujeres transcurra, tristemente, por caminos muy diferentes a este proyecto de Dios. Cotidianamente descubrimos situaciones dolorosas de desigualdad, de discriminación, y hasta de violencia y opresión. En Cáritas procuramos generar procesos de mayor conciencia y sensibilización que favorezcan y defiendan la dignidad de todas y de todos. Ello nos lleva a abordar también el tema de género, pero no desde cualquier perspectiva sino desde el mismo Evangelio y, más precisamente, desde la bienaventuranza prometida a quienes “tienen hambre y sed de justicia” (Mt 5,6). Esta hambre y sed de justicia evangélicas nos ayudarán, no sólo a reconocer las dolorosas injusticias que padecen tantas y tantas mujeres, sino también a investigar cuáles son las causas que las provocan, y a trabajar procurando revertirlas en pos de una más sólida y necesaria equidad.

Que María, modelo de mujer y de madre, ilumine nuestros pasos para favorecer la construcción de una sociedad en la que todos podamos crecer y vivir como hermanos y hermanas.

Tiempo de renovar desafíos por una sociedad inclusiva y solidaria | Diciembre de 2007
Esta época del año nos invita especialmente a hacer un balance de lo vivido y plantearnos nuevos desafíos. Para hacer aún más fructífera nuestra reflexión, creo que sería valioso que intentemos recuperar, no sólo la vivencia personal o individual, sino también pensar en nuestro compromiso por el bien común, es decir, el bien de todos.

En lo personal, este año me conmovió profundamente conocer de cerca las condiciones de pobreza extrema y marginación de nuestros hermanos y hermanas haitianas, donde compartí junto a miembros de todas las Cáritas del continente, el III Encuentro Continental de Pastoral Social-Cáritas y XVI Congreso Latinoamericano y del Caribe de Cáritas. En ese espacio, además, el Señor me llamó a cumplir una nueva misión en su Iglesia, como presidente de Cáritas Región América Latina y el Caribe. Una misión que asumí con alegría y con el deseo ferviente de aportar, en comunión con ustedes, a la integración y a la unidad de la Región.

Indudablemente, a quienes tuvimos la gracia de palpar una realidad tan dolorosa e injusta nos invadió el estupor y la impotencia pero, a la luz de nuestra misión, también nos sentimos interpelados a redoblar nuestros esfuerzos para fortalecer acciones que favorezcan que todos y todas podamos alcanzar una vida digna. En ese sentido, la Colecta Anual también fue una interpelación e invitación para reflexionar sobre la realidad de pobreza y exclusión que todavía persiste en nuestro país, ante la evidencia de saber que el crecimiento todavía no es para todos, porque muchos hermanos aún no pueden acceder a la educación, a la salud, al trabajo, a la vivienda y, especialmente, a la posibilidad de desplegar las propias potencialidades.

Por eso, el lema "Si JUNTOS nos comprometemos, crecemos todos", nos propuso revertir progresivamente esta situación, convencidos que tenemos que acercarnos al dolor del hermano, haciéndonos prójimos, potenciando nuestra solidaridad hasta convertirla en una verdadera virtud social.

Desde esta convicción, que impulsa cada una de las acciones que llevamos adelante en Cáritas, nos planteamos el desafío de aportar, cimentados en una profunda fe en Jesús que convierte a "los otros" en hermanos y hermanas, formas comunitarias de pensar y de vivir que nos hagan perder el individualismo y nos permitan, gozosamente, hacernos cargo responsablemente de los demás. Y en este desafío cotidiano, quiero resaltar y agradecer el esfuerzo silencioso y permanente de los voluntarios de Cáritas, quienes a lo largo y ancho del país, siguen tejiendo con sus manos incansables, un testimonio encarnado, una red de amor que fortalece vínculos, que hace visible el amor preferencial de Jesús por los pequeños y sencillos. Hoy son más de treinta y dos mil los voluntarios de Cáritas, hombres y mujeres, jóvenes y adultos que ofrecen su tiempo y talentos personales por el bien común, por el desarrollo y el crecimiento de las comunidades más postergadas. Aprovechando la reciente celebración del Día Internacional del Voluntariado el pasado 5 de diciembre, los bendigo, aliento y animo a seguir trazando huellas de esperanza en el apasionante desafío por construir una sociedad con oportunidades para todos.

Que el Niño Jesús transforme y fortalezca nuestros corazones para que juntos transitemos caminos de fraternidad, solidaridad y liberación. ¡Muy feliz y fructífera Navidad para todos!

Cáritas: amor transformador y vivencia del profetismo eclesial
| Noviembre de 2007
Días atrás, tuvimos la oportunidad de ejercitar nuestra participación política y ciudadana a través del voto en una nueva elección democrática. Creo que todos hubiéramos deseado que los candidatos presentaran sus propuestas con mayor claridad. Prácticamente no hubo en el país discusiones de fondo acerca de ideas y rumbos a seguir. Por ello mismo, estimo que no debe haber sido fácil encontrar criterios objetivos que nos ayudaran a discernir a quién votar. Quiero expresar, al menos como esperanza, el deseo de que en los próximos años siga creciendo la conciencia y responsabilidad ciudadana de todos y todas, de modo que no sólo podamos mejorar el necesario diálogo y análisis político de las diversas líneas y partidos, sino también que puedan surgir más vocaciones para la política y, por tanto, para el servicio desinteresado por el bien común. Recemos para que ello suceda. Y, además, no dejemos de orar por las nuevas autoridades elegidas en los distintos niveles de la vida nacional, provincial y municipal, pidiéndole a Dios que les ayude a ejercer fielmente el mandato que se les ha confiado, rechazando toda corrupción y esforzándose por afianzar una mayor justicia y equidad.

Nosotros mismos, desde nuestra misión en Cáritas, queremos seguir aportando lo propio, en esta nueva etapa institucional de la Patria, para construir un mundo más justo y solidario. ¿Cómo? Volvemos siempre a lo mismo pero nunca está de más insistir: renovando nuestro empeño y fidelidad por vivir apasionadamente el mandamiento del amor fraterno.

Este amor, lo sabemos bien, tiene muchas dimensiones y formas de expresarse, pero todas beben en la misma fuente: el Amor de Dios por todos y todas, especialmente los más pequeños. De a ratos, por tanto, será un amor que no deja de atender las necesidades más urgentes de quienes, por diversos motivos, siguen sin tener acceso a lo más elemental de la vida: el alimento, el vestido, el cobijo, los medicamentos. Pero, sobre todo, buscará ser cada vez más un amor transformador, comprometido y valiente que, sin desanimarse ni medir esfuerzos, persevera en la lucha contra las causas que provocan tanta deshumanización y pobreza y que estrecha, para ello, lazos de unión con todos los hombres y mujeres de buena voluntad que sueñan también con un mundo de mayor justicia y fraternidad. Hacer visible este amor en obras concretas, nos desafía cotidianamente a impulsar aquellas iniciativas que favorezcan la promoción humana de las comunidades más postergadas, colocando el acento en su fortalecimiento personal, familiar y comunitario.

Seguir aportando lo propio significa también asumir con humildad y coraje nuestro profetismo eclesial. ¿En qué consiste? El Espíritu Santo que nos habita como Iglesia de Jesús, nos impulsa al permanente anuncio de la novedad de la vida en Cristo, novedad que no se limita a la sola interioridad del hombre sino que abarca toda la realidad humana y social. Anuncio con la palabra acerca del sentido del mundo. Anuncio con el testimonio que manifiesta la presencia transformadora de Dios. Anuncio comunitario a favor de la vida en todos sus momentos y circunstancias. Anuncio que sana, reconcilia y hermana. Pero que también denuncia todo cuanto hiere la dignidad de los hermanos y que, por tanto, atenta contra el proyecto amoroso de Dios.

Desde el amor transformador que anuncia y denuncia es que seguiremos aportando lo propio de Cáritas en el hoy de nuestra historia eclesial y social.

El compromiso social y político, aspecto integrante de
nuestra vida cristiana
| Octubre de 2007
Como cristianos, estamos llamados a vivir nuestro compromiso de fe desde un seguimiento concreto a las enseñanzas de Jesús. Este seguimiento, huelga decirlo, no es algo meramente individual, tampoco intimista. Mucho menos desconectado del tiempo y lugar en que vivimos. Vivir en Cristo, siendo sus discípulos, implica que el Evangelio llegue a ser regla de pensamiento y acción para toda la actividad humana. Y así, al mismo tiempo que la fe y la gracia cambian nuestra mirada interior sobre toda la realidad, crece nuestra disconformidad con todo lo que se opone al proyecto de Dios en la convivencia humana y descubrimos que somos corresponsables en la construcción de un mundo más justo, más solidario y más fraterno.

Nadie puede nacer, crecer o vivir aislado de los demás. Estamos inmersos en la sociedad, como hombres y como cristianos. Aunque sin ser del "mundo", entendiendo con esa expresión todo lo que conlleva de pecado, violencia, injusticia y enemistades, vivimos en el mundo, creado, amado y redimido por Dios: "tanto amó Dios al mundo que le envió a su Hijo unigénito...". Es esa "Caritas"- Amor, que de El recibimos, la que nos impulsa a trabajar incansablemente, desde nuestra vocación y situación particular, para que, por encima de intereses particulares y sectoriales, privilegiemos siempre y se afiance cada vez más el bien de todos. En la entraña de nuestra vida cristiana está, por tanto, y no como gesto especial de supererogación, sino como camino ordinario de fe, esperanza y amor, la necesidad de crecer en un verdadero compromiso social y político.

