“Tiende tu mano al pobre”

El 15 de noviembre celebramos con toda la Iglesia la IV Jornada Mundial de los Pobres, una fecha instituida por el Papa Francisco en 2016 para reflexionar sobre el tema de la pobreza que “está en el corazón del Evangelio”.

En su mensaje de este año, titulado “Tiende tu mano al pobre”, el Papa recuerda que “la comunidad cristiana está llamada a involucrarse en esta experiencia de compartir, con la conciencia de que no le está permitido delegarla a otros”. Y destaca: “no podemos sentirnos ´bien´ cuando un miembro de la familia humana es dejado al margen y se convierte en una sombra”.

En el contexto de la pandemia que afecta especialmente a los más vulnerables, Francisco afirma que “este momento que estamos viviendo ha puesto en crisis muchas certezas. Nos sentimos más pobres y débiles porque hemos experimentado el sentido del límite y la restricción de la libertad. La pérdida de trabajo, de los afectos más queridos y la falta de las relaciones interpersonales habituales han abierto de golpe horizontes que ya no estábamos acostumbrados a observar. Nuestras riquezas espirituales y materiales fueron puestas en tela de juicio y descubrimos que teníamos miedo”.

Frente a esta situación -reflexiona- “redescubrimos la importancia de la sencillez y de mantener la mirada fija en lo esencial. Hemos madurado la exigencia de una nueva fraternidad, capaz de ayuda recíproca y estima mutua. Este es un tiempo favorable para volver a sentir que nos necesitamos unos a otros, que tenemos una responsabilidad por los demás y por el mundo”. En este contexto, “`tiende la mano al pobre´ es una invitación a la responsabilidad y un compromiso directo de todos aquellos que se sienten parte del mismo destino”.

Nadie se salva solo

En nuestro país, la emergencia sanitaria puso al descubierto una gigantesca desigualdad social que se manifiesta de muchas maneras, desde la utopía de cumplir normas sanitarias donde faltan los servicios básicos, hasta la imposibilidad de subsistir sólo con empleos informales o changas ocasionales. Por si fuera poco, vemos con dolor que pequeños comerciantes, emprendedores y familias de barrios urbanos, por primera vez, tienen que salir a pedir ayuda o comida.

No somos economistas, somos Cáritas y detrás cada indicador de pobreza vemos rostros de personas, de niños, ancianos, madres, trabajadores o desvalidos. Vemos familias, como las nuestras o las de nuestros allegados, que verdaderamente están sufriendo física, psicológica y afectivamente. Personas como cada uno de nosotros, con sus sueños y anhelos, que la están pasando muy mal y que no vislumbran un horizonte de mejora.

No obstante, en estos tiempos de angustia, temor e incertidumbre hemos podido comprender como sociedad que nadie es una isla que se salva solo y que -por ese motivo- también todos tenemos alguna responsabilidad por nuestros hermanos. Al mismo tiempo, en el servicio a los más necesitados, hemos podido vivenciar que cuando trabajamos juntos por el bien común, más allá de nuestros puntos de vista o nuestras creencias, podemos concretar logros tan admirables como brindar ayuda alimentaria a más de 2.500.000 personas.

Cultivar una nueva fraternidad, solidaria, inclusiva, nos hace bien a todos: a quienes podamos ayudar, y a nosotros mismos. En ese sentido, enfatiza el Papa Francisco, “tender la mano es un signo que recuerda inmediatamente la proximidad, la solidaridad, el amor. Tender la mano hace descubrir, a quien lo hace, que dentro de nosotros existe la capacidad de realizar gestos que dan sentido a la vida”.

La solidaridad se expresa en el servicio

Precisamente, en estos días el Papa nos hizo llegar su nueva encíclica Fratelli Tutti, sobre la fraternidad y la amistad social. Allí destaca que el fundamento del orden social se encuentra en el valor en el valor intangible de la dignidad humana: “todo ser humano -explica- tiene derecho a vivir con dignidad y a desarrollarse integralmente, y ese derecho básico no puede ser negado… porque no se fundamenta en las circunstancias sino en el valor de su ser”.

Por eso, Francisco afirma que la solidaridad debe orientarse hacia el desarrollo integral de las personas y hacia la promoción del bien común, que hace posible ese desarrollo. “La solidaridad se expresa concretamente en el servicio, que siempre mira el rostro del hermano, toca su carne, siente su projimidad y hasta en algunos casos la “padece” y busca la promoción del hermano. Por eso nunca el servicio es ideológico, ya que no se sirve a ideas, sino que se sirve a personas” explica.

Desde esta perspectiva de asumir la dignidad de cada persona, de construir juntos una nueva amistad social, de descubrir que podemos dar sentido a nuestra vida a través del servicio queremos, como Cáritas, hacer un llamado a quienes “estamos en una misma barca” para seguir trabajando juntos, unos en favor de otros.

Hacemos este llamado a todas las personas de buena voluntad, levantando la mirada más allá de las discusiones sobre teorías políticas o económicas, para centrar nuestra atención en las personas que más sufren, para darnos cuenta de que son muchas y asumir que entre todos tenemos el deber de darles urgente respuesta a sus necesidades más vitales.

De este modo, queremos llevar también la esperanza a tantos corazones cansados y abatidos porque, como dice el Papa Francisco “la esperanza es audaz y sabe mirar más allá”, “Nos habla de un anhelo de plenitud que llena el corazón y eleva el espíritu hacia cosas muy grandes, como la bondad, la justicia y el amor, que hacen la vida más bella y digna”, concluye.