Abordaje pastoral y comunitario de las adicciones

Las realidades de pobreza no se limitan a una cuestión socio-económica sino que abarcan múltiples aspectos relativos a la alimentación, vivienda, educación, salud, inserción en el mercado laboral, participación social, etc. Hoy se habla de realidades que han recibido el nombre de “nuevas formas de pobreza”, entre las que se destaca de modo particular el consumo problemático de sustancias porque llegan a destruir –literalmente- a personas, familias y hasta comunidades.

En un relevamiento interno realizado hace un par de años, casi 400 de las 700 Cáritas consultadas pusieron el tema de las adicciones como preocupación número uno en sus comunidades. Las causas de la extensión y penetración de las drogas en todos los rincones del país son muchas, y afectan a gran cantidad de personas sin importar la edad, situación social o ubicación geográfica. Y aunque esta realidad está presente en todos los barrios, su mayor impacto social se produce en aquellos lugares donde el Estado está ausente y donde las oportunidades de progreso social son escasas o nulas.

Cáritas Argentina, acompañando el esfuerzo de las Cáritas diocesanas, creó formalmente el Área de Abordaje Pastoral y Comunitario de las Adicciones (APyCA) en 2016. No fue una iniciativa solitaria, sino que sumó fuerzas al trabajo que venía realizando la Iglesia Argentina desde la Comisión Nacional de Pastoral de Adicciones y Drogadependencia y desde la Familia Grande Hogar de Cristo, una organización creada por el Padre José María “Pepe” Di Paola e impulsada por el Cardenal Bergoglio, cuando era Arzobispo de Buenos Aires.

Así, se fueron tejiendo redes que llegaron a enlazarse con los trabajos de las distintas comunidades y, en estos años, se lograron consolidar más de 180 centros barriales para el abordaje pastoral y comunitario de las adicciones en todo el país, que brindan contención y apoyo directo a jóvenes y adultos.

Recibir la vida como viene

El servicio se realiza principalmente a través de los Centros Barriales, ubicados en barrios muy vulnerables, los cuales, con valores pastorales y un fuerte compromiso comunitario, brindan contención, acompañamiento y ayuda a las personas que tienen problemas de adicciones.

La actitud que anima a los Centros es “recibir la vida como viene”, sin condiciones y con todas las complejidades que presentan las historias de cada ser humano. Por eso, el abordaje es integral y supera en mucho lo meramente “terapéutico”: se brinda alojamiento y comida, acompañamiento médico y psicológico, acceso a centros de salud para controles, tratamientos y vacunas, facilitación de trámites ciudadanos (como obtención de documentos de identidad, acceso a subsidios y servicios del Estado), etc.

El sentido último de esta tarea es lograr generar vínculos, para que las personas recuperen su sentido de vida y se integren a la sociedad en la cual viven, porque no hay persona que se realice en soledad. Estos hermanos transitan su adicción con dolor, ven cómo se desmorona su vida y sus afectos, al tiempo que se aíslan y son aislados por su entorno social. La misión de quienes dan vida a estos centros es ayudarlos comunitariamente a que logren volver a vincularse, consigo mismos y con su entorno.

Los vínculos se tejen sobre valores como la solidaridad, la hospitalidad, el cuidado, la paciencia, el perdón, el respeto por las diferencias y muchos más, que también surgen del Evangelio. El impacto positivo que se logra en las comunidades es muy notorio y los testimonios de las personas que participan, como acompañados o como voluntarios, ciertamente son conmovedores.

La labor de los Centros Barriales se articula con numerosas Organizaciones Civiles y con organismos Municipales, Provinciales y Nacionales, tejiendo redes de trabajo para la contención y el acompañamiento integral. Por poner un ejemplo, desde hace varios años la Secretaría de Políticas Integrales sobre Drogas (SEDRONAR) apoya el trabajo de este modo de abordaje, a través del programa Casas de atención y acompañamiento comunitario.

Cada vida es sagrada

Con la irrupción del Covid-19 se adaptó la metodología de los Centros Barriales, no sólo para respetar la cuarentena, sino también para brindar respuestas a las nuevas realidades generadas por la pandemia. Entonces, además del acompañamiento a las personas con problemas de adicciones, se planteó el desafío de cuidar a los abuelos de los barrios y a quienes se encuentran en situación de calle o en contextos de hacinamiento.

Así, se prepararon lugares preventivos para que puedan vivir personas mayores de riesgo, y a su vez, se hizo una campaña para relevar dónde estaban esos abuelos, y llevarles las comidas para que no salgan de su casa. Esta tarea fue articulada con los agentes de salud de cada lugar, que proveyeron medicación o enviaron médicos a las casas de los abuelos, para revisarlos o vacunarlos en sus hogares.

Al mismo tiempo, y pensando ya en la pospandemia, se está llevando adelante la iniciativa de impulsar la práctica de deportes con el fin de generar espacios de integración, contención y desarrollo humano para niños, niñas y jóvenes, en los barrios y comunidades de todo el país. La energía, la vocación y el compromiso que hay detrás de cada una de esas acciones es una nota distintiva que debe destacarse.

El espíritu de trabajo de estos centros barriales puede resumirse en esta reflexión de Mons. Gustavo Carrara, Obispo Auxiliar de Buenos Aires y Vicario para la Pastoral Villera: “Cuando nos encontramos con un chico o una chica en consumo en un pasillo de la villa, tenemos una primera mirada: estamos viendo a alguien que consume una sustancia que podría ser ‘paco’. Con una mirada más profunda, vemos a alguien que está descartado, que vive en la calle, puede tener tuberculosis, o estar embarazada… alguien que está excluido, invisibilizado. Y si miramos más profundamente vemos a alguien en situación de orfandad, de falta de amor, de vínculos, de familia”.

“Los centros barriales -continúa- se plantan en territorios de sufrimiento y de dolor, como una familia dispuesta a recibir la vida como viene y acompañarla cuerpo a cuerpo. Son dos principios que en su momento nos dio Bergoglio. Recibir la vida como viene es tener esa projimidad, cercanía y escucha ante un problema concreto y dejarse interpelar por la vida como se va recibiendo, o sea: por las personas concretas. Y cada persona es sagrada: aquel que viene, aquel que se sale a buscar no es un cliente, no es un paciente, no es un asistido, sino que es un miembro de la comunidad, es un hermano”, destaca Mons. Carrara.