Y puesto que este compromiso no madura de la noche a la mañana, necesitamos reflexionar acerca de cómo ir alimentándolo. Mi hermano Obispo, Carmelo Giaquinta, suele decir que nos ayudaría al respecto agregar la dimensión "social" a lo que nos ocupa y preocupa cotidianamente. Intentémoslo con algunos ejemplos. Cuidamos y valoramos la amistad... ¿qué hacemos por fortalecer la amistad social? Necesitamos la paz... ¿construimos la paz social? Nos duelen y rebelan las injusticias... ¿nos golpean igual las injusticias sociales? En toda situación que nos atañe anhelamos participar... ¿cómo promovemos la participación social? No permitiríamos que nos coharten la libertad... ¿defendemos con ahínco la libertad social?

Respecto del compromiso político, algunos descubrirán un llamado a empeñarse en un partido político en orden a la lícita obtención del poder público para ejercer desde él una transformación de la realidad. Pero, más allá de estas vocaciones particulares, todos hemos de empeñarnos siempre por la consecución del bien común, interesándonos por lo que es de todos, por lo que hace a la felicidad, a la dignidad, a la vida plena de cada uno. El talante "político", tesón por el bien común, se puede y se debe ir amasando desde niños ya en la propia familia, en la escuela, en el barrio, en el potrero al que vamos a jugar... y así marcará nuestro actuar de adultos en el club, en el tren en que viajamos, en la sociedad de fomento, en la cooperativa, en las acciones pastorales, dentro de la misma comunidad eclesial, etc.

Destaco, además, que, aún cuando el ahondar desde la fe nuestra actitud social y política es la base de un sano y perseverante compromiso, necesitamos también capacitarnos para poder incidir eficazmente en el devenir de la sociedad. Sabemos bien que la buena voluntad no alcanza. Esto supone un esfuerzo de estudio, análisis, comprensión de la realidad. Nuestra formación cívica es, en general, muy limitada. Frente a determinadas situaciones que superan el ámbito de lo personal y familiar, no sabemos bien cómo obrar porque desconocemos cuáles son nuestros derechos y los caminos para lograr su satisfacción, o cuáles son nuestros deberes y el cumplimiento que hemos de asumir.

Como Cáritas creemos necesario acompañar nuestras acciones con una profunda formación en ciudadanía, que fortalezca el protagonismo de cada uno, en especial de los hermanos y hermanas más desprotegidos. La formación para el ejercicio de los deberes y derechos ciudadanos son también una forma de promover esa inclusión social que anhelamos y que renueva nuestro compromiso generoso por un país mejor.


La Educación, camino fundamental de promoción e inclusión
| Septiembre de 2007
En septiembre conmemoramos diversas fechas relacionadas con el tema educativo: el 8, el día internacional de la alfabetización; el 11, el día del maestro; el 21, el día del estudiante. Quiero, por eso, invitarlos a reflexionar juntos acerca de la educación como camino fundamental para la promoción integral de la persona y, por tanto, para alcanzar la inclusión social de todos y de todas.

Habitualmente se identifica "educación" con la escuela y, por tanto, con maestros, presupuestos, leyes de educación, conflictos gremiales, federalismo, etc. Sin desconocer estos aspectos, recordemos que "educar" es desarrollar todas las potencialidades que un hombre o una mujer tienen en orden a alcanzar su plenitud como personas. Este desarrollo supone la transmisión de valores y conocimientos, verdadera transferencia de cultura entre las distintas generaciones, que posibilita adquirir las competencias básicas que se necesitan para desenvolverse en una sociedad compleja e interdependiente. La primer educadora es la familia. Pero también lo es la comunidad de fe. Y, por supuesto, la escuela. Ningún niño, por ningún motivo, debería quedar sin escolaridad.

Desde nuestra experiencia en Cáritas, conocemos de cerca la realidad de muchos niños y jóvenes que, por diversos motivos, pero muy especialmente a causa de las carencias de todo tipo que provoca la pobreza (alimenticias, afectivas, de salud, de estabilidad familiar y social) han quedado excluidos del sistema formal escolar. A menudo, con dolor e impotencia, somos testigos de cómo esta exclusión va hipotecando irremediablemente su futuro. No sólo tendrán menores posibilidades de acceso a un empleo. También sus talentos y cualidades permanecerán sin desarrollar, perderán su libertad más honda dependiendo permanentemente de otros y quedarán con limitadas posibilidades de ejercer sus derechos y de participar como ciudadanos en la construcción del bien común.

Ante esta realidad, necesitamos renovar incansablemente nuestro compromiso por la defensa y cuidado de la vida de todos, pero muy especialmente de la que está más amenazada. No acceder a la educación, tanto en el sentido amplio de desarrollo de las propias potencialidades, como en el sentido común y elemental de escolaridad, es una amenaza tan grande en la vida de los niños y jóvenes que todo cuanto hagamos por superarla será, para ellos y ellas verdadera bendición de Dios y, para nosotros, verificación constante de la autenticidad de nuestro amor fraterno.

Y nunca nos olvidemos que aunque no nos dediquemos estrictamente a la docencia, la educación es un tema, es más, una acción que nos involucra a todos. Pidámosle a Jesús, el Maestro, que nos ayude e inspire con su pedagogía de apertura, diálogo, valoración y aprecio del hermano, para que cualesquiera sean las acciones que emprendamos en Cáritas, sean, por el modo en que las hagamos, verdaderas acciones educativas. Que cada palabra, cada gesto, a través del maravilloso acontecimiento pedagógico que brota del amor, sean palabras y gestos "co-creadores" con Dios de personas nuevas, para que el mundo sea nuevo. Fortaleciendo así la dignidad de cada persona, para que el andar por la vida se transforme en confiado seguimiento del que es Camino, Verdad y Vida.

Antes de finalizar, quiero agradecer especialmente la enorme solidaridad expresada a partir del terremoto que afectó a nuestros hermanos y hermanas de Perú y que es necesario que sigamos sosteniendo en el tiempo, desde un compromiso concreto hacia quienes más sufren. Los invito a rezar por todas las víctimas del terremoto en Perú y del paso del huracán Dean, pidiendo a nuestra Madre de Guadalupe, que los cobije y fortalezca, en medio de situaciones de tanto dolor.

Que nuestra solidaridad llegue a ser auténtica virtud moral
| Agosto de 2007

Hace ya algunos años que, en nuestro país celebramos, el 26 de agosto, el Día de la Solidaridad. ¿Por qué esa fecha? Es importante señalarlo: porque fue justamente un 26 de agosto el día que nació la Madre Teresa de Calcuta quien, más allá de su fe y consagración particular a Dios, es reconocida por todos como modelo indiscutible de servicio y amor solidario al prójimo. Recoger su testimonio nos interpela siempre. De ella aprendemos que "para que el amor sea verdadero, nos debe costar; nos debe doler, nos debe vaciar de nosotros mismos".

En Cáritas no queremos que este día pase como un día más. Pues queremos vivir el amor, asumimos el camino de la solidaridad como un modo bien concreto de hacer carne en nosotros esa responsabilidad amorosa por los demás a la que Jesús nos invita siempre. Es verdad que la fe, como a la Madre Teresa, nos regala una mirada tal sobre los "otros" que nos permite reconocer en cada pobre y enfermo, en cada herido al borde del camino, a un hermano o hermana en Cristo Jesús. Pero también es verdad que esa fe asume y plenifica el hecho bien humano de sabernos todos y todas "entreverados" en la misma humanidad. Y por lo tanto, corresponsables en construir un modelo de convivencia que, cimentado en el profundo respeto y compromiso por la vida de cada uno, incluya a todos.

Por partida doble, entonces, por la fe que nos anima y por pertenecer a la misma y única humanidad, la sufriente realidad de muchísimos hermanos nos interpela y compromete cada vez más a ser testimonio de una solidaridad concreta. Una solidaridad que se expresará de maneras diversas. A veces, asociándonos circunstancial e individualmente con alguna ayuda particular a quienes les toca vivir situaciones puntuales de padecimiento, tales como la enfermedad, el abandono de la familia, o emergencias y desastres naturales. Otras, organizando cuidadosa e institucionalmente los mejores canales para que la generosidad de la comunidad llegue a quienes esperan y necesitan su gesto fraterno de cercanía y aliento.

Pero el modo más hondo de la solidaridad lo alcanzaremos cuando ella llegue a ser en cada uno de nosotros, tal como decía Juan Pablo II en "Sollicitudo rei socialis", una auténtica virtud moral: "la determinación firme y perseverante de empeñarse por el bien común, es decir, por el bien de todos y cada uno, para que todos seamos verdaderamente responsables de todos". En este sentido nos llevará a estudiar, analizar y denunciar las causas que provocan tanta pobreza y exclusión, y generar mayor conciencia social de lo que acontece en nuestra realidad. Pero no solamente al modo de quien hace "causa" con los pobres y excluidos sino en virtud de esa relación personal, fraterna y solidaria, que ha de brotar siempre por el simple hecho de ser miembros de la misma familia humana. La virtud de la solidaridad nos fortalecerá, sobre todo, en la capacidad de reconocer y valorar la dignidad compartida, alentando ese "estar con" el otro, el prójimo, el hermano, compartiendo el mismo destino y llegando a vivir como propias sus dolencias y necesidades.

En el mundo de hoy, el individualismo es cada vez más fuerte. Su tesis de fondo es que el individuo se puede realizar, puede ser feliz (tener cosas, gozar de la vida…) sin los demás. No sólo persigue una quimera sino que es profundamente inhumano. Por eso es tan importante que tomemos conciencia de que nuestra acción personal, incluso la más humilde y discreta, en la medida en que reafirma el modo fraternal y comunitario de convivencia, es un aporte precioso al crecimiento de los vínculos y solidaridad en toda la comunidad.

Que la Virgen María, que vivió, y vive hoy en la bienaventuranza, con un corazón abierto al servicio de los demás sea la luz que guíe e ilumine nuestro caminar.


La realidad del continente nos desafía a trabajar por la unidad, la justicia y la equidad | Julio de 2007
A medida que transcurre nuestra vida de fe y de misión como miembros de la Iglesia, el Señor nos va revelando su voluntad y nos sorprende, invitándonos a recorrer senderos nuevos, a transitar caminos ciertamente impensados para nosotros. Y espera que no nos detengamos en la respuesta a ese llamado, que avancemos con la confianza de sabernos guiados y acompañados por su infinita misericordia.

Una vivencia que me conmovió profundamente en este último tiempo, fue conocer de cerca la dura realidad del pueblo haitiano. Un pueblo sumido en la marginación y en la pobreza que, sin embargo, procura sobrevivir cada día, apoyándose en su dignidad y en su esperanza. Agradezco al Señor por haberme concedido esta gracia junto a hermanos de toda la Región, en el marco del III Encuentro Continental de Pastoral Social-Cáritas y XVI Congreso Latinoamericano y del Caribe. Y fue en el marco de este encuentro que descubrí que El me reservaba un nuevo desafío: suceder a mi querido hermano Mons. Gregorio Rosa Chávez, obispo auxiliar de San Salvador, en la presidencia de Cáritas Región América Latina y el Caribe.

El primer pensamiento que me surgió ante esta nueva misión fue responderle con un renovado Sí a Él y a su Iglesia. La acepto desde la confianza en Él, pero también desde el reconocerme como un eslabón más en una extensa cadena de compromisos, integrada por tantos hermanos y hermanas a lo largo y ancho de nuestro continente.

Llego a este espacio con el corazón abierto y disponible, con el deseo ferviente de trabajar por la integración, la unidad y la comunión en la Región, aportando también lo que pueda para ahondar en lo que significan la identidad y la misión de Cáritas.

Por otra parte, siento que se trata de un tiempo de gracia para toda Cáritas Argentina, más allá de mi persona. Por eso, quiero invitarlos a transitar juntos esta nueva etapa. Y les pido que se sumen por "partida doble". En primer lugar, a través de la oración. En segundo lugar, renovando ese sabernos parte integrante de este maravilloso "continente de la esperanza", para acrecentar nuestra sensibilidad interior, para fortalecer nuestra solidaridad con otras situaciones de pobreza, similares o mayores que las que afrontamos en nuestro país, y que siguen condicionando el derecho a una vida digna de tantos pueblos de la Región.

Creo profundamente que el Señor nos está invitando a vivir de manera muy intensa y comprometida este tiempo, extendiendo la mirada para ver más allá de nuestras propias fronteras. Uno de nuestros objetivos comunes en Cáritas es alcanzar una mayor equidad y, para lograrla, es necesario reconocer, visualizar e indagar acerca de las causas que provocan la pobreza y la exclusión. Esto nos lleva a abordar un desafío permanente: observar los signos de los tiempos desde una mirada evangélica, porque es a través de esos signos que Dios nos va hablando y nos va reclamando nuestra respuesta de discípulos.

Con la confianza puesta en Nuestra Señora de Guadalupe, patrona de América, pidámosle que siga acompañando nuestros pasos, para que junto a las demás Cáritas de la Región sigamos trazando huellas, llevando la Buena Noticia del Amor a todos los pueblos del continente.


Que la vida digna de todos y para todos
sea nuestro compromiso
| Junio de 2007
Queridos amigos y amigas, va un cariñoso saludo en el Espíritu de Pentecostés, unido a la oración para que el "Dulce huésped del alma" renueve en todos la alegría de ser discípulos de Jesús, y nos fortalezca en el testimonio de su Evangelio de verdad y de amor. En este mes de junio, con motivo de nuestra Colecta Anual, salimos al encuentro de toda la sociedad con un mensaje que es fruto de una serena reflexión institucional, a partir de la realidad que vivimos.

Gracias a Dios, los pasos dados en nuestro país en estos últimos años han sido de una progresiva recuperación que se manifiesta, de manera especial, en la mejoría económica general. Hoy parece lejano el drama y virulencia de la crisis vivida a fines de 2001. Sin embargo, necesitamos preguntarnos todos: la recuperación económica en la Argentina, ¿ha significado un crecimiento de todos y para todos? Sin pretender criticar a nadie, con mucha honestidad tenemos que responder que no. Porque en nuestra realidad de país es aún enorme la población que día a día sigue luchando por su supervivencia. En consecuencia, es importante que no nos instalemos en la complacencia de una mejoría general. Alegrémonos por ella, por supuesto, pero que sea trampolín para seguir luchando por una mayor justicia y equidad.

"Si JUNTOS nos comprometemos", podremos revertir progresivamente esta situación, porque entendemos que un verdadero desarrollo significa crecimiento y vida digna para todos, con acceso a la educación, a la salud, a la vivienda, al transporte, al trabajo. A la posibilidad, sobre todo, de desplegar las propias potencialidades, que hacen que una persona o una familia pueda ser protagonista y artífice de su propio destino. Y este crecimiento no se logra únicamente desde la economía; supone un mayor compromiso de todos y todas: estado y sociedad civil, varones y mujeres, docentes y alumnos, esposos y esposas, padres e hijos, empresarios y obreros.

Por la experiencia acumulada en estos 50 años acompañando a las comunidades más pobres, en Cáritas sabemos muy bien que, en la medida en que uno abre su mente y corazón para ver y comprender situaciones de tanta desventaja para encarar la vida, uno se vuelve más generoso en todo sentido.

La Colecta de Cáritas es una ocasión propicia para generar mayor conciencia social y fraterna y, al mismo tiempo, para asumir un mayor compromiso. Ambos, conciencia y compromiso, son necesarios. Porque una conciencia que sólo toma conocimiento del drama de tantos hermanos y hermanas y no desemboca en el compromiso personal, sería como una rueda que gira en el aire: al no "morder tierra", no avanza. El Espíritu de Pentecostés, Espíritu de sabiduría y consejo, nos alienta, en cambio, a descubrir cuál ha de ser nuestro aporte para construir una sociedad con mayor equidad y justicia desde la fuerza transformadora del amor. Y así nuestro lema será realidad: "Si JUNTOS nos comprometemos, crecemos TODOS".


Una vida digna supone mucho más que sobrevivir | Mayo de 2007
Quiero aprovechar esta oportunidad de encuentro para saludar de manera especial en este mes a los trabajadores y trabajadoras de nuestro país. Particularmente, deseo expresar mi solidaridad con aquellos hombres y mujeres de nuestros barrios que, aún padeciendo situaciones de pobreza y exclusión, se esfuerzan día a día en la búsqueda de oportunidades que les posibiliten el acceso a una vida digna. Muchos de ellos, son jóvenes y adultos que, a pesar de sus saberes, oficios y ganas de salir adelante, a menudo les queda, únicamente, la ardua y fortuita posibilidad de encontrar una changa, obtener un trabajo temporario o acceder a un plan social o a un subsidio.

Esta realidad me lleva a pensar que en algunos sectores de nuestra sociedad aún nos falta tomar conciencia sobre lo que significa la dignidad de las personas. A veces, pareciera que con tener esa "changuita" o un plan asistencial, y alimentarse en un comedor comunitario alcanza para dejar de ser excluido o excluida. Pero sabemos que la posibilidad real de desarrollo de estos hermanos y hermanas nuestras sigue siendo lejana. Creo que nos falta mucho por andar, y mirando hacia adelante, siento que es deber y derecho de cada uno el asumir una práctica responsable de nuestra ciudadanía, para que el proyecto de erradicar la pobreza y posibilitar la vida digna y el crecimiento de todos, no sea solamente un buen propósito sino un camino posible, verdadero y sustentable.

Por otra parte, pienso también en el momento histórico que atravesamos como país, y me preocupa cómo esta realidad de pobreza y falta de oportunidades convive junto al mejoramiento de los índices macroeconómicos. Veo que la brecha entre quienes tienen en abundancia y quienes carecen de lo necesario sigue siendo muy grande, y me pregunto cómo se están distribuyendo las riquezas en el país.

Es por eso, amigos y amigas, que los invito en este mes de mayo, tiempo de historia y compromiso en el que también celebramos el surgimiento de nuestra Nación, a aprovechar la posibilidad que la democracia sabiamente nos ofrece para reflexionar juntos sobre la marcha de nuestras acciones y preguntarnos nuevamente qué sociedad queremos ser.

Desde Cáritas, y como Iglesia, asumimos esta tarea, creyendo en la ayuda de Dios, en el compromiso perseverante de todos y de cada uno y, de manera especial, en el protagonismo de los mismos pobres en los espacios de participación y decisión, ya que el ejercicio de la ciudadanía es también un sinónimo de inclusión social.

Para finalizar, quiero junto con ustedes, pedirle al Padre que en este tiempo en el que celebramos la V Conferencia del Episcopado Latinoamericano que tiene lugar en Aparecida, Brasil, nos ilumine con su Espíritu, para que como Iglesia que camina en América, nos sintamos llamados a ser signo del Amor preferencial de Dios por los pobres en la vida de nuestras comunidades.


Vivamos como testigos de Jesús Resucitado | Abril de 2007
Aleluya! Jesucristo ha resucitado! Feliz Pascua de Resurrección para todos y todas! Con este saludo fraterno, lleno de renovada esperanza, quiero compartir con ustedes y con todas las Cáritas de Argentina la alegría profunda de estar celebrando, en Cristo y por Cristo Resucitado, el triunfo del amor y de la vida. Esta certeza de nuestra fe, que supera todo lo que humanamente podríamos esperar, es y será siempre el fundamento que sostiene nuestra vida cristiana y la construcción de su Reino de paz, de justicia y de amor.

Adentrarnos en el misterio Pascual de Jesús es, además, el único camino para no desanimarnos ni rendirnos frente a tantas situaciones difíciles y dolorosas que nos atraviesan el corazón y que suelen generar un pesado sentimiento de impotencia. Situaciones "pequeñas" de desencuentros y peleas, incomprensiones y rencores en el ámbito personal y familiar. Situaciones "enormes" de marginación y pobreza, injusticia y emergencias en el ámbito comunitario y social. ¡Cuántas veces brota en nuestro interior ese grito punzante de la impotencia transformada en pregunta: "¿qué puedo hacer?"!. Cuántas otras quedamos sumergidos en un silencio profundo ante la realidad que nos supera.

Pocos días atrás viví intensamente ambos: pregunta y silencio. Con motivo del III Encuentro Continental de Pastoral Social-Cáritas y XVI Congreso Latinoamericano y del Caribe de Cáritas, junto a miembros de todas las Cáritas de América, pude entrever parte de la realidad que vive el pueblo de Haití, el país más pobre del continente. Cruzar la frontera desde República Dominicana, atravesar la ciudad de Puerto Príncipe y recorrer los 180 kms. hasta Les Cayes, donde se realizó el Encuentro, me provocó una tremenda conmoción interior. ¿Cómo encontrar el camino que procure una vida digna a tantos, ¡tantos hermanos y hermanas! que, al borde de caminos destrozados, entre montañas de basura acumulada por las lluvias, sin agua corriente, ni cloacas, ni alumbrado público, con mercaditos improvisados de compraventa o trueque de productos elementales del campo, viajando como ganado en la caja de camionetas o en camiones, teniendo como principal recurso para sobrevivir la propia salud y fortaleza física, van peleando cada día contra la marginación y pobreza?

Sin ir tan lejos, el drama de las inundaciones en varias provincias obligó nuevamente en nuestro país a miles de familias a tener que dejar sus casas. ¿Podría haberse evitado perder en horas el fruto de tantos años de sacrificios y trabajos? ¿Cómo recomponer, además de la casa, el ánimo golpeado?

Si el odio y la injusticia hubieran sellado para siempre la tumba de Jesús el Viernes Santo, nuestro destino fatal no sería otro que acostumbrarnos a vivir en la impotencia del crucificado... en la pregunta del "¿por qué nos has abandonado?"... en el silencio de la muerte... Pero algo inaudito aconteció! Ese silencio paralizante y mortal fue roto definitivamente por la respuesta del amor poderoso del Padre: JESUS RESUCITÓ! Y con El también nosotros!. Y por la acción del Espíritu que nos apropia la Pascua del Maestro, somos transformados de tal manera que nuestra nueva vida en Cristo es vocación y misión a ser hoy palabra profética de fraternidad, servicio y amor.

Y aunque nos sigan acechando sentimientos de impotencia, o preguntas sin fáciles respuestas, o silencios de perplejidad ante situaciones que nos superan, la Pascua que celebramos nos regala certezas más hondas que confirman para siempre el sentido y fecundidad de nuestro compromiso cotidiano en Cáritas: Dios desacreditó la violencia, el pecado y la muerte y acreditó a Jesús como Camino de amor que nos hermana, Verdad que libera de toda opresión y Vida abundante que dignifica a todos y todas. Con el Resucitado podremos encontrar caminos nuevos que expresen la entrañable y generosa fraternidad con los pobres y entre los pueblos del continente y del mundo.


¡Cuaresma! Ahondemos con nuestros pasos las huellas de esperanza que Jesús inició para todos | Marzo de 2007
Es una gran alegría para mí reencontrarnos a través de nuestro boletín Huellas de Esperanza. En este nuevo año que ya hemos comenzado, estoy cierto que Dios nos irá llevando por caminos ya conocidos y transitados y, al mismo tiempo, por nuevos desafíos para seguir creciendo como personas, discípulos de Jesús, hermanos y hermanas de todos, especialmente de los más pobres. Cuando estas líneas les lleguen, estaremos viviendo una nueva Cuaresma. Tiempo ya conocido de preparación a la Pascua, pero siempre tiempo nuevo y privilegiado de conversión. Como cristianos, de alguna manera "detenemos" un poco la marcha. Jamás para instalarnos. Todo lo contrario. Para dejarnos "cuestionar" por el amor de Jesús que nos vuelve a invitar a creer en El, a refundar en su Evangelio nuestro camino y esperanza, a dar testimonio cotidiano del amor con nuestros gestos, palabras, opciones y compromiso con y por los demás. Es tiempo para dar muerte al hombre viejo y renacer con Cristo en su Pascua a la alegría de la vida nueva y plena que sólo en El encontramos.

Seguir los pasos de Jesús
Desde nuestra misión en Cáritas, el llamado a abrir el corazón supone afinar el oído interior para volver a escuchar en el hoy de nuestra historia su invitación a seguirlo, ahondando con nuestros pasos esas "huellas de esperanza", fecundas y transformadoras, que El mismo abrió de una vez y para siempre para todos los hombres. Porque Jesús vino a sanar las heridas, a contener a los corazones afligidos, a denunciar todo aquello que daña la vida, en cualquiera de sus formas. Vino a dignificar a cada persona, a defender a los más pequeños, a los más pobres, a quienes no se pueden valer por sí mismos. Vino para desarticular esas enemistades y divisiones que nacen del pecado humano y que nunca son queridas por Dios. Como dice San Pablo, "vino a hacer de todos una sola familia, un solo pueblo", reconciliándonos en el amor. Vino, sobre todo, para que todos podamos experimentar que somos incondicionalmente amados por El.

"Nobleza obliga... amor con amor se paga", decía Santa Teresa. Por eso es que nuestra labor en Cáritas no es otra que continuar y hacer presente con la palabra y el testimonio el Reino que Jesús comenzó. Todo lo nuestro ha de entrar en esa construcción. El camino recorrido y el que falta recorrer. Nuestro modo de relacionarnos con los demás, sumando experiencias, aprendizajes, éxitos... y también fracasos. La creciente toma de conciencia de nuestros propios límites y debilidades, talentos y carismas. Incluso la enorme diversidad que constatamos entre nosotros, lejos de ser obstáculo es riqueza que ha de aportar, en el mismo palpitar de la fe, al afianzamiento de la unidad plural y variada de todo el género humano.

A modo de ayuda para transitar esta Cuaresma les propongo reflexionar humilde y sinceramente en torno a esas preguntas fundamentales que no siempre nos hacemos: ¿Quién soy? ¿Qué estoy generando, creando con mi propia vida? ¿Por qué vivo de esta manera y no de otra? ¿Quién cuenta conmigo? Respondernos estos interrogantes, de la mano de Jesús, nos ayudará a reencontrar con mayor hondura el rumbo de nuestra existencia y a recibir con apertura de corazón los nuevos desafíos e invitaciones que el Señor nos haga.

Van mis mejores deseos y el compromiso de mi oración para que vivamos todos una fecunda y santa Cuaresma.

Navidad: "desmesura" del amor de Dios que derriba los límites de nuestro "mesurado" amor | Diciembre de 2006
Adentrándonos en el tiempo de Adviento, distintos signos y gestos van adornando nuestras casas, comunidades y barrios, anunciando la gran celebración del nacimiento del Hijo de Dios. Es como si poco a poco nos fuéramos acercando a Belén. Y junto a los demás peregrinos que acuden también a contemplar a Dios hecho Niño, nos disponemos a dejarnos sorprender nuevamente por la inmensidad de su amor que supera toda comprensión humana.

Este extremo de entrega y de cercanía de Dios con respecto a la humanidad nos enseña el rumbo y contenido del verdadero amor: aprender a ponernos en el lugar del otro para emprender juntos caminos de liberación, crecimiento y fraternidad. Cuando este aprendizaje se va afianzando en cada uno de nosotros... todo cambia! Cualquiera que esté a nuestro lado puede ser inmediatamente visto, valorado y tratado como hermano o hermana. Y al asumir su realidad como parte de mi realidad, se afianzan y renuevan también los vínculos sociales.

Por todo esto, la Navidad nos hace siempre tanto bien porque al beber en la "desmesura" del amor de Dios podemos superar la "mesura" en que solemos achicar nuestro propio amor. No se trata sólo de dar "algo" de nuestro tiempo o de nuestros bienes. En realidad en el niño de Belén descubrimos que se trata de "algo" mucho más hondo, que no anula la generosidad del compartir sino que la lleva a su hondura más plena: se trata, sobre todo, de darnos a nosotros mismos.

Proyectar un futuro para todos
En este tiempo muchos de nosotros intentamos hacer un balance de lo vivido en el año que termina. E incluso comenzamos a hacer propósitos para el nuevo año que comienza. En este proceso de recuperar la vida y de fijarnos nuevas metas procuremos también abarcar proyectos que nos involucren a todos como sociedad, aunque parezca utópico o demasiado grande. Sobre todo que en nuestro horizonte personal esté seguir trabajando siempre por el acceso de todos a una vida digna, a oportunidades de desarrollo, a la participación ciudadana plena.

Y que al expresarnos mutuamente los buenos deseos, podamos expresar también con ellos nuestra voluntad y compromiso de construir una sociedad mejor, con honestidad y con el esfuerzo cotidiano de cada uno. En este sentido, quisiera agradecer de modo especial la tarea silenciosa de miles de personas, entre ellas muchos voluntarios que perseverantemente testimonian su compromiso con el prójimo a través de distintos proyectos de promoción humana y ciudadanía. Cada uno de ellos, sus familias y comunidades, van sembrando una esperanza que supera cualquier desaliento, porque saben que, como el grano de mostaza del Evangelio, la fuerza del Reino de Dios supera siempre nuestras limitadas posibilidades. Muy Feliz y Santa Navidad para todos.


Cáritas y ciudadanía van también de la mano | Noviembre de 2006
Muchas veces, al compartir con amigos o en familia la interpretación y vivencia que cada uno tiene de la coyuntura actual en sus dimensiones políticas, sociales, económicas y culturales, solemos identificar algunos aspectos que nos alientan pero también otros que nos dejan muy disconformes y que consideramos urgente y necesario cambiar. En ambos casos, cuando damos el paso siguiente que consiste en señalar quién o quiénes son los responsables de la realidad compleja que estamos viviendo, nos asalta la tentación de pensar que dicha responsabilidad recae solamente, sea como culpa o como mérito, en los gobernantes de turno o en los diversos dirigentes de la sociedad (empresarios, sindicalistas, etc.). No nos equivocaríamos del todo si pensáramos así. Pues es verdad que quien ejerce un poder, cualquiera sea, sólo queda justificado cuando lo hace en la verdad y en la justicia. Y que su responsabilidad es mucho mayor cuando el poder que ejerce le ha sido delegado democráticamente en vistas al bien común de toda la sociedad.

Dicho esto, y que quede subrayado, quiero expresar ahora que a cada uno y a cada una de nosotros nos cabe también una responsabilidad no pequeña en cuanto ciudadanos en la construcción de una patria de hermanos. Todos estamos inmersos en la comunidad social y, por tanto, estamos llamados a trabajar incansablemente, desde nuestra propia situación y vocación, para que prime siempre en nuestro pueblo, por encima de intereses particulares y sectoriales, el bien común de todos (valga la redundancia). Esto implica asumir en nuestra vida personal, y sé que muchas veces es bien difícil, los principios, convicciones y valores que surgen del Evangelio y que dan su fundamento y solidez a la Enseñanza Social de la Iglesia. Y, desde ellos, procurar sanar las instituciones y estructuras para que reflejen y promuevan una convivencia social inclusiva, justa, solidaria y fraterna. Hemos de brindar entonces, con nuestro modo de hablar y obrar, un indelegable aporte al diálogo democrático, la cultura del trabajo, el cumplimiento de los deberes ciudadanos, el cuidado ecológico, la defensa de la justicia y la educación para la paz.

Una ciudadanía vivida con madurez nunca nos instala en la queja sino que nos lleva a participar activamente en la sociedad, promoviendo condiciones de vida digna para que todas las personas dispongan realmente de sus derechos y puedan asumir también sus obligaciones. Esto incluye, de manera especial, una decidida opción por los pobres. No sólo para que su vida encuentre mayor cobijo y sustento, sino para que todos puedan brindar su precioso aporte y protagonismo en la edificación del destino común.

En este sentido, desde Cáritas, descubrimos en nuestro país diversas formas de pobreza. Está la de quienes carecen de lo más básico y esencial para el sustento de su vida. Está la de quienes no tienen oportunidades para desarrollar, haciéndolos crecer, los talentos recibidos. Y está también, muy relacionada con las dos anteriores, la de quienes se ven excluídos en su participación ciudadana, porque se ven imposibilitados de ejercer plenamente los propios derechos, o porque su voz, sus necesidades, reclamos y propuestas no son escuchados.

Por eso, como Cáritas, creemos que nuestro amor activo no puede limitarse a uno solo de dichos aspectos sino que ha de abarcarlos todos. Consideramos entonces necesario acompañar nuestras acciones con una profunda formación en ciudadanía, que fortalezca el protagonismo de cada uno, en especial de los hermanos y hermanas más desprotegidos. Desde esta visión, entendemos que la formación y el ejercicio ciudadano son también una forma de promover esa inclusión social que anhelamos y que renueva nuestro compromiso generoso por un país mejor.

Va para el pueblo de Misiones un especial saludo y agradecimiento por el testimonio y enseñanza de participación ciudadana que nos han brindado a todos.

Compartir el pan y la vida, nos fortalece integralmente | Octubre de 2006
Cada vez que nos sentamos a la mesa para compartir el alimento diario, podemos nutrimos física pero también espiritualmente, porque compartimos el pan y la vida, y eso nos ayuda a crecer como personas. Sin embargo, un derecho tan básico y fundamental como lo es la alimentación, aún sigue marcando desigualdades en nuestra sociedad, afectando de manera especial a los niños y a los ancianos más pobres. Entre otras alternativas, desde Cáritas buscamos dar respuesta a esta necesidad a través de los centros comunitarios, nacidos en su mayoría como comedores en el momento más agudo de la crisis social. Estos Centros desarrollan distintos programas que hacen a una mirada integral de la pobreza y, aunque incorporaron acciones educativas, de capacitación en oficios y de organización comunitaria, no es posible todavía abandonar por completo la asistencia alimentaria. Como Cáritas, deseamos que llegue el día en que cada familia pueda comer en su casa con el fruto de su trabajo. Mientras tanto, silenciosamente, se sostiene una red que permite que muchas personas reciban, todos los días, lo básico para la vida. Este compromiso cotidiano nos manifiesta la solidaridad que vive el pobre con el pobre, y de la cual, sin duda, todos podemos seguir aprendiendo. Especialmente, desde la sensibilidad que asume el dolor del semejante y que abre el corazón a la donación, más allá de los recursos materiales con los que se cuente. Por eso, los voluntarios que participan en estos Centros de Atención Integral, no están allí solamente para dar de comer. Son quienes escuchan lo que le pasa a cada uno, acercan la vianda al que está enfermo, acompañan y animan cuando el cansancio y las dificultades parecen superarlo todo.

El rostro femenino de la solidaridad
Esta tarea solidaria, en su mayoría, está protagonizada por mujeres. Muchas de ellas son madres de familias numerosas y, en algunos casos, abuelas que cuidan de sus nietos y de los hijos de otros vecinos. Muy temprano llegan a los comedores de Cáritas, con las donaciones recibidas y con lo que aportan desde sus propias casas. La tarea es ardua, se cocina para una gran cantidad de personas, y luego se limpia el lugar para recomenzar al día siguiente. Algunas de ellas, al terminar su acción como voluntarias, parten a sus trabajos o llegan de ellos para preparar la merienda o la cena, según el turno que tenga el comedor. Junto a esta sensibilidad, convive una clara conciencia de la necesidad de cambiar la situación actual. Por eso, en el encuentro con los vecinos, se comparten problemáticas que llevan a que la comunidad se reúna y se organice, con la convicción de que juntos es posible transformar la realidad.

El rol de la mujer en nuestras comunidades, y de manera especial en los ámbitos más humildes, tiene una fuerza tal que no sólo expresa la capacidad de cuidar la vida, singular en la identidad femenina, sino que da cuenta también de las vivencias de quienes se reconocen madres, ciudadanas, protagonistas. Lejos de quedarse mirando su propia situación familiar, estas mujeres construyen redes, gestionan recursos, peticionan sobre sus derechos. El rostro femenino de la solidaridad nos devuelve los gestos más tiernos de Dios y también la firmeza de quienes no se dan por vencidas, porque saben que la Vida siempre puede más.

La educación, camino necesario para revertir la exclusión
| Septiembre de 2006
En esta época del año hay dos fechas que nos remiten de lleno al tema educativo: el día del maestro y el día del estudiante. Como nos pasa a muchos, recuerdo con mucha alegría el tiempo escolar y llevo en el corazón una enorme gratitud hacia los que fueron mis docentes. Desde este recuerdo y considerando la realidad actual, la interpelación es muy grande. Sabemos bien que no todos en nuestro país tienen las mismas posibilidades educativas. Mientras para algunos las variantes en colegios, modalidades y servicios están enteramente disponibles, para otros llegar diariamente hasta la escuela requiere un enorme esfuerzo, y en muchos casos están prácticamente imposibilitados de hacerlo. La gran desigualdad existente nos lleva a trabajar en forma más comprometida por la educación para todos. Pues, también lo sabemos bien, es a través de la educación que se pueden desarrollar las potencialidades que hay en el corazón humano y se comienza a proyectar el futuro, tanto personal como social.

La educación es un derecho de todos
Cada uno de los niños y jóvenes que hoy interrumpen su proceso educativo significa una enorme deuda para el país que estamos construyendo, porque una de las grandes posibilidades de revertir la exclusión, tal vez la más importante, es justamente la educación. Y llegados a este punto me parece bueno que podamos descubrir que el tema no se agota solamente con la posibilidad de ir o no a la escuela. Existe un contexto que acompaña y que fortalece la trayectoria educativa de cada persona. En primer lugar, la familia, y en ella la oportunidad de compartir los bienes de la cultura, los saberes propios, y la participación de cada uno en la formación de los chicos. En este sentido, en Cáritas descubrimos que, en la medida en que se estimula a la familia como agente educativo, se concreta un mejor aprendizaje. Por eso, en los centros de atención integral y en el apoyo escolar, los padres tienen, y han de tener siempre, una función irremplazable, tanto en el estímulo y acompañamiento de sus hijos, como en la articulación con las demás familias del barrio para mejorar entre todos la educación.

En este marco, señalemos también que es necesario asegurar condiciones básicas para sostener el estudio. ¿Cuáles? Subrayemos las más importantes: que las familias cuenten con trabajo, con una vivienda adecuada, con la posibilidad de transporte hasta la escuela, con acceso a útiles y libros. No es difícil entender, entonces, que la educación no puede considerarse como un tema aislado. Está íntimamente vinculada al del desarrollo equitativo. En la medida en la que podamos redistribuir con justicia los bienes materiales, también será posible que todos tengamos acceso a los bienes culturales y espirituales que hacen a nuestro patrimonio y crecimiento como personas. En definitiva, todos somos agentes educativos. Y si nos empeñamos en construir una sociedad más justa, la inclusión por la que luchamos será, poco a poco, no más una realidad "soñada" sino una realidad vivida y compartida.

Trabajar y dar empleo son responsabilidades personales y colectivas | Agosto de 2006
En la mayoría de nuestras comunidades, la festividad de San Cayetano nos congrega a agradecer y a pedir a Dios por el trabajo. La numerosa presencia de peregrinos en los santuarios a él dedicados, y su propio testimonio, expresan la intensa fe del pueblo y también una dura realidad laboral.

En nuestro país, siguen siendo muchísimas las familias que sufren a causa del desempleo o el subempleo, y la situación ha llegado a tal punto que parece muy difícil de revertir. Escasean los puestos de trabajo. La reconversión del mercado laboral y las nuevas exigencias de capacitación dejaron fuera del "sistema" a muchos adultos y sólo los jóvenes que han logrado algún título o formación específica pueden abrigar alguna esperanza de alcanzar un empleo. Para tantos hermanos y hermanas queda, únicamente, la ardua y fortuita posibilidad de encontrar una changa, obtener un trabajo temporario o acceder a un plan social o a un subsidio. En esta situación, la brecha entre quienes acceden a los bienes necesarios y quienes tienen que ingeniárselas para sobrevivir, se hace cada vez más grande. El pobre sin trabajo se transforma en excluido, y aunque se tengan las fuerzas y las ganas, y en muchos casos también el saber y el oficio, es hoy bien difícil conseguir empleo. Y si, dado el caso, se consigue, no siempre las condiciones están de acuerdo con la dignidad de quien trabaja.
D
esde una convivencia social más justa
Por eso es necesario que, como sociedad, no sólo estemos atentos al drama de los altos índices de desempleo. Es obvio que, en la medida en que disminuyen, nos alegra y alienta. Pero no hemos de olvidar que dichos índices, aún cuando desciendan considerablemente, cosa que áun no sucede, son un pálido reflejo de un drama mucho mayor que no puede ser evaluado en cifras y que no se resuelve simplemente por un caudal mayor de ingresos familiares. Necesitamos superar el individualismo egoísta que sólo procura el propio bienestar y progreso, comprendiendo que trabajar y dar empleo, en la medida en que es posible, son responsabilidades simultáneamente personales y colectivas. Es fundamental, además, seguir fortaleciendo siempre la educación en todos sus niveles. Y es importante también revisar y optimizar las condiciones del trabajo, pues desde el trabajo y las condiciones en que se realiza, se afianza, o no, un vínculo social, una manera de convivir en justicia y solidaridad. Dios, que es Padre de todos, y que creó cuanto existe para la vida y el bien de todos, nos interpela a generar y afianzar relaciones justas, fraternas, pacíficas, de cooperación y respeto de todos con todos. En la medida que las condiciones laborales se tornen más dignas, será posible alcanzar el sentido pleno de la labor humana pues, a través de ella, al tiempo que contribuimos a transformar la naturaleza, podemos desarrollar creativamente los dones recibidos y brindar el particular aporte de cada uno en la historia.

En Cáritas, este aspecto del trabajo es asumido como parte de una verdadera promoción humana para que las personas se capaciten y organicen comunitariamente. Las ferias de emprendedores, el apoyo a un estilo asociativo, la idea de un comercio justo y una economía solidaria, testimonian un modo nuevo de relacionarnos desde el trabajo, que nos permite crecer como personas y acrecentar también el bien común.

Desde esta conciencia de la responsabilidad de cada uno sobre la vida de los demás, los invito a que realicemos una oración por el trabajo de todos y para todos. Y aprovecho la ocasión para que, de manera especial, encomendemos la situación en Medio Oriente en las manos de la Virgen María, Señora de la Paz, para que termine ya la locura de la guerra y se restablezca cuanto antes la convivencia justa y pacífica entre los pueblos.


El amor como clave para transformar la historia Julio de 2006
Cada vez que tengo la posibilidad de compartir con nuestras comunidades y vivenciar las actitudes fraternas que se multiplican, siento la fuerza de nuestra gente que no baja los brazos ante la adversidad. Es entonces cuando confirmo que nuestra misión como Cáritas se renueva y resignifica, con cada acción que busca ser signo de una caridad transformadora, tanto de la vida de quien sufre la situación de pobreza como de las estructuras que la ocasionan.

Por eso, en esta tarea es fundamental que sigamos asumiendo la promoción humana y el ejercicio responsable de nuestra condición de ciudadanos con un verdadero compromiso social que nos interpele como cristianos, como comunidad, como pueblo. De manera especial, a través de nuestra Colecta Anual, fuimos testigos de muchos gestos concretos para con aquellos que menos tienen y también pudimos profundizar en lo que hace a la construcción de un modelo de convivencia más justo y equitativo. Alentados por la gran participación en esta iniciativa solidaria, es bueno recordar cuál es el origen de nuestro compromiso social. Desde la fe, sabemos que el amor a los demás tiene su origen en el mismo Dios. Nuestro Padre nos ama apasionadamente y nos acompaña desde una cercanía que logra transformar la historia. Su presencia amorosa en medio nuestro suscita en nuestros corazones la necesidad de salir al encuentro de los demás para compartir a ese Dios que nos habita y que no quiere que guardemos para nosotros todo lo recibido, sino que lo plenifiquemos desde la ofrenda. Vivido con este sentido, el amor al prójimo se expande en un amor social capaz de transformar las estructuras, las reglas de convivencia, las instituciones.

Porque sólo desde el amor es posible dar respuestas a las situaciones que se presentan cuando convivimos con otros, ampliando el corazón y el entendimiento en una lógica que no sólo habla de lo que a cada uno corresponde, sino que se comprende el misterio único del otro. Se hace posible el perdón, la compasión y se puede mirar el futuro desde nuevas posibilidades.

Cuando hay amor también hay humanidad. El ser amado es el ser que alcanza la profundidad de lo humano desde la experiencia original. Porque antes que nada, en el origen de la vida del cosmos y de la de cada uno en particular, fuimos amados, amados por Dios. Y, desde allí, nos llamó a la vida. Por eso, al hablar de dignidad humana en Cáritas no sólo hablamos de la posibilidad de que todos accedan a lo necesario para sustentarla, sino fundamentalmente, de que esa vida pueda ser enriquecida, valorada por uno y por los demás, nunca instrumentalizada, capaz de ser libres para optar individual y socialmente.

Por eso, la defensa de la dignidad humana es un valor fundante de la tarea de Cáritas, y para lograr que se respete en plenitud es necesario trabajar en el ámbito personal, con una permanente conversión que posibilite valorar el sentido de la vida, en el ámbito familiar como otro espacio primordial para fortalecer a la persona, y también en los niveles colectivos de participación ciudadana. Todos somos responsables del modelo de sociedad que estamos construyendo y esto nos interpela a garantizar que se pueda incluir a todos, con igualdad de oportunidades de protagonismo, para que brille la luz de cada uno, en ese milagro único e irrepetible que se manifiesta en cada persona.

Necesitamos construir entre todos una convivencia justa, fraterna y equitativa Junio de 2006
Muy cercanos a nuestra Colecta Anual, reconocemos en este acontecimiento que nace desde Cáritas pero que supera ampliamente las fronteras institucionales, un nuevo llamado a renovar con humildad y alegría la misión y tarea que compartimos. Y esto por diversos caminos.

Ante todo, el mismo lema de la Colecta: “Por una sociedad sin exclusión ni pobreza”, afianza en nuestro corazón el rumbo que queremos seguir con nuestro compromiso de amor. Lejos de desalentarnos por la dura situación que sigue aquejando a tantísimos hermanos y hermanas, asumimos como nuestro y con mucha esperanza el mismo proyecto de Jesús. Es El quien dignifica, incluye y reconcilia a todos. Con El y por El queremos seguir sus pasos junto a los más pobres.

Sabemos también que, no obstante los signos de individualismo y fragmentación que aún constatamos en nuestro país, son muchísimos los que a través de su ofrenda generosa en la Colecta, expresan su confianza en Cáritas y su secreta o manifiesta esperanza de que es posible una convivencia social fraterna que busca la justicia y la equidad para todos.

Hace muy poco, además, en el Encuentro y Asamblea Nacional realizados en Mendoza, nos comprometimos a ser una Cáritas atenta a la realidad y a las mociones del Espíritu de Dios. Esta doble apertura y disponibilidad es la que nos ha de guiar siempre en nuestra misión para que lleguemos a ser, cada vez más, semilla fecunda capaz de transformar la historia. Así lo entendieron los primeros cristianos, quienes bajo el impulso del Espíritu recibido en Pentecostés compartían la enseñanza de los Apóstoles, la Eucaristía y también los bienes materiales. Ninguno de ellos permanecía tranquilo mientras un hermano padecía alguna necesidad. La comunión de amor con Cristo los llevaba, y nos lleva siempre, al solícito amor fraterno. Y ese novedoso dar y recibir en el amor era, y seguirá siendo siempre, el principal signo de credibilidad del anuncio transformador que como comunidad cristiana hemos de ofrecer al mundo que hoy nos toca vivir. Que nuestras palabras y gestos sean tales que reclamen profética y amorosamente la responsabilidad de todos

Los mismos pobres, con su protagonismo cada vez mayor, van consolidando organizaciones comunitarias que promueven creativamente alternativas ante la ausencia o precarización del empleo y ante cotidianas dificultades en el acceso a la salud, a la educación de los hijos, a la vivienda. Pero es obvio que la exclusión no es un problema que puedan o tengan que resolver sólo quienes la padecen. Necesitamos, como conjunto social, cada uno desde su rol y capacidades, preguntarnos si estamos aportando responsablemente a la construcción de un modelo de país justo y equitativo en el que todos tengamos acceso a un desarrollo integral y a una vida digna. Y nosotros, muy especialmente, hemos de ayudar permanentemente a que no se adormezca o acostumbre la conciencia personal y social a la situación de pobreza y exclusión que padecen tantos hermanos.

En este año tan especial, en el que celebramos los 50 años de Cáritas, queremos que el mensaje de la Colecta llegue a todos! A cada vecino, compañero de trabajo, comunidad, medio de comunicación, empresa, organización social, etc. De esa manera, el crecimiento esperanzado del Reino de Dios, Reino de paz, de justicia y de amor, encontrará también un modo de fortalecerse y multiplicarse desde el compromiso solidario en construir “una sociedad sin exclusión ni pobreza”.

Dando gracias a todos por la generosa entrega manifestada durante este tiempo, seguimos encomendando a nuestra Señora de Luján, patrona de nuestra patria, los caminos que nos unen como hermanos en la tarea de incluir a todos.

Atentos al espíritu y a la realidad que nos rodea Mayo de 2006
Con los ecos todavía bien fresquitos de nuestra reciente Asamblea y Encuentro Nacional, son muchos los momentos compartidos que podemos recordar para renovar cada día nuestro camino como Cáritas. En el contexto de esta importante celebración, pudimos reconocernos también a través de las expresiones propias de cada uno de nuestros lugares. Entre ellas, ¡qué riqueza de músicas que han surgido y surgen de la identidad cultural de las diversas regiones del país!. Y ¡qué entusiasmo por encontrarle el ritmo y unirnos al compás del baile que cada una de ellas invita! Pues bien, tal como les decía en la Eucaristía final, nuestra misión nos lleva siempre a interrogarnos ¿cuál es la música, cuál el ritmo, que han de guiar nuestro quehacer actual?. Podemos reconocer entonces dos fuentes inseparables de donde brotan una y otro.

Por un lado, el Espíritu Santo que actúa en lo profundo de nuestros corazones y que nos confirma y envía para completar la obra que Jesús comenzó a favor de todos. Como comunidad de discípulos del Resucitado, el Espíritu nos ha regalado una nueva capacidad comunicadora. Nos ha hecho a todos profetas, capaces de pronunciar, con la palabra y las obras, el sentido del mundo y el valor de la vida humana renovada en Cristo y, al mismo tiempo, de denunciar cuanto atenta contra el Reino de Dios y la dignidad de los hermanos.

Por otro, la realidad de nuestro tiempo que requiere escucha y discernimiento para comprender sus penas y sufrimientos, sus anhelos y esperanzas. ¿Por qué? Porque es claro que aunque la identidad de Cáritas no cambia, es decir, el servicio de amor organizado de la Iglesia a los pobres y excluídos, sí es distinto el contexto social, cultural y político en el que nos movemos en cada etapa de la historia. Y éste requiere un sabio y permanente discernimiento. De lo contrario podríamos, bajo apariencia de bien, estar afianzando lo que está mal o, tal vez, dedicarnos sólo a secar lágrimas en lugar de aliviar el dolor que las provoca.

Vuelvo a la metáfora. Si estamos atentos a la “música y ritmo” que el Espíritu de Jesús y la realidad de nuestro tiempo nos ponen, descubriremos que ambos nos llevarán siempre por el “baile-movimiento” adecuado, nuevo, interior y profundo, distinto y transformador: el proyecto de amor de Jesús Resucitado en el hoy de nuestra humanidad sufriente. Este movimiento implicará también una sincera conversión, personal y comunitaria. En algún sentido un “morir”, y un renacer, y un verdadero resucitar!. ¿Cuál será entonces el paso que todos tenemos que dar? Individualmente, cada uno deberá pedir la gracia de poder morir al hombre viejo, y así dar muerte a lo que todavía perdura de cerrazón, de individualismo, de prepotencia y de soberbia en nuestra vida. Comunitariamente, tendremos que dar muerte a estilos de trabajo con los pobres que no permiten crecer, ni sanan, ni liberan integralmente al hermano herido y abandonado al borde del camino. Pensemos, por dar sólo un ejemplo, en la necesidad de abandonar todo asistencialismo.

Les deseo de corazón que, aunque dispersos por la vasta geografía del país, “bailemos juntos al ritmo de la música que el Espíritu y la realidad de hoy nos suscitan”. Cercanos a la fiesta de San José Obrero, le pedimos a él y a María de Luján, Patrona de Cáritas, que nos lleven de la mano para que seamos alegre y comprometido anuncio profético del Reino de Dios en nuestra sociedad.


Los gritos de desamparo de miles de personas nos invitan a una entrega como la de Jesús Abril de 2006
La Pascua que pronto celebraremos, misterio infinito del amor de Dios, es LA invitación que El nos hace cada año para que renovemos, bebiendo en su fuente propia y genuina, el sentido y la plenitud de nuestra vida cristiana. Una sola condición es necesaria para que la muerte y resurrección de Jesús, que transformó definitivamente a la humanidad y a la historia entera, transforme también nuestra propia realidad: humildad y apertura de corazón. Del resto se encarga El, el Crucificado-Resucitado. No importa cuál sea nuestra situación actual. ¿Pena? ¿Confusión? ¿Desánimo? ¿Indignación? Si le damos cabida para que camine junto a nosotros, como lo hicieron aquellos discípulos rumbo a Emaús, El nos llevará siempre hasta la alegría que nadie podrá jamás arrebatarnos: celebrar la vida, compartir el pan, y constatar que el corazón todavía puede arder de amor cuando descubre la cercanía del Señor amado.

Pienso ahora en el abatimiento que muchas veces sentimos por lo que sucede a nuestro alrededor. La injusticia y el dolor que experimentan muchos hermanos, especialmente quienes viven la pobreza y la exclusión, nos cuestiona y nos lleva a preguntarle a Dios ¿Qué podemos hacer? El núcleo de su respuesta está justamente en la Pascua de Jesús. Jesús crucificado asumió como propio no sólo su dolor, y con él la injusticia que lo provocó, sino el dolor e injusticia que todo ser humano pueda padecer en este mundo. Por amor se hizo cargo de todos nosotros. Y por amor fue fiel al Padre, llevando la donación de sí mismo hasta el extremo, aparentemente absurdo, de padecer la cruz.

Pero el Padre desacreditó la violencia y la injusticia y acreditó el amor de su Hijo resucitándolo de entre los muertos.

La entrega amorosa de Jesús es bien cuestionadora e interpelante para nuestro mundo de hoy, en el que se acentúan los rasgos de individualismo y el afán de preservar lo propio. Nosotros mismos hemos de volver a encontrar el verdadero sentido de nuestros actos de amor. Los gritos de desamparo de miles de personas nos invitan a una entrega como la de Jesús, es decir, a dar la vida por amor. Y aunque ello cueste crucifixiones diarias, sabemos ya que la cruz asumida por amor junto al Maestro guarda en sí una profunda convicción sobre la vida y su poder victorioso sobre toda realidad de muerte. Esta es la fuente más plena de nuestro testimonio cristiano, especialmente en el servicio que realizamos desde Cáritas.

En cada uno de los proyectos y acciones que emprendemos en nuestros barrios, capillas y comunidades, queremos asumir como propio el dolor de los hermanos y queremos trabajar unidos para la transformación pascual de esa realidad. Así, la Resurrección de Jesús hará nueva nuestra vida personal y nuestra realidad social y se afianzará la justicia, la igualdad de oportunidades y el valor de la dignidad humana de todos.

Desde la alegría y la confirmación de nuestra vocación de testigos de Jesús, vivo y presente en medio nuestro, les deseo a todos muy feliz Pascua.


"Formar el corazón" para ser testigos creíbles del amor de Cristo
Marzo de 2006
En este primer encuentro del año a través de nuestras "Huellas de Esperanza", comparto con ustedes la alegría de un año muy especial para toda la familia de Cáritas. ¿Por qué tan especial? Por un lado, ¡festejamos los 50 años de existencia! Queremos, por tanto, celebrar agradecidos esta historia ya vivida y escrita con el compromiso generoso y valiente de tantas y tantas personas y comunidades a lo largo y ancho de todo el país. Por otro, tendremos, en mayo próximo, en Mendoza, la oportunidad de reunirnos en el XI Encuentro y XV Asamblea Nacional. Ambos acontecimientos son promesa cierta de renovación y fortalecimiento en lo que hace a la esencia de nuestra misión. En ellos se unen la fidelidad al Evangelio, la perseverancia, la comunión como Iglesia, el testimonio del amor. Y también el desafío de dejarnos interpelar por el presente para discernir, en los "signos de los tiempos" de hoy, cuál ha de ser el camino a recorrer y qué prioridades asumir en este nuevo trienio.

La Providencia ha querido que el Papa Benedicto XVI nos regalara, días atrás, y en este contexto peculiar nuestro, la riqueza enorme de su primer Encíclica: "Dios es Amor". Con la sabiduría del maestro que guía paso a paso al discípulo, y que no elude las cuestiones más complejas de la relación entre Caridad y Justicia, entre Iglesia y Estado, él nos ayuda a zambullirnos en el océano infinito del amor de Dios, amor primero y gratuito, revelado plenamente en Cristo, y en Cristo crucificado, y reconocer así en Él la verdadera fuente e identidad de la caridad del cristiano y de la Iglesia.

Convencido de que su lectura nos brindará mucha luz y fuego del Espíritu para nuestra vida personal y para nuestras Cáritas, los invito a reflexionarla comunitariamente y compartir con apertura de corazón lo que nos vaya suscitando. Especialmente la 2ª Parte que nos toca muy directamente.

Sin pretender una síntesis, pues sería aquí imposible, quiero subrayar uno de los aspectos que el Papa señala como "perfil específico de la actividad caritativa de la Iglesia". Al citar la parábola del buen samaritano como texto inspirador de la caridad organizada, nos orienta en un doble sentido. En primer lugar, la imagen del prójimo, reconocido en todo aquel que sufre y que está a nuestro lado, es profundamente comprometedora. Su dolor no acepta postergaciones. Es ahora que su presencia de hermano herido nos interpela a una respuesta concreta y eficaz de amor. Pero, y en segundo lugar, nos advierte que no cualquier modo expresa el verdadero amor. Este amor es una maravillosa unidad que se entreteje con diversos y complementarios "requisitos". Supone, sin duda alguna, la "competencia profesional", necesaria para saber hacer lo más apropiado y de la manera más adecuada, y en la que nunca insistiremos demasiado. ¡Pero ella no basta! Necesita, además, una rica y profunda humanidad, para que en el trato que brota del corazón, el hermano atendido experimente la calidez del sincero y verdadero amor.

¿Cómo hacer para "formar nuestro corazón" de modo que cada uno de nuestros gestos, palabras y acciones expresen ese verdadero amor? ¿Cómo hacer para que la caridad no sea cumplimiento de un mero imperativo ni se rinda ante el exceso de las necesidades, o de las dificultades e injusticias? El Papa nos señala el camino a recorrer. En el encuentro con Dios, a través del contacto vivo con Cristo, encontraremos siempre la fuerza y alegría interior en el servicio de amor que nos permitirá superar toda tentación de desánimo y de sucumbir a la inercia de que nada se puede hacer. Y sobre todo, aprenderemos que no sólo hemos de dar algo nuestro. Como el Señor y Maestro, descubriremos que hemos de darnos a nosotros mismos, ¡que nuestra misma persona ha de ser parte del don! Esta es la gran opción de vida para cada uno de nosotros. Ser testigos creíbles del amor de Cristo, que transforma la realidad construyendo nuevas relaciones sociales, que se abre al diálogo en la pluralidad, que es capaz de incluir a todos y a todas.

No tengamos miedo de amar así. Este es un tiempo para ir a fondo en el compromiso y la entrega de la vida. Así lo entendieron quienes, antes que nosotros, a lo largo de estos 50 años que ahora celebramos, no se mezquinaron a sí mismos en la lucha amorosa contra la pobreza o la miseria del prójimo. Asumamos la hermosa herencia que nos han dejado. Y renovemos juntos el profetismo de la caridad que construye el Reino de Dios en justicia y fraternidad.


El Reino de justicia para todos se revela en la precariedad de un pesebre Diciembre de 2005
En estas primeras líneas quiero, ante todo, saludarlos con mucho cariño y de todo corazón y expresarles que estoy muy feliz de comenzar a caminar junto a ustedes en este servicio exquisito de amor que es Cáritas. Veo providencial que esto suceda justo al comienzo de un nuevo año litúrgico y, más precisamente en este tiempo de Adviento que nos prepara a la Navidad. Muy pronto estaremos en presencia de la Vida Nueva que nos llega a través de un Niño recién nacido. Una vez más Dios nos saldrá al encuentro para manifestarnos su eterna novedad en la sorprendente sencillez del pesebre.

Aquel nacimiento, que hizo nueva la historia porque el Hijo de Dios entró en ella, nos quiere hoy hacer nuevo el corazón y, en lo más hondo de cada uno, nos invita a renovar las opciones fundamentales que han de marcar a fuego el rumbo de nuestro caminar. En gran medida, de eso nos habla el nacimiento de Jesús en Belén. En él, Dios mismo nos revela cuáles son sus grandes opciones. Los invito, entonces, a reflexionar sobre ellas. Una primera es su opción entrañable por lo humano, por los hombres, por la humanidad entera. Al hacerse de verdad uno de nosotros, el Hijo, Jesucristo, asume en sí las cosas más cotidianas de nuestra vida. El mismo nacer y crecer, la familia, el juego y el aprender, el esfuerzo, el trabajo, el compartir con otros alegrías y tristezas, la preocupación por su gente y por su tierra, el dolor ante las injusticias religiosas y sociales que excluían al pobre y al pecador de la ternura de Dios y de la inclusión en la sociedad. A todos les enseñaba con palabras sencillas y gestos bien claros, comprensibles por cada uno. A la hora de elegir a sus discípulos los buscó entre los pescadores de la zona y entre la gente más sencilla. Y a la hora de caminar, visitar y recorrer, prefirió ir hacia las "fronteras", allí donde podía encontrar a quienes menos contaban. Por eso mismo nos revela esta segunda opción: la opción por los pobres.

La pobreza del pesebre en que nació, en las afueras de un pueblito perdido que ni figuraba en los mapas es, desde el comienzo, manifestación de un Reino Nuevo de Amor y de Justicia que comienza, justamente, donde menos podía imaginarse: en la marginación padecida por quien no tenía lugar en la posada. Pero este Reino, promesa cumplida de Dios, se abre a todos y a todas. Fortalece a las familias, congrega a un pueblo nuevo, constituye a la Iglesia como familia de Dios y se ofrece a la humanidad entera que camina en la historia buscando el Bien y la Verdad. Y aquí llegamos a la tercera gran opción que nos revela la Navidad. Dios opta por la comunidad. Por el encuentro reconciliado entre los seres humanos. Por la superación de la mirada desconfiada hacia los otros y por el abrazo que solidariza y hermana. Y confía en nosotros al confiarnos la tarea de seguir construyendo cada día ese Reino, con las actitudes que aprendemos de Jesús y con el compromiso de entregarnos como Él hasta el extremo de dar la vida por los demás.

Por eso, queridos amigos, al comenzar este nuevo tiempo, pidámosle a Dios que nos ayude a renovar nuestro corazón, haciendo nuestras sus mismas opciones. Todos, de alguna manera, estamos ya haciendo algo para que la realidad que nos rodea sea más conforme con el querer de Dios. Pero, seguramente, tengamos que volver a escuchar la invitación que Jesús nos hace a no permanecer nunca ajenos o adormecidos ante las situaciones sociales que reclaman nuestra libre y generosa corresponsabilidad. Les deseo, a cada Cáritas del país, a cada comunidad, a cada familia, que esta Navidad sea una oportunidad de fortalecer los proyectos, acciones, y propuestas que hacen a una sociedad más justa y fraterna construida entre todos.

 






 
 
 
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